18 de julio de 2018

Retornos

Vuelve el verano
mas con él no regresa 
mi juventud.
Eloy Sánchez Rosillo

Por primera vez en muchos años, no siento el verano como el anhelo de aquellos otros veranos de niñez y juventud. No siento el verano como un peso, ni siento el deseo de que acabe. Por el contrario, el tiempo parece tomar otro sentido que nada tiene que ver con la pérdida o lo que quedó atrás, sino que fluye con una inusitada serenidad. El retorno del verano, o del otoño, o de la Navidad... Todo retorna para marcharse, pero en ese trasiego vivimos y nos vamos haciendo. Miro a mis padres y soy consciente de su ancianidad; miro a mis hermanos y soy consciente de que la vida los ha cambiado; miro a mis hijas y de repente son mujeres. Todo está sucediendo este verano.

Pienso en este repentino estado de consciencia, de lucidez, y es como si se hubiese encendido una luz en el trastero, en donde la vida se iba empaquetando borracha de ilusiones. Y por un instante, me veo ahí, contemplando el escenario y pensando que ya es hora de habitar los lugares y las cosas sin que tenga que aparecer el regustillo amargo de "lo pasado", y lo digo sin coraje, sin echarle ya cuentas a la vida, con esas cuentas ya me puede la pereza. Miro el espacio que me invita a que lo habite, que lo llene de presente, de la que soy hoy: más vieja, más cansada, más torpe, más maniática, pero con unas inmensas ganas de que vuelvan los veranos, y los otoños, y luego los largos y hermosos inviernos... Y quién sabe si la primavera. Ha vuelto el verano y, por primera vez en mucho tiempo, a su encuentro sale la mujer que soy.

26 de mayo de 2018

Para no morir tan aprisa

Acabo de cumplir cincuenta y un años. Hace once años que abría un primer blog. Lo recuerdo porque escribí una entrada en la que decía que cumplía cuarenta años, que posiblemente estaba en el punto de inflexión. Un seguidor, Julio Teruel, me felicitó, puso un comentario desenfadado, simpático, y me decía que estaba en el mejor momento de la vida. Mañana y mañana y mañana... nos va cambiando hasta convertirnos en otro, esa otredad que se gesta y que hay que dejar que se manifieste para poder ser en esta otra realidad. Y no hay puntos de inflexión, no, llevaba razón aquel joven amigo. La vida no deja de describir una gráfica, algo así como el trazo de un electrocardiograma, con una frecuencia y líneas que suben y bajan, que se estrechan o se alargan, y que estos nada tienen que ver con los años y sí mucho con instantes vitales.

Y a lo largo de estos años hemos cambiado a veces casi sin querer, incluso resistiéndonos al cambio. A aquel primer blog, le han seguido otros cuatro o cinco, siempre en un intento de dar salida a aquello que tenía necesidad de contar, o para no repetirme hasta la saciedad,  o en busca de otros respiraderos, o tal vez de hallar una única voz... Hay cosas que no cambian; me sigue gustando cantar y me sigue gustando escribir, porque escribir es como cantar en el silencio. Ahora, cuando canto, los agudos empiezan a ser más graves, y cada vez me cuesta más llegar a notas más altas. Esa gravedad de la voz madura. Esta otra voz, esta voz reconvertida o renacida o mutada o evolucionada. Otra voz. En la escritura sucede lo mismo: hay otra voz, tan distinta a aquellas primeras voces que casi no se reconocen entre ellas. ¿Cuál es la auténtica? Todas, todas lo son. ¿Con cuál me quedo? Con todas. No asumir que he sido todas ellas es dejarme muda, renegar de aquella que he sido, falsificar a la que soy.

Siempre me gustó bailar, bailar y bailar; es como una liberación. Me sigue gustando bailar, que la música invada el cuerpo, que lo haga suyo. Y lo mueva.
Ya no me gusta ver fotografías de instantes pasados, son como el dolor, un dolor repentino, como una punzada en el costado que me obliga a mantener la respiración con la esperanza de que desaparezca. Aunque sea una foto en la que la gente esté sonriendo y parezca feliz.

Me gusta la lluvia mansa e infatigable. Y esa que se desata como un vendaval que pareciera querer barrerlo todo sobre la faz de la Tierra y dar la opción de un "volver a empezar". Esta primavera es una de las más hermosas que recuerdo; por la lluvia, por la luz, por los cielos revueltos, por el renacer de los ríos, por el extraño verde de las encinas.

La vida, la mía, le ha dado un gran valor a la palabra amistad. Apenas si tengo amigos (de verdad, aunque sobra esta aclaración), y eso los convierte en seres excepcionales e irrenunciables. Y en estos años, la vida ha pasado de una velocidad de crucero en una misma dirección a una extraña impotencia de vivir. Y desde hace tiempo aprendo a vivir en esa de impotencia de vivir. Cuando lo vi escrito en el libro de José Luis Cancho, 'Los refugios de la memoria', no pude evitar que me ardieran los ojos, como si fuesen a llorar ante el hallazgo de semejante definición, del acierto en la definición de ese nuevo estado, de esa nueva forma de estar en la vida. Se trata de aceptar esa impotencia y refugiarte en lo que te aviva, como la lluvia que no cesa en este cielo de primavera.

Alguien nos olvida de manera perfecta, dijo Cohen. Alguien nos escribe, nos rescata, de manera perfecta, digo yo. La lectura también es un camino de salvación.

El día en que murió Cohen, pensé en esas pérdidas que nos deshabitan, como esos lugares en donde fuimos y ya no nos reconocen. Somos seres melancólicos (inconsolables, decía Saramago), porque, de alguna manera, la vida es una sutil disección que nos va despojando, como el otoño en su misión, de todo aquello que creímos sólido y eterno.


Vivir es un hacerse y deshacerse continuo, hasta que ya no quede nada que nos reconozca. No somos huella indeleble, acaso el humo de un avión sobre el azul del cielo, que se va ensanchando hasta parecer la cola de una nube. No existimos para nadie, en todo caso somos un instante del pensamiento y del azar. Y cada año que pasa también nos convertimos en esa hoja que cae en la memoria de algo o de alguien para quien ya somos olvido y desmemoria.
Para no morir tan a prisa hay que entregarse a vivir, y no abandonar el intento de dejar por escrito el rastro que nos deja.

1 de febrero de 2018

El momento oportuno

Se llama desencanto. Y el desencanto es una sensación espacial, algo así como vivir en un planeta inmenso y desierto. Es también una sensación interna, íntima y honda, es sentirse seco, falto de energía, como si una vida fraguada en el pasado, en  una idea, en un empeño, en un sentimiento, en una ilusión, hubiese absorbido por completo toda la vitalidad, hasta la soltura del cabello sobre la frente parece pesar. Todo pesa en el desencanto, como una piedra incrustada sobre los hombros.
Es también un aliento agónico, no un desaliento, no. El desencanto respira con dificultad, no encuentra aire que le ensanche los pulmones. 

El desencanto es como algo que se rompe y, al intentar arreglar el desastre, todo es una fisura irreparable. El desencanto es tristeza, la esperanza del que ya nada espera pero quiere dar, desea dar, necesita dar, que renazca la vida en sus entrañas. Es un aborto, es salir del hospital con el vientre y las manos vacías. El desencanto es un mal grave, pero no mortal. Es mucho peor la claudicación. El desencanto solo espera un giro, un momento oportuno. El momento oportuno.






7 de enero de 2018

Con los mejores deseos

Tras las fiestas, tras tantas felicitaciones descafeinadas con los mejores deseos.
Tras las ausencias, las de siempre y esas otras que hubiésemos querido que fuesen presencia y el silencio constata que no queda más que olvido.
Tras un par de kilos de más y un año de menos, pero sin olvidar aquello de Caballero Bonald: Somos el tiempo que nos queda... Decía, solo anoto un propósito, y es el de permanecer en ese lugar, que no es físico sino mental, al que llegué un día, un pacto ineludible con la vida y conmigo misma, el que me permite seguir, estar y ser: honradez y transparencia. Eso, aderezado con humor, que, como dijo un amigo muy querido hace poco en una conversación, es una especie de venganza... Sí, la más gratificante e inocua venganza. El humor y la risa... Mi amiga Charo sabe mucho de eso, a principios de 2017 le diagnosticaron un cáncer digestivo. Feo, qué feo pusieron aquello. Y lo que nos hemos reído, a pesar de los peores días tras las sesiones de quimioterapia, a pesar de la soledad interior que conlleva una grave enfermedad, a pesar del miedo...Charo no solo ríe con la cara, ríe con el cuerpo entero, ríe hasta que le estalla el alma. Así que cuando le deseé, en un despiste, un feliz 2008 y ella me corrigió entre risas, yo le respondí: Que no te falte nunca la risa, Charo, con mis mejores deseos.

Con mis mejores deseos: honradez, transparencia, humor y risa.




22 de octubre de 2017

Remember

En el corral de casa hay un limonero, un laurel y un peral. Hay un tablar sembrado de berenjenas (de Almagro) y tomates. Lo cuida mi padre y lo riega con agua, impulsada por un motor eléctrico, procedente de un pozo que se encuentra en el patio de atrás, en donde también hay una parra de uvas de mesa, muchas macetas con flores y dos bicicletas. Hay un segundo patio interior, ahora techado, en donde confluyen el pasillo y varias habitaciones de la casa. En el corral, también hay dos perras bóxer, madre e hija. Desde que hay perros, no hay gato que ose entrar en ese dominio canino. Unas cuantas gallinas y un gallo que se gana a pulso desear una sopa sustanciosa de caldo de gallino. La vida fluye renqueante, aliviada por la analgesia del metamizol, sin prisa, como crecen las berenjenas y cuajan los limones.



Pero no siempre hubo perros, ni un pequeño huerto. Ni tan siquiera el limonero, superviviente de heladas que dejaron tiesos a un par de cerezos. Hubo un tiempo en el que, en el corral, había un gallinero sin alambrada, y los niños sabíamos dónde estaban los nidales, y, de vez en cuando, nos mandaban recoger los huevos. Había una gata, redonda y enorme para ser un gato, de negro pelaje aterciopelado, que se llamaba Morita, y cazaba los ratones en los atrojes como una leona. Mi padre la apreciaba más que a un perro de careo. Recuerdo a esa gata con sus crías en la boca, cogidas del lomo, portándolas pacientemente, una tras otra, en busca de nuevos escondrijos cada vez más inaccesibles entre la montonera de la leña, para mantenerlas lejos de nosotros. El corral estaba lleno de ganado. En primavera, veía nacer a los cabritillos. Casi metía mi cabeza en el culo de la cabra, para desesperación de mi padre que estaba allí para ayudar por si la cría venía mal colocada. Siempre supe que los niños no venían de París, ni los traía la cigüeña; no había más que observar a los animales y deducir. Había una cuadra con un par de cerdos, y matanza por santa Lucía. Había una mobylette en el patio de atrás, con la que mi padre iba a trabajar. Las macetas ya estaban allí, con sus flores. Y una pequeña parra que retorcía su todavía endeble tronco en su ascenso hacia el cielo. El pozo tenía una polea manual y una cuerda atada a un cubo. Un tubo largo comunicaba el pozo con un pilar, en donde los animales saciaban su sed. El patio interior estaba al descubierto. En un extremo, había una escalera que conducía a una azotea, en donde mi madre tendía la ropa cuando hacía buen tiempo y desde donde se veía la sierra, tan cercana y tan inmutable como un enorme dragón dormido. Cuando llovía torrencialmente, ese patio se inundaba y el agua entraba hacia las habitaciones. Fueron muchas las veces en que la lluvia, infatigable y feroz, alteró la paz de la noche.

Los pobladores de aquellos mundos y lo que acontecía en ellos eran el pálpito de la vida, cíclica, en apariencia inagotable y eterna. Incluso los ojos de la niñez, que contemplaban todo aquello, nunca imaginaron que dejarían de ser eso: los ojos de una niña. 

Cuando retorno a ese escenario, la mirada adulta rememora aquel edén en el que todos tomábamos parte en la vida de todo: los animales, las flores, el pozo, la parra, la lluvia, la azotea, los niños, los adultos y su afán... Miro el verdor y la generosidad del limonero, el peral ha dado seis peras por primera vez, las bóxer se acercan en busca de una caricia en la cabeza, observo las flores lilas de las berenjenas, escucho al gallo y su estridente cacareo. Alzo la vista hacia el porche y las cuadras, y cruza, sigilosa con alguno de sus cachorros en la boca, Morita. Se detiene, me mira y después se pierde entre el montón de la leña inexistente.