7 de mayo de 2017

Madre

No es casualidad, ¿verdad, madre?, que parir un hijo sea el acto vital más extraordinario que sucede en nuestro cuerpo. Una nueva vida empuja inexorable desde dentro, y nos desgarra las entrañas. Un seísmo interior en el que se abren los huesos y la carne en el imparable descenso hacia el final del túnel, hacia ese punto de luz cada vez más intenso y más nítido en donde la suerte de vivir espera. Y ahí está esa nueva vida, desafiando al silencio con su llanto  inconsolable. A veces, me he preguntado si ese túnel y esa luz, de la que hablan quienes han estado tan cerca de la muerte, no es otra cosa que el anhelo de volver a las entrañas, el retorno a ese cálido claustro, el único paraíso que nuestra memoria reconoce.

La vida que irrumpe se acompaña de un torrente de sangre con el que pareces morir, escurrirte, abandonarte al descanso tras el cataclismo interior que ha dado a luz a ese cuerpo que nos crece dentro, al que ya solo nos une un estrecho cordón que aún palpita, como un último hálito de dependencia. Y entonces, un corte limpio e indoloro nos separa. Qué paradoja, madre… tú y yo sabemos que a ese nudo estaremos asidas de por vida. ¿Verdad, madre? Esa es la carne que más nos duele y que solo el amor calma. Esa es la que nos muere y nos vive. Me recuerdas, madre, a la madre de los versos, los de Miguel Hernández.


Al cabo de mis años, te miro desde el silencio, el tuyo y el mío, y eres un paisaje tan hermoso y desolado. Me sitúo en el ángulo resguardado de la luz de la ventana que iluminó mi infancia, entre cierta penumbra acogedora y necesaria, y la claridad de la mañana que peina mis cabellos y perfila con un halo tu cuerpo achicado. Y es en ese silencio tuyo en el me gusta conocerte, en ese aire que inspiras, con el que me cuelo en tus pulmones y vuelvo a sentir el cálido latido que retumba en las entrañas. En ese aire que espiras lento y sosegado, como un ahogado suspiro. Y yo sé que en esos silencios vas y vienes, como buena andarina que fuiste, a los arroyos de tu niñez y a los pies descalzos, a las fuentes de tu juventud y a los cántaros de agua, a los hijos por los que rezas… a tus luceros del alba. Y es así, madre, como me gusta mirarte, al abrigo de mi sombra y a la luz que te recorta.

17 de abril de 2017

Deshabitado

Solo las terrazas de verano le devolvían a la plaza del pueblo el bullicio de otros tiempos. El invierno la convertía en un gélido desierto embaldosado, un rectángulo deshabitado, de luz mortecina en alguna de las ventanas, de bares en cuyo interior un camarero ocioso miraba el partido de fútbol en la pantalla del televisor, y algún cliente daba tregua a una cerveza, para no apurar la temprana noche de un trago... Qué más da si alguien nos espera o no.

Las noches de inverno convierten las plazas de pueblo en un escenario ajeno, invadido por la desolación. 

Ya no hay estío que llene las plazas de pueblo. Lo pensaba el domingo, sentada en una de sus terrazas. Dos o tres fechas puntuales: Viernes Santo, tras el Vía Crucis, y el Domingo de Resurrección. Tal vez algún acontecimiento; eso que llaman Semana Cultural, en el mes de agosto. Tras eso, el paisaje deshabitado, como si todas las calles tuviesen invisibles fisuras por donde se han ido escurriendo durante décadas sus gentes y sus vidas.

Herida de muerte, la plaza ofrece estos días su cartel de COMPLETO, como si fuese posible de nuevo renacer, resucitar, repoblarse... El retorno de lo perdido, saludarse sin tener que reconocer la huella del tiempo en una cara. La aparente resurrección llena las calles, los bares, las tiendas de barrio... Cómo rompe la rutina el que retorna y cuanto trae consigo cuando compra en la tienda del barrio. Ellos siempre le daban a la plaza un aspecto de pequeña urbe, un lleno excepcional y novedoso, como novedosa era su conversación y sus aires de gente de ciudad. Todo aquello nos impresionaba entonces, cuando la distancia entre el pueblo y la ciudad era mucho más que una cuestión de kilómetros. Hemos dejado de sorprendernos. Ahora todos vamos y venimos. Son pocos los que permanecen por apego, por necesidad o por resignación. Ahora quien nos sorprende es el tiempo, cuando reconocemos alguna cara como si nos mirásemos en el mismo espejo.

La plaza se rodea de fachadas muertas, con ventanas que nunca se abren para airear espacios interiores; persianas que no se alzan para dejar salir la oscuridad y que penetre la luz en todo su esplendor, y puertas selladas por la herrumbre y un adobe de polvo y papeles viejos acumulado en sus rendijas.

Solo la memoria pone voz a la mudez de una fachada muerta. Y solo la memoria pone vida, como reconstruir un puzle animado, al paisaje deshabitado de una plaza de pueblo: la esquina en donde existió una enorme morera que daba sombra a la terraza del antiguo Casino, un bar de clientela selecta. No es que estuviese  vetada la entrada, pero tampoco hacía falta, eran aquellos tiempos en los que cada cual tenía su lugar. Un kiosco de madera, pintado de verde y un hombre dentro que padecía hemiplejía. Un puesto de helados, pintado de blanco, con una adolescente risueña como vendedora. Una pequeña fuente del tamaño de un niño, en donde nuestras bocas sedientas hacían cola, a empellones, a la salida de la escuela. 

Hay costumbres o modos de vida que no encuentran su relevo y mueren en el tiempo. También lugares que tuvieron su esplendor.

Así le sucede a ciertas plazas de pueblo convertidas en escenarios despoblados, en un resuello, de discurrir lento, de puntual algarabía de día de fiesta. Y después, de nuevo el silencio venidero, el tiempo deshabitado que ya no nos reconoce, que nos expulsa de su espacio con un eco melancólico que parece recitar el verso del poeta: Nunca se ha de volver al lugar en donde fuiste feliz. 


1 de marzo de 2017

Un puñado de tierra






Tómame en tus manos
aprieta,
moldea,
desgrana,
desecha,
vuelve a moldear
Pero sostenme
y no temas;
de todo ese horizonte infinito
soy solo un puñado de tierra herida.



15 de febrero de 2017

Los Jinetes Rojos o la insoportable desolación del ser


Imaginaos en alguno de vuestros lugares en los que pasáis la mayoría del tiempo. Imaginaos en vuestro trabajo, en una biblioteca, en un restaurante una noche de sábado... Imaginaos que en esa situación de habitual normalidad, de repente, fuera, estalla un obús. Pero vosotros mantenéis la calma, porque en vuestra cabeza no entra que pueda tratarse de nada bélico, pudiera tratarse tal vez del estallido de un petardo, de esos que se tiran los niños y los adolescentes a los pies. Seguís trabajando y elucubrando con el compañero de al lado sobre qué será lo que esté pasando ahí afuera; mantenéis el silencio sepulcral en la biblioteca mientras se resuelve y no eso que se oye al otro lado de los muros de libros; o comentáis, entre sonrisas y curiosidad, con los comensales de la mesa de enfrente sobre eso que parecen estallidos de bombas. Imaginaos que termina vuestra jornada de trabajo, concluye vuestra consulta en la biblioteca, finaliza vuestra cena y no podéis salir. Estáis sitiados, de repente os habéis convertido en reos de no sabéis muy bien qué. De repente, una guerra, una revolución que no sabéis contra qué ni contra quién se levanta. Cuando salisteis de casa hacia vuestros repentinos destinos, el mundo estaba en orden, lo dejasteis bien. Imaginaos cercados, concentrados, aislados, como ratas acorraladas... Nada os hace pensar que podéis convertiros, incluso, en pequeños campos de exterminio. Imaginaos mirándoos los unos a los otros con desconfianza, con intimidación, con odio... Imaginaos aniquilando, hurtando, o siendo aniquilados o despojados de lo vuestro en vuestro propio lugar de trabajo, en la biblioteca, en el restaurante... Imaginaos convertidos en un jinete rojo.




Los Jinetes Rojos

"Entonces salió otro caballo, rojo. Al que lo montaba se le concedió quitar de la tierra la paz para que se degollaran unos a otros. Se le dio una espada grande". Apocalipsis 6

Bruno es un adolescente que veranea en una isla, en un complejo urbanístico llamado "El palmar del sol". El palmar se divide en sectores con forma de pentágonos, y en cada uno de los pentágonos veranea la gente de siempre, de todos los veranos. Bruno los tiene apodados: "el hombre del cáncer", "el fumador", "la mujer escandinava", "el belga", "Kojak"... Todos forman parte de ese retrato costumbrista de una residencial de verano. Más en las afueras, hay otros complejos ocupados por veraneantes ocasionales, de esos que tan solo están unos días para luego marcharse. Todos ellos conforman una especie de mosaico comunitario cercado por una valla y con varias puertas de acceso al exterior. Dentro de ese complejo se desarrolla una vida más o menos confortable y apacible, ajena al exterior. Hasta que un día, desde el exterior irrumpe un ruido desconcertante, no se sabe muy bien si cohetes o bombas, si risas o voces desgarradas, si una fiesta callejera o un altercado con armas de fuego y muertos.

En medio del desconcierto, lo mejor es mantener la calma, como si no pasara nada. Afuera puede estar sucediendo algo terrible, y dentro están aislados: sin teléfonos, sin televisor, sin nada que permita más contacto con el exterior... Pero, en principio, todo es un intento por recuperar la normalidad. Así, tras la primera víctima de "la revolución" que parece haber estallado al otro lado de la valla, se limpia la sangre y se retira el cuerpo y "ya todo vuelve a ser normal". Sin embargo, no cesan los estallidos, ni pestilentes olores, ni nubes de humo que oscurecen el cielo, y una ceniza roja que se deposita lenta y pesada sobre los hombros y las calles . A medida que se va manchando el paisaje de nubes de polvo rojo y ceniza, el comportamiento de los habitantes del complejo también comienza a enrarecerse. Y así va avanzando el verano en El palmar del sol, y a través de Bruno, el personaje adolescente, descubriremos paulatinamente un paisaje humano desolado, ese que constata qué terriblemente fácil puede llegar a ser pasar de la cordialidad al odio, de la honradez al envilecimiento, del trato afable a la mayor de las crueldades, de la condición de hombre pacífico a la capacidad de matar, de cómo el ser humano, desde que es historia, se ve inmerso en causas y guerras que no son las suyas, que ni quiere ni desea, y aún así, puede llegar a ser el más encarnizado guerrero. 

'Los Jinetes Rojos' es una distopía genial de Santiago Casero González, inquietante, terrible y abrumadora, porque leyendo esta "disparatada" historia (entiéndase por disparatada indeseable) se revienen como una náusea las cenizas que fueron los campos de exterminio nazis, el polvo gris que es Alepo, el constante estallido que es Bagda, las miles de ejecuciones cometidas en dictaduras: Rumanía, Chile, España... Se explica la eterna lluvia de ceniza desde el primer hombre que empuñó una piedra para golpear a otro con el objeto de aniquilarlo por quíén sabe qué razón, hasta el kalanshnikov en nombre de Alá o un tanque abriéndose paso en una plaza con un soldado en lo alto ondeando a saber qué bandera. 'Los Jinetes Rojos' nos viene a decir también que, en cualquier momento y en cualquier lugar, es posible que desaparezca nuestra apacible vida. Todo puede ser en medio de tantas y tan obstinadas cegueras.

Hay una voz que me recordó a otra voz, y es la de "el hombre del cáncer", que en un intento de racionalizar la sinrazón de las guerras, sobre esos que tienen que matar o morir por "la causa", dice: "Algunos hemos preferido no tener que elegir y por eso nos odian todos, los revolucionarios y sus enemigos, el poder establecido y sus adversarios, no me preguntéis quién es cada uno...". Y aquí esta otra voz que vino a mi cabeza: "Los espíritus fuertes dirán seguramente que esta repugnancia por la humana carnicería es un sentimentalismo anacrónico. Es posible. Pero, sin grandes aspavientos, sin dar a la vida humana más valor del que puede y debe tener en nuestro tiempo, ni a la acción de matar más trascendencia de la que la moral al uso pueda darle, yo he querido permitirme el lujo de no tener ninguna solidaridad con los asesinos. Para un español, quizá sea este un lujo excesivo". Manuel Chaves Nogales, en  el prólogo de 'A sangre y fuego'.


1 de febrero de 2017

La capital del mundo y un detective apellidado Malpartida



No leí su primera novela, 'Las flores de Baudelaire', aunque forma parte de mi biblioteca en e-book. La comencé a leer y me venció esa pantalla fría y plana del e-reader. Volveré a él sobre tapas y hojas de papel. Los buenos relatos han de leerse siempre en papel. Por cuestiones que no vienen al caso, no leí su segunda novela, 'El patio inglés' (y me parece que no estoy quedando nada bien). Pero, al fin, he leído su tercera novela: 'La capital del mundo'. Hablo de Gonzalo Garrido. Novela negra. He de decir que no me gusta, en general, la novela negra, es un género que no me atrae como primera opción de lectura. He de decir, también, que sí me gusta la novela negra de Gonzalo Garrido, y eso sí que es importante, porque eso dice mucho de un escritor, de un buen escritor, y es que haga comulgar con el género a alguien a quien no le gusta el género. 

Así pues, a través de Ricardo Malpartida, personaje principal (junto con el muerto) de 'La capital del mundo', Gonzalo Garrido consigue atraparnos en una historia de intriga, que parte de un asesinato con apariencia de suicidio, y nos va adentrando en las cloacas de una ciudad, Bilbao. 
Malpartida, detective desaliñado, impedido emocional, de vida caótica tanto interna como externamente, entra en contraste con esos otros personajes de las altas esferas sociales de la capital que rodean la trama, desde la viuda del asesinado, científicos, empresarios, jueces y políticos. El contraste nos permite ir desmigando la realidad en esa convergencia de dos mundos, en apariencia distintos y distantes, que conforman la vida de la ciudad. Uno, del que parte Ricardo Malpartida, y que es un reflejo de la miseria mundana. El otro, el de Mato, el asesinado, que revela esas otras miserias que se esconden tras esa apariencia de vidas perfectas y de solidez incorrupta.

Malpartida nos abre una puerta a su mundo de bajos fondos: prostitución, vidas noctámbulas, garitos de mala muerte, tragos de alcohol hasta que se nubla la vista. Malpartida es lo que yo llamo un abandonado de sí mismo, incapaz de enfrentarse a un conflicto emocional personal, como pone de manifiesto su incapaz relación paternofilial. Un "Malasuerte" en el amor, un insignificante (ni siquiera es él quien se va en un encuentro de sexo ocasional con una desconocida). No tiene ni idea, ni se plantea por qué mantiene una relación con una mujer, a la que acude más por no tener otra cosa mejor que hacer que por verdadero afecto. A la postre, la soledad. Malpartida despierta siempre solo y con resaca, porque la incapacidad de abordar las emociones siempre se sobrelleva mejor con unos tragos de más. Malpartida es el antihéroe que gana al lector, porque sus miserias son, en poco o en mucho, nuestras miserias.
Ángel Mato, el asesinado, nos abre la puerta a esa esfera social de una ciudad en donde la apariencia es importante: es importante que te consideren un matrimonio bien avenido, aunque en la intimidad las ruinas sean la única verdad. Los estupefacientes ayudan a mantener la apariencia de ese edificio destruido, en el caso de la mujer de Mato. Una agenda, llena de supuestas citas y obligaciones, sostiene la farsa de la vida del asesinado. La consideración dentro del mundo de la ciencia y la investigación al que pertenecía Mato, la manipulación y el poder, el sentencioso poder que no duda en matar y en eliminar todo rastro.

Y esta es la novela negra de Gonzalo Garrido, toda esa trama tejida de manera amena, con dosis de humor y tintes de buena literatura, en sus escenarios más sórdidos: en donde se mueve y vive habitualmente el detective; y más selectos: en donde se mueve la familia Mato y allegados. Pero ese contraste para el lector deja de ser tal, porque a medida que se va descubriendo la trama y las motivaciones, la sordidez y la náusea empañan a toda la capital del mundo, desde sus bajos fondos hasta sus altas esferas.

(Ah, y Garrido ha creado a un personaje que demanda a gritos tener más vida, su saga, hacerse hueco y tener un nombre como Pepe Carvalho, Poirot o el mismísimo Holmes, en esto que se llama novela negra. Ahí lo dejo).