Mírame,
a los labios,
como si quisieras morderlos.
Al escote
o más allá.
Si quieres,
mírame los pies.
Mírame de soslayo,
con disimulo,
como si no quisieras verme,
pero no me pierdas de vista,
como un animal receloso,
herido...
preparado para atacar.
Mírame,
con el ceño fruncido,
airado.
Mírame sin compasión.
Mírame con desconfianza,
esquivo,
huidizo,
pero no des un paso atrás.
Mírame por mi espalda,
como una traición.
O mírame con piedad,
perdóname la vida.
Mírame,
con los ojos cerrados
como cuando besas,
o te besan,
con la misma cercanía,
con la misma
intimidad...
Mírame,
siempre,
sea como fuere
no me dejes de mirar.
Yo no dejo de mirarte,
o estoy perdida.
Blogueguerías
27 de mayo de 2012
26 de mayo de 2012
Blogueguería 76: Adrienne Monnier, historia de dos pasiones
'Rue de L'Odeón' es uno de los últimos libros que ha caído en mis manos. Sin haberlo leído, ya considero que es un libro inexcusable para los amantes de la literatura y del mundo del libro, del tradicional, que entraña buena literatura. No dudo de que éste esconde una historia fascinante, la de la librería La Maison des Amis de Livres, las muchas personalidades de la literatura que pasaron por ella, y la de su librera, Adrienne Monnier. Un sueño: una librería. Una pasión: los libros.
Adrienne Monnier fue una de esos hombres y mujeres que transgreden, que van por delante, que se anticipan, que abren camino a quienes vienen detrás, o que simplemente luchan por su idea y consiguen vivir como quieren vivir, incluso contracorriente. Eso los convierte en excepcionales, tanto a ellos como a quello que consiguieron, y que, posiblemente, marcará una época y la hará significativa en el futuro.
A Monnier le sucedió algo así: cuando tenía 23 años, abrió las puertas de la que sería la librería más relevante y emblemática de París, y en ella apostó por escritores nuevos y talentosos; su gestión innovadora, en la que no solo existía la venta sino el préstamo, ante la idea que defendía: mejor conocer la obra antes de comprarla, y de que "toda persona con cierta cultura experimenta la necesidad de tener una biblioteca particular compuesta por libros que le gustan, que tiene por amigos buenos y fieles"; su aportación a la cultura y a la sociedad intelectual de la primera mitad del siglo XX... Al margen de lo externo, de lo que visiblemente acontecía y se conocía, Monnier dejó por escrito muchas de las sensaciones sobre su recién estrenado negocio: sobre lo que sintió cuando apareció su primera clienta, una anciana que copró un libro de saldo y que no se le ocurrió regatear el precio; sobre cómo envolvía un libro o seleccionaba aquellos destinados para préstamos... Todo ese ritual que le dedicamos, con el que nos recreamos en lo que nos apasiona realmente. Mucho de aquello queda recogido en 'Rue de L'Ordeon'.
“Jamás había oído aquel nombre, ni el barrio de Odéon
me era familiar, pero algo irresistible dentro de mí me atrajo hacia el lugar
donde iban a sucederme cosas tan importantes. Crucé el Sena y pronto me hallé en
la calle de l’Odéon. Al final de la misma había un teatro que podía recordar a
las Casas Coloniales de Princeton y, hacia media calle, en el lado izquierdo se
veía una pequeña librería de color gris con las palabras “A. Monnier” encima de
la puerta. Contemplé los atractivos libros del escaparate y, escudriñando hacia
el interior de la tienda, vi todas las paredes cubiertas de estantes llenos de
volúmenes recubiertos de ese brillante papel de celofán con que están forrados
los libros franceses mientras esperan, generalmente durante largo tiempo, que
los lleven al encuadernador. Aquí y allá había también interesantes retratos de
escritores.” Sylvia Beach.
Pero además, Adrienne Monnier tuvo la gran suerte de encontrar a alguien que compartiera esa pasión, y esa fue Sylvia Beach, fiel amiga y amante. Silvia Beach llegaría a París, procedente de EEUU, dos años después de la apertura de La Maison des Amis de Livres. Pronto daría con la peculiar librería. De Adrienne escribiría en su primera impresión: "Adrienne Monnier era una mujer robusta, rubia y blanca como una mujer escandinava, de mejillas sonrosadas y pelo lacio peinado hacia atrás desde la frente. Sus ojos eran muy llamativos, de un azul gris indefinido, ligeramente saltones recordándome a los de William Blake, y su aspecto era el de una persona llena de vida". Surgió entre ellas una fructífera historia de amor, humana y literaria. Testigo y escenario de todo aquello sería la rue de l’Odeon de la famosa orilla izquierda del París de los años 20 y 30, en donde ubicaron sus librerías, Shakespeare & Co., la de Sylvia Beach, y la casa que compartieron durante casi 19 años.
De esta fascinante historia destaco esa unión de pasiones que se llaman la una a la otra, el amor humano que comparte, se alimenta y se crece, en el amor a la literatura, y el amor a la literatura como nexo y parte de ese amor humano. Algo tan grande como es una pasión compartida.
24 de mayo de 2012
Blogueguería 75: El sonido de lo cotidiano
Hace tiempo bajé a hablar con mi vecina. No mantengo más relación con mis vecinos que el hola por los pasillos y nuestra breve y silenciosa presencia en el ascensor. Somos todos muy serios y siempre vamos a lo nuestro. No hay niños que inciten a carantoñas o temas de conversación, salvo las niñas mías, y desde siempre han bajado como rayos por las escaleras y no se han dejado acariciar la cabeza. La más dicharachera es la vecina de la entreplanta, una anciana viuda que vive y habla con sus plantas, una selva amazónica que ha creado en su reducido espacio del patio interior de la zona oeste, al que da cierto placer asomarse. El de la zona este está atestado de muebles viejos, y además, los vecinos han colocado un toldo. Asomarse a él es la vista aérea del interior de una chabola.
Fue con ella con la que hablé, con la vecina del patio de la zona este, otra anciana que vive con su anciano marido. Llegaron aquí hace un año, prodecentes de Bilbao. Me requirió una vez, de recién llagados, aprovechando que la mitad de mi cuerpo asomaba por la ventana mientras tendía la ropa. Dio los buenos días y se presentó, yo hice lo propio. Después, sin más dilación ni ningún otro interés, me pidió que no hiciésemos tanto ruido por la noche, "es que padezco del corazón", dijo. Le pregunté que a qué ruidos se refería, me respondió que se oían mucho las puertas y que había un extraño ruido como si despegase un avión... Respiré aliviada, y usé la estrategia de buen talante que todo principio de relación humana debe tener. Me disculpé por el exceso de ruidos y le dije que trataríamos de abrir y cerrar las puertas con más cuidado, aunque en mi fuero interior la estaba mandando a lo alto de un monte o a una unifamiliar a las afueras de la ciudad, en donde nadie pudiese molestarla, salvo los sonidos de la naturaleza.
El centrifugado de la lavadora, como si despegase un avión, a las 22.30 h., me ha recordado aquella mañana en la que definitivamente bajé a hablar con esa vecina que no cesaba de quejarse de que los sonidos de lo cotidiano le alteraban su corazón. Le dije que era cuestión de acostumbrarse, que cuando lo haces te pasan desapercibidos, que incluso se hace extraño que no sucedan a la hora del día que suelen sonar habitualmente, que el sonido de lo cotidiano es ese rumor bullicioso de la vida (bueno, creo que tanta carga lírica no le di, pero la impresioné, de eso estoy segura): niñas que corren por pasillos; lavadoras que centrifugan a las diez de la noche porque se ha procrastinado su tarea; lavavajillas que aclaran y secan a media noche; las campanas de la iglesia del Carmen a las 22.20 en invierno y a las 23.20 en verano; la catarata de pis sobre el agua del wc del vecino del tercero, en el silencio de la madrugada, cuando metidos en el invierno aún quedan un par de horas para amanecer; puertas que se abren y se cierran decenas de veces; una flauta ensayando una y otra vez Let it be de los Beatles...
23 de mayo de 2012
Blogueguería 74: ¿Y qué es el miedo?
Según la RAE:
1.- Perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario.
2.- Recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea.
Wikipedia, sobre el miedo, además de aludir a estas dos acepciones, añade (entre otras muchas cosas): Es una emoción primaria que se deriva de la aversión natural al riesgo o la amenaza, y se manifiesta en todos los animales, por ejemplo el ser humano. La máxima expresión del miedo es el terror. Además el miedo esta relacionado con la ansiedad.
También dice, resumiendo, que el miedo es un mecanismo de supervivencia, adaptativo, con una respuesta biológica rápida y eficaz, lo que nos ha permitido perpetuar la especie.
Desde el punto de vista psicológico, es una emoción, un estado afectivo, como la tristeza, la euforia o la apatía, que puede convertirse en angustia o ansiedad, que se caracterizan por miedos infundados, sin aparente objeto ni motivo.
Desde el punto de vista social y cultural (copio literalmente), el miedo puede formar parte del carácter de la persona o de la organización social. Se puede por tanto aprender a temer objetos o contextos, y también se puede aprender a no temerlos, se relaciona de manera compleja con otros sentimientos (miedo al miedo, miedo al amor, miedo a la muerte, miedo al ridículo) y guarda estrecha relación con los distintos elementos de la cultura.
Y aquí quería yo llegar, al miedo desde el punto de vista social, y a ese miedo que forma parte de la vida social; a cuando una sociedad se acostumbra a vivir con el miedo; a cuando el miedo se respira en la calle, en el trabajo, en los lugares de ocio, hasta en casa en forma de sillón... A cuando el miedo se convierte en una angustia generalizada que se agrava ante la imposibilidad de identificar con precisión a aquello que está generando el miedo, con lo que se imposibilita la capacidad de respuesta de adaptación y superación; a cuando lo que genera ese miedo es un todo amorfo que mina diferentes flancos a la vez, generando una psicosis colectiva; a cuando alguien se encarga de hacernos vivir con miedo; a cuando la mirada hacia el futuro no es esperanzadora sino temerosa; a ahora, a este preciso estadio en el que el miedo ha dejado de ser nuestro aliado ingénito para convertirse en un arma de persuasión y de sumisión.
La están sabiendo utilizar (y tampoco iba en su programa electoral), nos han debilitado, y através del miedo nos están acallando, nos están dejando sin voz, nos anulan el miedo que nos pone en guardia e identifica lo que nos hace daño, que nos ayuda a salir y a seguir, para instalarnos en el miedo en su máxima expresión, y es áquel que nos paraliza... El terror. El miedo es esa cosa que ahora nos está robando la libertad sin necesidad de usar otro tipo de violencia.
17 de mayo de 2012
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