29 de septiembre de 2011
22 de septiembre de 2011
Blogueguería 10: Optimización del gasto del personal docente CLM
Recortes en Educación, comunidad de Castilla La Mancha.
Estimación del ahorro: 137 millones de euros en el curso 2011-2012.
*Aumento de dos horas lectivas semanales. Los profesores de primaria pasarían de 23 a 25 horas semanales, y los de secundaria de 18 a 20 horas.
El resto de funcionarios trabajan 35 horas semanales. El resto de trabajadores de empresas privadas pueden incluso superar las 10 horas diarias, es decir, 50 horas semanales.
*Reducir los 33 centros de profesores y recursos (CEP y CRAER) a un único centro, con un ahorro de 28 millones anuales.
*Eliminación del ABONO en concepto de vacaciones de julio y agosto en aquellas sustituciones de más de 5 meses y medio. EN SU DEFECTO, se ABONARÁN 22 días hábiles al interino en curso completo, y la parte proporcional si el periodo de sustitución fue menor al número de meses de curso completo.
Es decir, a tiempo trabajado tiempo retribuido, ningún trabajador cobra un periodo de tiempo que no trabaja (julio y agosto). La palabra interinidad implica temporalidad. Ser interino es un privilegio, no un derecho.
*Supresión de la convocatoria de las 200 plazas anuales de un año sabático para docentes con más de 12 años de antigüedad.
Ese año implicaba cobro total de sueldo, incluidas pagas extras, sin actividad laboral.
No sucede lo mismo en situación de excedencia voluntaria, en la que el funcionario está a todos los efectos dado de alta en la Seguridad Social pero no percibe ninguna retribución salarial.
*Las funciones de las oficinas de evaluación serán asumidas por las consejerías de Educación.
NOTA: Extraído del Plan de garantía de los servicios sociales básicos de Castilla La Mancha, con una estimación del ahorro de 1.815 millones de euros entre 2011-2012.
Juzguen ustedes mismos, el debate está servido.
16 de septiembre de 2011
Blogueguería 9: No traigas vino
No sé quién pondría de moda, como norma de cortesía, acudir de invitado a cenar y llevar consigo el detalle de la botellita de vino, o unos pastelitos para el postre. Más que un acto de cortesía parece todo lo contrario; la descortesía de decirte qué vino quiere beber y/o qué postre le apetece tomar.
Me refiero, claro, a invitar a alguien a casa, a tu salón y a la intimidad de tu mesa, cosa que suele hacerse solo con los más íntimos amigos y con esas personas con las que nos apetece que transcurra la velada. Cuando me meto en el rol de anfitriona me gusta serlo con todas las consecuencias, y cuando soy yo la invitada no me apetece cargar con botellas de vino, mucho menos con la bandeja de pasteles... que desluce el bolso.
Cada vez me incomodan más las comidas en los restaurantes, que últimamente parecen más patios de guarderías en donde la criaturica de la mesa de al lado te planta una cena que será de todo menos relajada... una auténtica indigestión de conversaciones de adultos (la gente parece volverse hipoacúsica en los restaurantes o creerse que su compañero de mesa de repente se ha vuelto hipoacúsico, porque nadie habla en un tono moderado o normal, todos suelen hablar y reír escandalosamente) y lloriqueos o correteos de niños. Sin humos, eso sí, ya que hemos puesto esfuerzo en el emperifollo y hemos pagado una pasta por un menú amenizado por el coñazo del niño arrastrándose por el suelo ante la negligencia paterna y la resignada condescendencia del metre y demás camareros, al menos que no apeste a humo ni el pelo ni el vestido.
Pero decía, haces una invitación a cenar a casa y el invitado acude con el detallito del vino, con lo cual el que tú preparaste para la ocasión lo devuelves al mueble-bar, y así una vez y otra hasta que un día te das cuenta del acúmulo de botellas (alguien hoy me obsequió con un Dehesa del Carrizal, tinto, cosecha 2006) que o te las bebes o seguro que se echará a perder (en el viaje a la Rioja aprendí que incluso los vinos que maduran en barrica tienen unos años de espera en botella, pero a partir de cierto tiempo, muchos años según la calidad, empiezan a perder sus propiedades, o sea, que abajo el mito de "envejecer como un buen vino"), y como una no tiene costumbre de beber vino, salvo en ocasiones especiales, y para acompañar unas vulgares lentejas parece que no procede paladear un reserva (aunque empezaré a practicar esa costumbre snob), por favor, la próxima vez que te invite no traigas vino, que ya lo pongo yo.
14 de septiembre de 2011
Blogueguería 8: Cremas
No sabría precisar cuando alguien utilizó, dirigiéndose a mí, el “tú te mantienes bien”, en lugar del siempre amable “tú eres joven (o sigues siendo joven)”. De peor humor me pone esa otra expresión, “te conservas fenomenal”… Tendré cara de envasada al vacío. Total, muy manida ya es esa afirmación de que la edad no es cumplir años, sino actitud, espíritu, y hasta cierto punto estoy de acuerdo, conozco a gente sin vida, viejos de espíritu en la treintena recién estrenada, y a septuagenarios que se comen el mundo. Pero como escribió Umbral en 'Mortal y rosa', es inútil forzar el destino, violentar los catalejos del tiempo. El tiempo real es el que es, y la materia se deteriora.
Pero al margen de crisis existenciales sobre la tristeza de la vida en el atracar de su tarde (parafraseo ahora a Neruda), hoy voy a hablar de las cremas, esos productos que en las últimas décadas se han convertido en compañeros indispensables en nuestro neceser, en nuestro acicalamiento íntimo diario, en las maletas de viaje... Se puede olvidar cualquier cosa excepto la hidratante de la mañana y el serum milagroso que nos devuelve más joven la piel, como el espejo de la pared en el que se miraba el solitario del piano. Los productos llamados de belleza son un negociazo, siempre he sido consciente de ello, pero hoy lo he sido aún más.
Hace unas semanas, una buena amiga me recomendó un producto para el cabello que evitase su encrespamiento, ese problema de todo pelo rizado en ambientes húmedos. El producto en cuestión valía alrededor de los 14€, exclusivo en peluquerías. Estaba agotado, pero en su lugar me ofrecieron el mismo de la casa L'Oréal, 16.50€. "Pero ya que buscas calidad, yo te aconsejo el de Kérastase. No hay color, Kérastase es Kérastase...". Conclusión: 26€ pagué por Oléo-relax Slim de Kérastase... Ni Sansón cuidaba su melena con tanto celo. Tras este tiempo, el resultado es muy positivo, estoy muy satisfecha con mi compra, aunque aún me siento un poco prima, víctima del timo del embaucador de antaño que vendía el bálsamo milagroso que aliviaba todas las dolencias, y de caer en la trampa del necio, ése que piensa que cuanto más caro mejor calidad. En fin...
Hace unas horas, en la calorosa tarde de este singular septiembre, he realizado unas compras en la perfumería BodyBell, sita en la plaza Cervantes esquina con la calle Alarcos. Me gustan estos comercios cuyas empleadas son chicas uniformadas de riguroso negro, perfumadas y correctamente maquilladas. También hay empleados, pero están más en tareas logísticas que de asesoramiento, aunque hoy precisamente uno de ellos explicaba pacientemente a una señora añosa, cómo hacer uso de una cremita a millón.
Yo iba en busca de un serum. El serum es un fluido más o menos viscoso, relativamente novedoso, que se está convirtiendo en producto estrella entre las féminas de cierta edad, es decir, entre mujeres como yo. Si estás pensando en un lifting, ólvidate, cómprate un serum de calidad y rejuvenecerás una década. ¡He aquí el elixir de la juventud! Serum suena a milagroso, pero la cosa se torna siniestra si indagamos en su etimología, llegando a la conclusión de que desde el punto de vista científicomédico, el serum es todo líquido de dudosa procedencia orgánica. ¿Qué será lo que tan alegremente untamos por nuestra cara e impregnamos en nuestros labios? ¿Placentas licuadas? ¿Restos embrionarios procedentes de abortos? Con lo bien que suena aloe vera, ecológico y natural, y lo último de lo último, ecológico cien por cien: el lifting japonés. Pero no, nos da por restregarnos cualquier cosa con nombre futurista: Retinol Q10, Olay gama Regenerist, Olay gama Total Effect... Productos de noche, productos de día, productos base, productos nutritivos, productos hidratantes, productos exfoliantes, productos antiarrugas, productos rellenadores de arrugas, productos para contorno de ojos, productos para los labios... Productos también para el cuerpo, mascarillas para el pelo, champús para innumerables tipos de pelo: lisos, teñidos, rizo natural, permanentado, graso, seco, normal, con acondicionador, fórmula clásica (diligencia de algunas marcas a los fieles al champú para cabello normal), mascarillas para la cara, etc, etc... Millones de soluciones para millones de necesidades creadas, inexistentes. Lo básico ya no existe, pasó a la historia.
Y precisamente en este momento en el que iba a concluir y editar, hay un programa en CNN+ en el que están hablando, casualidad, de un tratamiento facial con polvos de oro por el módico precio de 1200 € la sesión... Hay que joderse lo que se llega a inventar, pero lo más increíble es que exista gente dispuesta a pagar.
9 de septiembre de 2011
Blogueguería 7: Armarios
Hay algo de renovarse en eso de recolocar armarios. También hay algo de pérdida, de dejar ir, de eliminar vínculos digo afectivos con todas las cosecuencias, porque el afecto a los objetos o cosas es una traslación o idenficación del sentimiento hacia algo o alguien con la cosa que nos lo recuerda... El fondo de un armario no deja de ser tiempo confuso y atrapado entre algodón ajado, pero en todo caso pasado. El pasado acumulado en prendas de ropa, algunas con fecha concreta, de exclusiva ocasión, inamovibles en su percha desde que fuesen protagonistas por un día, como mucho fueron al tinte y volvieron para quedarse enfundadas en una bolsa de plástico a medida 5àSec.
Prendas que no se quedan pequeñas, porque hace mucho que dejamos de crecer (al menos en vertical), salvo si se ha elegido el programa de lavado equivocado que las deje reducidas a la mínima expresión, o convertidas en una XXL que sirva de camisón para dormir (a quien use esa incómoda prenda que se sube a las axilas o se enreda entre las pierdas sin dejarte pegar ojo), pero se aviejan.
Acabo de desechar un par de camisas... Tendrían más de cinco años. Aparentan como el primer día, pero solo es eso, pura apariencia y cuidado. Me gusta mimar la ropa, como me gusta mimar el coche en que que viajo... No sé, será que a ambos los considero una segunda piel, una barrera de protección. Si volviesen al día en el que las saqué de la tienda, se verían descoloridas, sin lustre, mustias... Me deshago de ellas por aburrimiento, aunque estoy segura de que aguantaban otros tantos programas en frío.
Y ¡al fin! me he librado del pantalón color camel. Me lo compré por cambiar -mi color es el negro-, pero nunca he sabido cómo combinarlo, lo cual provoca en mí cierta frustración cuando compruebo el juego que da en otros. Es un color con el que no me veo, aunque me vean los demás, y nunca encuentro el momento de ponérmelo, recurriendo al vaquero, la opción estrella del diario, sábados, domingos y fiestas de guardar. Así es que, después de tres años ocupando percha y siendo cambiado constantemente de lugar; ora a la derecha de la barra, ora a la izquierda y sobrepuestas un par de chaquetas, ora en el compartimento del centro, ora en el espacio que le sobra a Jota, decía, pues ora en el contenedor de la ropa usada. Definitivamente, el camel y su gama cromática inhibe mi capacidad creativa con respecto la indumentaria.
Y me he ido por las ramas con la ropa, ya me perdonarán, pero las mujeres cuando hablamos de trapos perdemos la noción del tiempo y de lo importante. Mi idea era hablar de "renovación", de la que implica hacer un vaciado de armario de aquellas prendas que suman días, meses, que reaparecen en las estaciones, y que cada revuelco, recolocación y aparición de una prenda nueva en el lugar en donde ha permanecido estático, muerto, inservible, el pantalón camel, es como un empezar y un seguir al mismo tiempo, algo así como los propósitos de año nuevo, que de este año no pasa (lo mismo que se dijo el año anterior): leer los veinte libros que tengo en espera, intercalar los nuevos que unos y otros van publicitando, habrá que sacar un rato para algún clásico... ¿Cervantes? Ya toca, sí... Algo de Philip Roth, cuyo nombre siempre me sugiere teleserie de abogados criminalistas: "El despacho de Philip Roht". De este año no pasa escribir ese libro... Ea, de este revuelco de armario no pasa.
7 de septiembre de 2011
Bloguerrelato 1
Rebuscó en el armario y encontró el pantalón de lino negro. Le gusta ese pantalón, le sienta bien. Decir que a una mujer le sienta bien un pantalón es decir que le hace el culo bonito y las piernas esbeltas. Se lo puso. Antes había elegido la ropa interior. Era jueves, tocaba el azul marino -le gustan los colores oscuros para su ropa interior-, con motivos de encaje que se realzaban sobre las leves prominencias de su cadera nulípara, y un sujetador que elevaba la autoestima de su escote. Una transparencia, también en negro, como camisa, y un chalequillo entreabierto. Se encaramó en unos tacones, cogió el bolso y salió a la calle.
- Disculpe, ¿tiene hora?
El transeúnte ni siquiera desaceleró su paso, ni una mirada, ni un ademán. Casi la roza.
- Gilipollas... dijo para sí. Tenía la costumbre, no sabía si buena o mala, de no gastar reloj.
La ciudad bullía a fuego lento. Los primeros en salir a la calle aún con los ojos hinchados y la cara pálida y fría. Ella también sentía su cara fría, y la punta de la nariz. La llegada del otoño significaba la punta de la nariz fría nada más asomar a la calle hasta una nueva primavera.
No tenía costumbre de desayunar en casa... ¿Hay algo más triste que una mesa de comedor con un único cubierto? ¿Hay algo más sobrecogedor que el silencio de una cocina quebrantado únicamente por el tintineo de los cubiertos? Huía de esas soledades. Entró en la primera cafetería que encontró a su paso.
- Por favor, un café descafeinado de máquina con leche del tiempo... No, mejor que sea normal, la leche sí, del tiempo.
El camarero siguió frotando las copas y poniéndolas boca abajo sobre una zona expresamente delimitada para ello, en la barra.
- Disculpe... Carraspeó y dijo ella después.
- ¿Qué va a ser?, preguntó el camarero al un joven que acababa de situarse a su izquierda.
- Oiga, yo le había pedido antes..., empezaba a impacientarse y a irritarse.
- Perdona, no te he oído bien...
Ella iba a repetir la retahila de su café pero no le dio tiempo.
- ¡Un café solo!, repitió el joven.
Salió despotricando entre dientes sin entender qué estaba pasando, si es que todo el mundo se había confabulado contra ella o es que los gilipollas poblaban esa mañana todo el planeta.
Trató de serenarse bordeando la manzana antes de entrar en el edificio que albergaba a su oficina. Ya se lo tomaría en una de esas máquinas de pasillo que vierten líquidos nauseabundos a los que llaman café en sus múltiples variedades. Total, el día había empezado con buen pie, por lo visto, qué más daba como continuase.
Fichó al entrar, y la máquina no reconoció su clave. Volvió a intentarlo. De nuevo luz roja. Lo intento unas diez veces... Desistió y se dirigió hacia el ascensor, ya hablaría con el jefe de personal y solicitaría una nueva tarjeta. Era obvio que la suya se había descodificado. No coincidió con nadie en el ascensor, cosa que agradeció al destino.
En mitad de la mañana decidió ir a hablar con el jefe de personal. Tocó la puerta de su despacho, pero nadie contestó. Abrió y lo encontró hablando por teléfono. No quiso interrumpir.
"¿No coge nadie el teléfono? Pues nada, si se trata de enfermedad ya nos enteraremos..." , escuchaba mientras permanecía en pie y le parecía de muy mal gusto que su compañero no le hiciese ni un solo gesto invitándola a sentarse mientras tanto. "Es raro, sí, Mariola siempre avisa. Ni ha fichado y nadie la ha visto esta mañana en su oficina ..." ¿Mariola? ¿Hablaban de ella? De repente sintió pánico. Quiso hablar pero no pudo. Quiso levantarse y hacer ruido, tirar todo lo que había encima de la mesa, lanzar el pisapapeles contra la ventana, ¡algo! Algo que manifestase su presencia de alguna manera, quería ser vista, oída, tocada... Que alguien le dijese algo, que alguien le evidenciase que estaba, que era... Pero dentro de su cabeza o dentro de los adentros algo le decía que era inútil, que ya había sucedido... Salió de allí como alma que lleva el diablo.
Corría sin mirar el color de los semáforos, creyendo apartar a la gente, creyendo tropezar con ellos, creyendo que la miraban, creyendo que murmuraban sobre ella por correr como una loca... Se detuvo frente a la boca de metro de Sol. Apoyó las manos sobre sus rodillas para recobrar el aliento. Levantó la vista en busca de su reflejo... Las imagenes de gente que iba y venía, que se detenía a saludarse, algún curioso lanzando una foto a esas cristaleras que convierten el paisaje de siempre en anacrónico, llamando la atención sobre ellas y los múltiples destellos del sol de Sol. Sabía que pasaría, lo sabía, sabía que un día nadie la vería, se haría invisible para todos. Ni rastro de ella. Nada. La nada. La inexistencia.
Corría sin mirar el color de los semáforos, creyendo apartar a la gente, creyendo tropezar con ellos, creyendo que la miraban, creyendo que murmuraban sobre ella por correr como una loca... Se detuvo frente a la boca de metro de Sol. Apoyó las manos sobre sus rodillas para recobrar el aliento. Levantó la vista en busca de su reflejo... Las imagenes de gente que iba y venía, que se detenía a saludarse, algún curioso lanzando una foto a esas cristaleras que convierten el paisaje de siempre en anacrónico, llamando la atención sobre ellas y los múltiples destellos del sol de Sol. Sabía que pasaría, lo sabía, sabía que un día nadie la vería, se haría invisible para todos. Ni rastro de ella. Nada. La nada. La inexistencia.
1 de septiembre de 2011
Blogueguería 6: "Eduardo..., ¿Y mi canción?"
... Y aquella canción estaba por venir.
Desde el "yo"
'Luz de noviembre, por la tarde', de Eduardo Laporte, es una novela autobiográfica. A su autor le gusta dejarlo claro. Lo ha vuelto a reseñar hoy en su entrevista en El ojo crítico, de RNE. Y ya es un reto una novela escrita en primera persona, y es doblemente un reto una novela que parte de la experiencia personal, y es, además, un riesgo añadido cuando el tema que trata es la muerte, desde cerca, a pie de cama, a la tenue luz de un mes de noviembre. Sin duda, Eduardo Laporte arriesga y apuesta por aquello en lo que cree.
Lo difícil, cuando se parte del yo, es no caer en ese yocentrismo ombliguil (permítome la invención de palabras al puro estilo laportiano), en ese hueco limitado de palabras vacuas. Lejos de ese sentimentalismo quejumbroso, Luz de noviembre, por la tarde es esa proyección umbilical que se nutre de la belleza de las imágenes que van conformando una palabra puesta detrás de otra sobre el blanco nuclear de un cuaderno Clairefontaine, cual artista de luz atrapando los últimos fulgores de una tarde invernal, o de una mañana en una cervecería de la plaza de Santa Ana, da igual, el caso es empezar, y así es como empezó esta historia, su historia.
Desde el dolor y la muerte: la espera
Luz de noviembre, por la tarde es la historia de una relación no solo entre el autor y su padre que irremediablemente se apaga, o la madre que desaparece sin dar tiempo a nada, salvo a intentar acomodarse a una repentina ausencia, también es esa otra relación que se establece implícitamente, tal vez inconsciente pero real, que subyace y camina paralela cuando la enfermedad terminal de alguien tan cercano como un padre o una madre nos aborda, y es ese tú a tú con la muerte y sus manifestaciones, indicios o señales, o messages personnels, por emplear una expresión del propio autor. Es aquí en donde el lector encuentra esa belleza de dolor contenido, ese dolor que se solapa bajo la conversación y la sonrisa amable que mitiga la tragedia. La belleza de un torrente de sensaciones contenidas, de esa ambivalencia entre la esperanza (que nos llega en forma de fármacos de diseño) y el evidente deterioro manifiesto, y expresada ya desde la serenidad que proporciona la distancia en el espacio y en el tiempo... y cómo pasa el tiempo, que de pronto son años. Un esfuerzo de la memoria por recuperar y ordenar los recuerdos. Palabras de su propio autor en el prólogo: Siempre supe que terminaría escribiendo sobre aquello.
Eduardo... ¿Y mi canción?
Y al fin llegó esa canción, la cadencia de una frase tras otra en donde fluye esta historia, como fluye una canción de Cohen, como fluye una lágrima apenas perceptible en esa actuación, en 1967, cantando "The Stranger Song", solo una, pero terriblemente conmovedora. Una historia en la que la voz no se quiebra (aunque hoy esté "tomada" por algún virus inoportuno, según declaraciones a su entrevistador), a pesar de las vidas quebradas, la de quienes se fueron demasiado pronto y la de quienes se enfrentaron a tan temprana edad a semejante trance.
La escritura tiene mucho de sanadora, como la música. Y en todo caso, si no llega a sanarnos del todo, siempre será paliativa, nos permite seguir viviendo y descansando sin dolor. Y luz de noviembre, por la tarde es una gran obra literaria, una bella canción que al fin ha quedado escrita.
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