1 de marzo de 2017

Un puñado de tierra






Tómame en tus manos
aprieta,
moldea,
desgrana,
desecha,
vuelve a moldear
Pero sostenme
y no temas;
de todo ese horizonte infinito
soy solo un puñado de tierra herida.



15 de febrero de 2017

Los Jinetes Rojos o la insoportable desolación del ser


Imaginaos en alguno de vuestros lugares en los que pasáis la mayoría del tiempo. Imaginaos en vuestro trabajo, en una biblioteca, en un restaurante una noche de sábado... Imaginaos que en esa situación de habitual normalidad, de repente, fuera, estalla un obús. Pero vosotros mantenéis la calma, porque en vuestra cabeza no entra que pueda tratarse de nada bélico, pudiera tratarse tal vez del estallido de un petardo, de esos que se tiran los niños y los adolescentes a los pies. Seguís trabajando y elucubrando con el compañero de al lado sobre qué será lo que esté pasando ahí afuera; mantenéis el silencio sepulcral en la biblioteca mientras se resuelve y no eso que se oye al otro lado de los muros de libros; o comentáis, entre sonrisas y curiosidad, con los comensales de la mesa de enfrente sobre eso que parecen estallidos de bombas. Imaginaos que termina vuestra jornada de trabajo, concluye vuestra consulta en la biblioteca, finaliza vuestra cena y no podéis salir. Estáis sitiados, de repente os habéis convertido en reos de no sabéis muy bien qué. De repente, una guerra, una revolución que no sabéis contra qué ni contra quién se levanta. Cuando salisteis de casa hacia vuestros repentinos destinos, el mundo estaba en orden, lo dejasteis bien. Imaginaos cercados, concentrados, aislados, como ratas acorraladas... Nada os hace pensar que podéis convertiros, incluso, en pequeños campos de exterminio. Imaginaos mirándoos los unos a los otros con desconfianza, con intimidación, con odio... Imaginaos aniquilando, hurtando, o siendo aniquilados o despojados de lo vuestro en vuestro propio lugar de trabajo, en la biblioteca, en el restaurante... Imaginaos convertidos en un jinete rojo.




Los Jinetes Rojos

"Entonces salió otro caballo, rojo. Al que lo montaba se le concedió quitar de la tierra la paz para que se degollaran unos a otros. Se le dio una espada grande". Apocalipsis 6

Bruno es un adolescente que veranea en una isla, en un complejo urbanístico llamado "El palmar del sol". El palmar se divide en sectores con forma de pentágonos, y en cada uno de los pentágonos veranea la gente de siempre, de todos los veranos. Bruno los tiene apodados: "el hombre del cáncer", "el fumador", "la mujer escandinava", "el belga", "Kojak"... Todos forman parte de ese retrato costumbrista de una residencial de verano. Más en las afueras, hay otros complejos ocupados por veraneantes ocasionales, de esos que tan solo están unos días para luego marcharse. Todos ellos conforman una especie de mosaico comunitario cercado por una valla y con varias puertas de acceso al exterior. Dentro de ese complejo se desarrolla una vida más o menos confortable y apacible, ajena al exterior. Hasta que un día, desde el exterior irrumpe un ruido desconcertante, no se sabe muy bien si cohetes o bombas, si risas o voces desgarradas, si una fiesta callejera o un altercado con armas de fuego y muertos.

En medio del desconcierto, lo mejor es mantener la calma, como si no pasara nada. Afuera puede estar sucediendo algo terrible, y dentro están aislados: sin teléfonos, sin televisor, sin nada que permita más contacto con el exterior... Pero, en principio, todo es un intento por recuperar la normalidad. Así, tras la primera víctima de "la revolución" que parece haber estallado al otro lado de la valla, se limpia la sangre y se retira el cuerpo y "ya todo vuelve a ser normal". Sin embargo, no cesan los estallidos, ni pestilentes olores, ni nubes de humo que oscurecen el cielo, y una ceniza roja que se deposita lenta y pesada sobre los hombros y las calles . A medida que se va manchando el paisaje de nubes de polvo rojo y ceniza, el comportamiento de los habitantes del complejo también comienza a enrarecerse. Y así va avanzando el verano en El palmar del sol, y a través de Bruno, el personaje adolescente, descubriremos paulatinamente un paisaje humano desolado, ese que constata qué terriblemente fácil puede llegar a ser pasar de la cordialidad al odio, de la honradez al envilecimiento, del trato afable a la mayor de las crueldades, de la condición de hombre pacífico a la capacidad de matar, de cómo el ser humano, desde que es historia, se ve inmerso en causas y guerras que no son las suyas, que ni quiere ni desea, y aún así, puede llegar a ser el más encarnizado guerrero. 

'Los Jinetes Rojos' es una distopía genial de Santiago Casero González, inquietante, terrible y abrumadora, porque leyendo esta "disparatada" historia (entiéndase por disparatada indeseable) se revienen como una náusea las cenizas que fueron los campos de exterminio nazis, el polvo gris que es Alepo, el constante estallido que es Bagda, las miles de ejecuciones cometidas en dictaduras: Rumanía, Chile, España... Se explica la eterna lluvia de ceniza desde el primer hombre que empuñó una piedra para golpear a otro con el objeto de aniquilarlo por quíén sabe qué razón, hasta el kalanshnikov en nombre de Alá o un tanque abriéndose paso en una plaza con un soldado en lo alto ondeando a saber qué bandera. 'Los Jinetes Rojos' nos viene a decir también que, en cualquier momento y en cualquier lugar, es posible que desaparezca nuestra apacible vida. Todo puede ser en medio de tantas y tan obstinadas cegueras.

Hay una voz que me recordó a otra voz, y es la de "el hombre del cáncer", que en un intento de racionalizar la sinrazón de las guerras, sobre esos que tienen que matar o morir por "la causa", dice: "Algunos hemos preferido no tener que elegir y por eso nos odian todos, los revolucionarios y sus enemigos, el poder establecido y sus adversarios, no me preguntéis quién es cada uno...". Y aquí esta otra voz que vino a mi cabeza: "Los espíritus fuertes dirán seguramente que esta repugnancia por la humana carnicería es un sentimentalismo anacrónico. Es posible. Pero, sin grandes aspavientos, sin dar a la vida humana más valor del que puede y debe tener en nuestro tiempo, ni a la acción de matar más trascendencia de la que la moral al uso pueda darle, yo he querido permitirme el lujo de no tener ninguna solidaridad con los asesinos. Para un español, quizá sea este un lujo excesivo". Manuel Chaves Nogales, en  el prólogo de 'A sangre y fuego'.


1 de febrero de 2017

La capital del mundo y un detective apellidado Malpartida



No leí su primera novela, 'Las flores de Baudelaire', aunque forma parte de mi biblioteca en e-book. La comencé a leer y me venció esa pantalla fría y plana del e-reader. Volveré a él sobre tapas y hojas de papel. Los buenos relatos han de leerse siempre en papel. Por cuestiones que no vienen al caso, no leí su segunda novela, 'El patio inglés' (y me parece que no estoy quedando nada bien). Pero, al fin, he leído su tercera novela: 'La capital del mundo'. Hablo de Gonzalo Garrido. Novela negra. He de decir que no me gusta, en general, la novela negra, es un género que no me atrae como primera opción de lectura. He de decir, también, que sí me gusta la novela negra de Gonzalo Garrido, y eso sí que es importante, porque eso dice mucho de un escritor, de un buen escritor, y es que haga comulgar con el género a alguien a quien no le gusta el género. 

Así pues, a través de Ricardo Malpartida, personaje principal (junto con el muerto) de 'La capital del mundo', Gonzalo Garrido consigue atraparnos en una historia de intriga, que parte de un asesinato con apariencia de suicidio, y nos va adentrando en las cloacas de una ciudad, Bilbao. 
Malpartida, detective desaliñado, impedido emocional, de vida caótica tanto interna como externamente, entra en contraste con esos otros personajes de las altas esferas sociales de la capital que rodean la trama, desde la viuda del asesinado, científicos, empresarios, jueces y políticos. El contraste nos permite ir desmigando la realidad en esa convergencia de dos mundos, en apariencia distintos y distantes, que conforman la vida de la ciudad. Uno, del que parte Ricardo Malpartida, y que es un reflejo de la miseria mundana. El otro, el de Mato, el asesinado, que revela esas otras miserias que se esconden tras esa apariencia de vidas perfectas y de solidez incorrupta.

Malpartida nos abre una puerta a su mundo de bajos fondos: prostitución, vidas noctámbulas, garitos de mala muerte, tragos de alcohol hasta que se nubla la vista. Malpartida es lo que yo llamo un abandonado de sí mismo, incapaz de enfrentarse a un conflicto emocional personal, como pone de manifiesto su incapaz relación paternofilial. Un "Malasuerte" en el amor, un insignificante (ni siquiera es él quien se va en un encuentro de sexo ocasional con una desconocida). No tiene ni idea, ni se plantea por qué mantiene una relación con una mujer, a la que acude más por no tener otra cosa mejor que hacer que por verdadero afecto. A la postre, la soledad. Malpartida despierta siempre solo y con resaca, porque la incapacidad de abordar las emociones siempre se sobrelleva mejor con unos tragos de más. Malpartida es el antihéroe que gana al lector, porque sus miserias son, en poco o en mucho, nuestras miserias.
Ángel Mato, el asesinado, nos abre la puerta a esa esfera social de una ciudad en donde la apariencia es importante: es importante que te consideren un matrimonio bien avenido, aunque en la intimidad las ruinas sean la única verdad. Los estupefacientes ayudan a mantener la apariencia de ese edificio destruido, en el caso de la mujer de Mato. Una agenda, llena de supuestas citas y obligaciones, sostiene la farsa de la vida del asesinado. La consideración dentro del mundo de la ciencia y la investigación al que pertenecía Mato, la manipulación y el poder, el sentencioso poder que no duda en matar y en eliminar todo rastro.

Y esta es la novela negra de Gonzalo Garrido, toda esa trama tejida de manera amena, con dosis de humor y tintes de buena literatura, en sus escenarios más sórdidos: en donde se mueve y vive habitualmente el detective; y más selectos: en donde se mueve la familia Mato y allegados. Pero ese contraste para el lector deja de ser tal, porque a medida que se va descubriendo la trama y las motivaciones, la sordidez y la náusea empañan a toda la capital del mundo, desde sus bajos fondos hasta sus altas esferas.

(Ah, y Garrido ha creado a un personaje que demanda a gritos tener más vida, su saga, hacerse hueco y tener un nombre como Pepe Carvalho, Poirot o el mismísimo Holmes, en esto que se llama novela negra. Ahí lo dejo).






20 de enero de 2017

El profundo invierno

El horizonte es una sucesión de montes que forman una línea ondulante. A veces, se superponen, y al alba, o al caer de la tarde, el perfil de los distintos planos en contraste con el cielo simula un mudo oleaje. Sus cimas, blancas. Sus laderas salpicadas con azúcar glass. Aparecen y desaparecen al paso lento de las nubes bajas, alargadas y espesas, como grandes navíos de bruma encallados entre las rocas. La carretera es una lengua larga y gris que se pierde a lo lejos, entre el paisaje. Sobre la luna del coche se precipitan diminutas gotas, dispersas y alocadas, que parecen salir de la nada, chispas blancas que no supieron ser copos y que, de inmediato, se funden en agua.



Es invierno, el más profundo invierno, el del aire que corta en la cara, escuece en las manos y duele en la respiración. El invierno de frío azul y luz de acero, el que viste a la ciudad con guantes, gorros y bufandas, y un tres cuartos de paño gris. Sobre el agua de las fuentes del parque flotan islotes de hielo, como pequeños continentes desasidos a los que mueve un leve temblor. Un niño mete sus manos, rojas, colapsadas, y los rescata, para después hacerlos añicos contra el suelo. Es un Me acuerdo de infancia: aquel en el que, en las mañanas de profundo invierno, me gustaba salir al patio para ver si se había formado hielo sobre los cubos con agua. Y jugaba con él entre las manos, hasta doler.
Hoy lamento que no haya nieve en la ciudad, porque hace mucho tiempo, semanas, tal vez un par de meses, que no oigo jugar a los niños del barrio en el parquecillo de abajo. La nieve les haría salir de sus cuevas en donde sólo hay actividades extraescolares y tarea de Inglés y de Matemáticas. Es curioso cómo la ausencia de carreras tras un balón, voces, risas, peleas infantiles y acuerdos de paz, hacen de este escenario un espacio sin sentido.

Siempre llega el invierno para quedarse y ser invierno, inclemente, incontestable hasta el final. Y siempre nos sorprende su crudeza, será porque somos de ánimo cálido, de sentires tibios, de sol y calle y noches de fiesta al aire libre... Será por eso que el profundo invierno nos repliega y nos asusta. Será también que es tiempo de afanes, de consecución de objetivos, de metas, de trabajo duro, a veces sin saber muy bien por qué ni por quién, ni tan siquiera si nos da felicidad, sin ser conscientes de que tales afanes suponen el abandono de lo importante, el descuido de nosotros mismos incluso, como esas ciegas hormigas de Ramiro Pinilla. Será también que el invierno, en días de profundo invierno como estos, nos coloca en su balcón, que diría Landero, y nos convierte en espectador y protagonista del tiempo y del detalle, de esa vida que se va sin detenerse. Y desde ese balcón, o tras la ventana de un salón, o mientras escribo estos renglones, constatamos que minuto a minuto, el presente se hace pasado y el futuro se hace presente.

27 de diciembre de 2016

Tratado de paz



Cada amanecer es la oportunidad
para mi propia reconciliación.

Cada anochecer es la oportunidad 
para saldar mis propias cuentas.

No habrá reconciliación posible 
con
el mundo
mientras no firme, y cumpla, cada día 
este tratado de paz.