18 de mayo de 2019

Palabras deshabitadas

Le dijo te quiero. Luego pensó (no lo dijo): te querré siempre. Pensó en lo grueso de la palabra siempre. De inmediato se sintió absurda. Volvió a pensar (no a decir): no dejaré de quererte nunca.  Pensó que la palabra nunca no era menos gruesa que la palabra siempre. Y de nuevo se sintió absurda. Luego volvió a repetir para sí: te quiero. Y pensó que una vida no merece para siempres ni para nuncas.

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