25 de noviembre de 2016

Del arte escondido

SEMBLANZA DE UNA TARDE MADRILEÑA EN EL MUSEO LÓPEZ-VILLASEÑOR DE CIUDAD REAL

Por: José Javier Manzanera.

No es Ciudad Real la más bella de las ciudades de España. A este  otro poblachón manchego no lo adecentaron los austrias ni los borbones, como tuvieran a bien hacerlo con Madrid. Tampoco llegó aquí muy generosa la plutocracia decimonónica, a dejar su engolada grandeza, y, pese a  las tímidas intervenciones arquitectónicas de la pequeña burguesía local, vino a ser  finalmente el  plebeyo urbanismo del más zafio desarrollo tardofranquista el que terminó por modernizarla implacablemente, violando de paso casi toda la quijotesca belleza virginal de aquella extremadura castellana de caballeros de frontera, curas poderosos y recios campesinos repobladores, para trasformarla, por fin, en esta  provinciana ciudad dinámica y alegre del sur de la Unión Europea que hoy quiere ser, y a la que –todo sea dicho- puede acercarse un pinacómano madrileño, quizás aburrido ya del Reina Sofía, en sólo una hora de AVE y cinco minutos de taxi, lo que  contribuye, decisivamente, a cuajar la sensación –si no fuera por la distinguida elegancia de las damas manchegas- de haberse trasladado aquel madrileño aburrido de la oferta cultural oficialista a pasar la tarde a Getafe o a Alcorcón. Por lo demás – y siempre para quien sabe buscar- Ciudad Real está llena de tesoros ocultos; y no quiero referirme sólo a los de sus bellísimas mujeres, ni a las delicadezas de su gastronomía o de su más reservada vinoteca; lo que ya sería bastante, por ser sincero, para amortizar con creces un billete de ida y vuelta. Mas es en otro de sus tesoros, tan púdicamente escondidos, en el que quisiera embriagarme hoy para brindar al lector –que quizá este aburrido leyéndome en algún incómodo asiento de ocurrente diseño en la oligofrénica ampliación del Reina Sofía- un armónico y encantado cofre arquitectónico del siglo XV repleto de gemas alquímicas de la más alta pintura española del siglo XX. Casi nada.





Junto a una interesante Catedral del gótico más tardío –gótico casi agonizante hacia el barroco- que cierra majestuosa una amplia plaza ajardinada y flanqueada de variopintos edificios plebeyos y burgueses –algunos horrorosos-, es casi estéticamente obligado toparse con un  singular caserón, cuya elegante sobriedad evoca inevitablemente a la hidalguía más rancia de aquella inviolada Castilla. Fue, al parecer, este cortijo urbano la finca solariega de aquel que fuera héroe de las guerras contra moros en el siglo XV, don Hernán Pérez del Pulgar, apodado en la más ancha Castilla “El de las Hazañas”. Hoy sería probablemente un tipo socialmente incorrecto, casi un impresentable. Mas hoy también la heráldica caballeresca es mero ribete ya para ese quizá único modo de grandeza verdadera que aun sobrevive socialmente pese  al absolutismo del dinero, y que no es otra que  la del  conocimiento y el Arte. Sus bodegas,  caballerizas, alcobas y despensas,  balconadas y salones, soleados  y frescos patios,  y hasta el noble  torreón  de esta casona hidalga perfectamente restaurada, se han trasformado todos –como por hazaña quizá  del cervantino Mago Montesinos- en salas y galerías de una de las pinacotecas de culto más serias de España (esta esperpéntica extremadura financiera y política de Europa). Fue aquí donde un excepcional poeta de la pintura depositó el legado inmaterial de una vida consagrada a la alquímica tarea de asediar la Realidad. Y dicen las largas lenguas que fue precisamente este ilustre manchego, de nombre Manuel López-Villaseñor, quien enseñó a pintar membrillos a ese otro de Tomelloso, quizá hoy incluso demasiado ilustre, y de nombre Antonio López GarcíaVieja polémica de eruditos y de sectas de marchantes. Chismes de manchegos. No pareciendo dudoso el contrastado hecho de que ambos grandes pintores se influyeran (basta recordar sobre esto la anécdota de un  Le Corbusier dando la espalda a El Escorial para evitar que Herrera pudiera influirle) está por discernir –y quizá nunca se consiga satisfactoriamente-  quien de ambos geniales pintores  realistas tuvo mayor ascendiente sobre quien: “El único al que alguna vez he seguido...”, se sinceró un día el de Tomelloso –cuando ya volaba con las alas seráficas de la gloria- en una dedicatoria privada, poco antes de morir Villaseñor en la madrileña villa de Torrelodones (1996). Porque algo al menos si es seguro en este viejo pleito de manchegos: de lo que no cabe la menor discusión es sobre  cual de los dos pintores geniales había de caer en vida la palma –a menudo amarga y envenenada por los colosales intereses financieros- de la gloria internacional. Pero es que tras regalarse uno el ánimo con la magnífica película de Víctor Erice “El Sol del Membrillo” –tan reveladora por sus mensajes como por sus silencios- es prudente siempre escarbar en la filmoteca del mismo amigo progre que te la prestó para dejarse regalar –ahora también la inteligencia- con otro grande de nuestro cine como lo es mi paisano, el  salmantino y alumbrado Basilio Martín Patino, y con aquella ilustradora película –exhaustiva en su crítica de la cultura- titulada “La Seducción del Caos”. Se alumbran con ello no pocas cosas obscuras de La Mancha.





Nuestro alquimista pintor –que, por lo demás, fue durante casi treinta años Catedrático en la madrileña Escuela de Bellas Artes de San Fernando- también tuvo sus horas de brillo en las galerías, en las prestigiosas muestras internacionales, en los grandes premios, en las afamadas bienales, en las selectas colecciones privadas y en los salones del gran mundo; más al final de sus largos años de intachable caballería andante un enigmático proceso de ocultamiento  –quizá por otro hechizo del Mago Montesinos- le vino a descabalgar del gran torneo mundano de la gloria. Mas quizá también cayera –opinan otros menos cervantescos-  en abierta desgracia ante ese “Emperador”  a quien  Basilio Martín Patino nos presentó con las facciones más logradas y severas de Adolfo Marsillach. Los focos mediáticos le evitaron. Los críticos le fueron olvidando. Un Marsillach patético  gritó desde su trono engalanado: “¿Y qué fue de ese tal Villaseñor?”; y corrió pronto por el Circo Máximo la sutil consigna implacable del olvido, aunque el peso de la verdad amenace constantemente con abrir brechas en los diques de la impostura mediática: recientemente, en el breve discurso de aceptación del Premio Velázquez 2006, ha querido un sincero y cabal Antonio López – sin que nada le obligara a ello y en la cumbre de su merecida gloria- rememorar rápidamente la olvidada figura “llena de sabiduría y seguridad” de Manuel López-Villaseñor (¿Quién? –exclamaron entonces unánimes las gradas del Circo-); mas, muy significativamente, la propia reproducción impresa y pública de este discurso  -escuchado en El Prado por el minoritario circulo supremo de la cultura oficial-  y que recogió en sus páginas, por ejemplo, el diario El País, prefirió omitir estrictamente esta parte muy concreta de las palabras del galardonado... (¿Por qué? – empiezan a preguntarse algunos-)
                                                                                           
            Dicen por fin los que entienden algo de este enrevesado pero colosal negocio, consistente en crear al óleo moneda fiduciaria de curso legal, que fueron precisamente los mismos que transmutaron la muy digna obra de Antonio López  en un prodigioso activo financiero (con el que hoy saldan sus deudas fiscales las grandes corporaciones, y con el que se engalanan los despachos de los magnates que se entretienen en tasar sus lienzos para complacerse periódicamente con tan elegantes ganancias), dicen pues los entendidos en estas malas artes, que fueron muy precisamente esos mismos magos financieros quienes también (y por razones que no son difíciles de intuir, sectaria política cultural incluida), decidieron encerrar a Villaseñor “en el desván de los recuerdos...”:  como protestara el propio pintor en una conocida declaración a la prensa de 1982, motivada por la inaudita suspensión de una ya programada Exposición antológica en Madrid por parte de un nuevo y progresista director general de Bellas Artes “...dirigido por un grupo de asesores del Ministerio”.  Los perros de Pavlov, cualquiera que sea el color de sus collares, siempre obedecen a Pavlov. Business is business. Mas nunca como en Arte tuvo sentido aquel adagio castellano que advertía al necio de no confundir valor y precio.  Y la obra de Villaseñor (cualquiera que pudiera ser mañana su precio, pues hoy por hoy no está en venta gracias a la acertada política cultural del Ayuntamiento de Ciudad Real –al César lo que es del César-) seguirá siendo siempre un tesoro incomparable; porque –por lo demás- no fue ni pretendió nunca ser el realismo, y menos aun el hiperrealismo, aquello que Villaseñor persiguió  tenaz durante seis décadas de implacable investigación pictórica.





 El artista ocultado partió del realismo de sus primeros lienzos juveniles para deconstruir casi de inmediato lo Real en un siempre proteico atanor desde el que se manifiestan sucesivas fases  pictóricas sorprendentes y cada cual más poderosa; desde el esencialismo icónico extraído como por destilación en su personal descubrimiento de los arcanos herméticos del Quattrocento italiano (Mantenga, Ucello, Piero della Francesca...), y que después iberizó, influyendo en toda una generación de jóvenes pintores españoles (“Lo que Villaseñor había traído de Italia era lo que verdaderamente nos interesaba”, llegó a afirmar el propio Antonio López), pasando luego por un enérgico substancialismo matérico en el que raya la abstracción polemizando esta vez con Tàpies, o por el tenebrismo existencial de sus dantescos Muros en los que polemiza ya solo consigo mismo,  e implacablemente a solas con la condición humana. Cuando este atanor –tras tan drásticos cocimientos- finalmente se sublima, y solo entonces, se produce el milagro interior de una Realidad reintegrada. Del realismo a la Realidad: periplo completo; pictórico regreso a Ítaca. Piedra Filosofal. No es de extrañar que para críticos tan bien informados –y tan poco influenciables por las presiones políticas o financieras-, como lo fue  Antonio Manuel Campoy (autor entre otras obras del ya hoy clásico “Diccionario Crítico del Arte Español Contemporáneo”)  resultase necesario el levantar aquel acta notarial que nunca ya ha de olvidar nuestra Historia del Arte: “Fue Villaseñor el máximo orientador del nuevo realismo español. Cuando Villaseñor proponía el nuevo realismo, otros pintores, ahora tenidos por los capos del realismo, lo que hacían era hiperrealismo a la americana. Porque un cardo de Sánchez Cotán, un cacharro de Zurbarán, o un membrillo de Villaseñor, son exactamente, más reales y ciertos que sus fotografías. Pintura metafísica la de Villaseñor. Uno de nuestros pocos pintores”.





Tómense entonces a Villaseñor con calma, cátenle como a un excelente vino; permítanle  actuar en sus propios corazones pues  –sin necesidad de más  alambiques verbales- ya habrán comprendido que su pintura metafísica es solo para iniciados; iníciense pues silenciosamente en sus misterios meditando –si quieren con mirada Zen- sus vibrantes “retratos de cosas” que nunca bodegones; lloren sus propias lamentaciones contra el Muro de la condición humana –demasiado humana-; reflexionen sobre lo efímero de la vida ante lienzos inmortales como “¿Y Qué?”, donde se hecha un vistazo de chamán a la sala de autopsias del antiguo Hospital San Carlos de Madrid (cuyos fantasmas siguen llenando de tristeza aterradora a la ya hoy parte vieja del Museo Reina Sofía, del que –imprescindible es denunciarlo- Villaseñor sigue tan injustamente excluido). Buceen entonces en sus etapas anteriores: contemplen el aspecto substancial de la realidad de la ciudad de Cuenca (la de Ávila habrían de irla a ver al Museo Vaticano), o la de una plaza de toros sobre un pueblo, o la de una roca roja empantanada, o lo substancial de un alma…; visiten el paraíso de sus primeras etapas itálicas o ibéricas: el mundo esencial de la forma es armonía y es símbolo; suban al torreón del caballero Pérez del Pulgar  para afrontar la realidad del enigma humano en lienzos que el solo tiempo hará famosos como “O vos omnes…”; desciendan de nuevo a los virgilianos infiernos de la ciudad moderna: “Miradas que quieren y no pueden ir más lejos…Soledad que se sordamente se exaspera hasta hacerse desolación”, como glosara certeramente en 1973 Pedro Laín Entralgo a los villaseñoriales lienzos de esta etapa purgativa: “Gasómetro”, “El Patio”, “Éxodo I”… Reconcíliense por fin con la condición humana en retratos de almas como las de Juan el jardinero y su hija Pilar -a la que ya siempre le  darán miedo las mariposas-; veneren incluso lo humano (por un humanismo que -como quería Nietzsche- “ha escapado a un milenio entero de laberinto”) contemplando el sublime retrato –icónico del Maestro Artesano por excelencia- de Eduardo Capa... Y mientras deambulan luego bajo las columnas y los cipreses de los hidalgos patios del Museo sentirán que han asistido a una clase magistral de antropología filosófica, o a una iniciación antigua. La campana de la vecina Catedral de Santa María del Prado se ocupará de recordarles que es hora ya quizá de regresar raudos en el AVE a ese colosal electrodoméstico  (que a fe mía no resistirá la prueba del nueve pues a la vuelta de esos pocos años se manifestará a todos su perversa fealdad) que es el nuevo Museo Reina Sofía. Habrán estado una tarde al menos en el misterioso desván de la más alta pintura española del siglo XX. No se lo digan a todo el mundo.















14 de noviembre de 2016

El absurdo y la verosimilitud de Ortiz Tafur

La primera vez que leí un libro de relatos de Andrés Ortiz Tafur, 'Caminos que conducen a esto', me hallé días después conviviendo con una decena de personajes que iban y venían, con sus peculiaridades, fraguando historias en mi cabeza. De hecho, llegué a pensar que no era nada descabellado compartir la vida con un hombrecillo de color azul cobalto, para que cuando me muera (ni antes ni después) se muera conmigo. Tampoco me pareció nada ilógico que las naranjas, que estaban en el cajón de la fruta, pudiesen sufrir una mutación y se convirtiesen en manzanas azules, total, todo dependía de mis ojos y no de la realidad de una naranja. Hasta creí ver a las pelotas de tenis del patio de mi casa comenzar a botar ellas solas a la hora de la siesta. Incluso, tras leer Tiro de gracia, estuve a punto de echar al camión de la basura la escopeta de caza de mi padre. Y, de repente, me dije: ¿Pero qué loco genio es este que contagia la locura de su escritura y descoloca de semejante manera al lector? Porque aquellos relatos de Ortiz Tafur eran la hábil transformación de la realidad en el surrealismo y el absurdo, que no es otra cosa que una proyección de la insensata realidad en que vivimos.




Me atreví con su segundo libro, 'Yo soy la locura', temiendo algún que otro desasosiego, como es habitual en esos relatos que sorprenden y te obligan a parar y no seguir con el siguiente hasta haberlos digerido. Y en este, aparecía de nuevo la impronta de Ortiz Tafur, que suele ser el personaje sin nombre, el ser inanimado animado, la presentación de una acción o de un escenario que nos centra en el detalle desprovisto de todo adjetivo. Andrés Ortiz Tafur tiene la habilidad de conducir la atención del lector, sin posibilidad de distracción ni escapatoria. El marcado surrealismo de 'Caminos que conducen a esto' desaparecía, pero podría decirse que 'Yo soy la locura' es un conjunto de relatos en donde se ficciona esa realidad que supera a la ficción. El universo de la pareja y sus pasiones, a veces irreconciliables, a veces aterradoras, a veces desoladoras, y tantas veces en desencuentro, es el protagonista de estos relatos.

Andrés Ortiz Tafur no da tregua. Acaba de publicar su tercer libro de relatos, 'Tipos duros'. Y ahora me acuerdo de Dios. A Dios, Andrés Ortiz Tafur lo trae y lo lleva por sus relatos. Lo convierte en carne, le da de bofetadas... Está claro que tiene algo con Dios y de Dios, tal vez esa manera de escribir derecho con renglones torcidos, porque ya el título del nuevo libro es pura ironía. Tipos duros que se deshacen, que se aferran a soluciones y situaciones absurdas con tal de no perder lo más querido, que inventan vidas de mentira para sobrevivir, que traman posibles conciliaciones para evitar renuncias, que se mueren estando vivos, o viven estando muertos sepa Dios si con el objetivo de evadirse de la realidad. El más realista de los tres libros. Para mí, también el más elíptico, dejando esos finales abiertos, sugerentes, como suspendidos... Tal vez como una sutil metáfora de que nada hay seguro en la vida, de que todo es posible, incluso vivir en el absurdo si ese absurdo conlleva a la felicidad o a escapar de lo que nos hace infelices. El logro de Ortiz Tafur, en 'Tipos duros', además de transitar entre las emociones en que nos vemos reflejados, es ese: convertir el absurdo en creíble y verosímil. Me ha emocionado hasta la lágrima el relato de Tristán. Ring Ring es uno de los más originales tratados de soledad condensados en un relato. Y como en los anteriores libros, Ortiz Tafur, en muchos de sus relatos es el narrador testigo y sella a sus personajes sin necesidad de nombre: el hombre sentado frente a un grifo y la mujer que interesa, en Fruto de la inercia; el hombre sentado en un tranco y el hombre apostado en la pared, en Tiempo al tiempo... En otros tantos es el narrador en primera persona, como en El chico de la máquina, en Mareando la perdiz, en Una casa en el 66...

No hay mejor manera de corroborar lo que aquí he intentado reseñar que leer. Cada relato tiene su particular historia con sus particulares personajes, creíbles o increíbles, pero afines a quien lee, porque toda esa agilidad verbal contundente que describe hechos hasta el absurdo no es otra cosa que un original reflejo del anhelo de felicidad.


16 de septiembre de 2016

La confianza



Solía salir por la ciudad en busca de ellas, de palomas heridas por alguna pedrada o el desgarro de alguna de sus alas con algún cable en un desafortunado vuelo. Debilitadas, siempre las encontraba en algún rincón, a pata coja y con el ala arrastra por el suelo, entre la porquería de bolsas de chucherías, colillas y restos de hojas secas. Las tomaba entre las dos manos, y buscaba con su índice  el agitado corazón del animal, para sentir el miedo ajeno palpitando entre los dedos. Eso provocaba en el suyo el mismo efecto, como una descarga de adrenalina que le aumentaba el ritmo hasta la taquicardia. Le gustaba experimentar ese instante de común agitación, para después ir serenándose lentamente. Era uno de sus ejercicios de autocontrol.

Las acariciaba y las acercaba a su mejilla, les prodigaba arrumacos y les susurraba. Luego, las introducía en una especie de jaula y las llevaba a su casa, a las afueras de la ciudad. Allí, en un cuarto convertido en palomar, vendaba sus patas y recomponía aquellas alas inservibles para el vuelo. Les ponía comida, les acariciaba el fino plumaje de su cuello, y también les ponía nombre. Se afianzaba aquella relación de dependencia entre el animal herido y su sanador. Crecía día a día su confianza, hasta comer en las palmas de sus manos. Cuando eso sucedía, él hinchaba su pecho con una profunda satisfacción mientras sentía el picoteo, casi hiriente pero inmensamente placentero, de las aves en sus manos.


Llegado el momento en el que las heridas habían sanado por completo, llevaba a cabo el mismo ritual. Había llegado el momento de comprobar si eran capaces de volar solas, de remontar su vuelo hacia el cielo tras la herida. Había que comprobar si, además de las heridas, se había reparado la confianza en su propio instinto de volar. Y así, las ponía, una a una, en la ventana abierta de par en par y las animaba a lanzarse al vacío. Algunas dudaban, pero bastaba un leve empujón de su sanador para saltar al vacío y abrir las alas. Por un momento, parecía un vuelo atropellado, descoordinado, como si las alas no respondiesen a la orden de batirse y buscar las corrientes de aire favorables. Temía que cayesen de bruces y volviesen a lastimarse, y hubiese que comenzar de nuevo el arduo proceso de darles confianza. Pero el instinto animal se impuso, y las alas comenzaron a agitarse con destreza y a tomar altura. No terminaban de alejarse, como si con su cercano vuelo mostrasen su agradecimiento. Él las observaba por breves segundos. Después, entraba al cuarto, rebuscaba en un viejo baúl, sacaba la escopeta de caza y, de nuevo en la ventana, las abatía una por una.

30 de agosto de 2016

El espejo de la abuela


La abuela es pequeña y redonda. Si la toco con un dedo, su piel se hunde como un globo lleno de agua. Miro a la abuela mientras se afana en contar los puntos enanos de ganchillo con la lengua entre con los labios, y su tez me parece una cáscara de nuez. Se sienta al sombraje de una parra, en una silla baja de enea que parece hecha a su medida, para que no le cuelguen sus cortas piernas y diminutos pies, anchos como una tabla e hinchados por el calor y un débil corazón. Su pelo es blanco amarillento, largo y áspero como las crines de un mulo.
La veo peinarse frente al espejo que pende de una cuerda en el patio. Primero lo desenreda con un cepillo, y cuando ya no tiene ni un solo nudo, se pasa el peine mojado en agua desde las sienes hasta la nuca. Luego, con sus manos impregnadas de jabón, lo fija sobre su cabeza y va bajando a lo largo de toda la cola, que enreda entre su dedo índice hasta formar un gran bucle. Cuando consigue darle forma, se lo recoge en una coleta, y, con mucha destreza, enrolla el enorme tirabuzón alrededor de la atadura hasta conseguir un moño simétrico que fija con unas cuantas horquillas. Después, vuelve a pasar sus manos húmedas de agua hasta asegurarse que no queda ni un pelo suelto.
La abuela me parece siempre igual de vieja. Me parecía igual de vieja, cuando yo tenía siete años y ella no había cumplido aún los cincuenta y cinco, que ahora, en este retrato de la memoria de cuando era vieja de verdad. Lleva la misma falda negra, el mismo jersey negro de punto y el mismo mandil negro con rayas grises. Tal vez  haya encogido un poco más, porque la ropa parece quedarle grande; se le escurren las costuras de los hombros, y las faldas parecen llegarle tres o cuatro centímetros más abajo. La ropa cuelga sobre su piel, como su piel se cuelga de sus huesos.
El espejo de la abuela no tiene marco, es un pedazo que procede de la luna de espejo de un mueble viejo. Una pieza de puzle que ya no encaja en ningún sitio, un ripio de reflejos sobre el que se dibujan hebras que parecen lágrimas de sangre y que parten el rostro en profundas cicatrices. Está siempre lleno de cagadas de moscas y sujeto a un clavo por una cuerda. Nadie se molesta en limpiar ese espejo, todo el que se mira en él parece acostumbrado a verse tarazado, como una herida incurable e indolora, mientras se peina o se afeita o se pasa la toalla por la cara.

La abuela cuenta puntos de enano en una puntilla de ganchillo, sentada en una silla baja a la sombra de la parra de un patio. Sólo el espejo retiene y vela su historia muda, como un grito ahogado. 


23 de abril de 2016

La tabla

'La tabla', el segundo libro escrito por Eduardo Laporte y que publica Demipage, es un relato biográfico sobre un hecho puntual sucedido a un joven navarro, al que arrastró la corriente mar adentro sobre una tabla de surf. Y la historia se lee deprisa, son apenas cien páginas que sacuden al lector como un golpe de mar. ¿Cuánto dura un golpe?, se pregunta el protagonista casi al final de la historia. Tanto como la memoria es capaz de rememorarlo, se me ocurre a mí, así, a bote pronto. Tanto como la herida se torne serena cicatriz.

El relato no abandona nunca la primera persona, lo mismo cuando es el propio autor quien narra qué es lo que le lleva a contar esa historia, como cuando es el protagonista de esta quien relata su odisea. No es casualidad que el autor instrumentalice esta historia de náufrago para ahondar en su propio naufragio. La necesidad de contar, en el escritor que presagia una historia, es a veces una ineludible catarsis.

"No lo vi entonces, pero ese enemigo real era yo mismo"

Las casi treinta horas que Xabier Pérez Larrea pasa sobre una tabla, mejor dicho, la trepidante lucha por mantenerse sobre su único asidero a la vida, es una historia de resistencia. En medicina es común: los virus y las bacterias intentan ganar su batalla infectando tejidos, y el cuerpo ofrece su resistencia abandonándose al delirio de la fiebre, permaneciendo quieto, abatido, como si el último aliento estuviese cerca, resistiendo. Y es esa misma resistencia la que está fortaleciendo su sistema inmunológico. La noche que Xabier Pérez lucha contra el mar, en una angustiosa batalla desigual, en la que a él no le queda más que padecer (los vómitos por el agua salada que traga, el frío, la falta de fuerzas... el aferrarse a la tabla como cuestión vital), es un ejemplo de resistencia. La espera (aguantar hasta que todo pase), cuando el enemigo que nos amenaza es mayor, es a veces una victoria. Pero como el mismo protagonista expresa, no es sólo una resistencia contra el mar, enemigo físico real, es también una lucha, un aguante, frente a todas las tribulaciones en que los instantes de esa lucha asaltan a ese pequeño náufrago de diecisiete años, al que los golpes de mar le están haciendo ver el mundo de otro modo. " No lo vi entonces, pero ese enemigo real era yo mismo", dice el protagonista en un momento determinado.

Tribulaciones: "No hay palabra para definir al padre que sobrevive al hijo"

El joven náufrago pone también al lector al borde de su abismo: ¿qué haríamos en un momento tan crucial, en el que está en juego la vida? Él, cuando le asalta la idea de la muerte, busca la manera de despedirse. La potente imagen en la que imagino a Xabier Pérez arañando su tabla de náufrago con la esperanza de que sus seres queridos lean esas palabras de despedida, esa última impronta. Piensa en esos padres que perderán a su hijo... ¿Cómo se les llama a los padres que se quedan sin hijos, que sobreviven a estos? El adiós que no puede darse al hijo deja en los padres una herida abierta que ni la resignación es capaz de aliviar su escozor.
De repente, la muerte es algo presente en su mundo adolescente. En su delirio, piensa en cómo dejarse morir. Piensa que está dentro de un videojuego, y confía en que ese que maneja los mandos le salvará (Unamuno y 'Niebla' vienen a mi memoria. Alguien nos sueña, un ser superior que decide sobre nosotros y nos trae y nos lleva en ese juego de "soñarnos"). Esa idea del indulto (es un síndrome que tiene nombre, no recuerdo cuál. El condenado a muerte confía en que en el último momento le llegará su indulto, que la silla eléctrica no se accionará en el último segundo). El joven náufrago elucubra sobre la estación petrolífera a la que arribará y cómo sobrevivir en ella, como un espejismo piensa en una costa cercana, piensa y le acaricia la voz del padre... El joven náufrago se aferra a la vida, a la tabla, en un alarde de resistencia física y mental.

El rescate

Nos rescatan del mar y nos devuelven al mundo. Y el mundo es otro mar con sus golpes de mar y sus batallas. Xabier Pérez no concluyó su lucha. Vencedor de una gran batalla, los años pasan y deparan otras batallas a las que enfrentarse y vencer. Y cada batalla tiene su tabla de salvación, la de Xabier Pérez se me antoja que es aquella, resistencia, y confiar en que si un día logramos salvar la vida cuando el mar nos arrastraba hacia su fondo como boca de lobo hambriento, sería imperdonable que esta sea para tenerla esclava que quienes de otra forma intentan arrebatárnosla, abusando de ella y arrastrando así todo lo que en verdad nos hace vivir.
La historia de Xabier Pérez es una hermosa historia real y auténtica. El escritor ha ficcionado sin eludir la esencia, ha contado lo que cree que debe contar, y ese es el fin de la escritura de verdad. Ese es el auténtico camino del escritor, como el del protagonista, el ser humano, es resistir y seguir luchando. Y si un día logramos salvar el culo en semejante hazaña sobre una tabla, lo imperdonable es no vivir como uno desea vivir.