Eduardo Laporte: Sobre él se escribirá mucho.
Eduardo Laporte: De él se hablará mucho.
Eduardo Laporte: De él se leerá mucho.
Eduardo Laporte: ¿Que quién es Eduardo Laporte?
Empiecen a saborear este título: Luz de noviembre, por la tarde.
¿Les ha quedado claro quién es Eduardo Laporte? Sí, ése, también es él, el náuGrafo digital.
Y por si no les ha quedado claro quien es Eduardo Laporte y su relación con Luz de noviembre, por la tarde, aquí les dejo otro rincón donde poder encontrar a ambos.
30 de agosto de 2011
24 de agosto de 2011
Blogueguería 4: Ciudades sin identidad
Hay ciudades que son una exaltación para los sentidos. París es un orgasmo sensitivo: el Sena, su Torre, las fantasmagóricas gárgolas de Notre Dame a la luz de la noche, la noche, el arrealismos del barrio de Montmartre y sus arrealistas putas, sus jardines, sus fuentes... París de paso. Ciudades de paso, a las que se llega para no quedarse, a las que ya no se olvida cuando se parte.
Hay ciudades que dan para cientos de historias. Son inspiración literaria: 'Laverinto veneciano', Marina Gaparini, 'Muerte en Venecia', Thomas Mann , 'El invierno en Lisboa', Muñoz Molina... Son emblemas, iconos, mitos, leyendas: La Estatua de la Libertad en NY, un gigantesco mono sobre la torre del Empire State, Berlín y su muro ingénito, Jerusalem y millones de lamentos en sus fronteras, Bagdad devastada, sin palacios ni princesas que huyan con ladrones sobre alfombras mágicas. Sueños, ensueños, realidades y cuentos chinos.
Ciudades que entrañan un instante de luz que Antonio López se obstina en inmortalizar sobre un lienzo. Madrid vespertino, un bostezo de cielo que atardece en un bosquejo.
Ciudades eternas, ciudades con identidad, ciudades que impregnan a sus habitantes de su inmortalidad, de su magnitud.
Ciudad Real pertenece a esas otras ciudades sin identidad, filas de ladrillo rojizo y manchas de grisácea fealdad del hormigón desde el Google Earth. Ciudades sin una armonía, en donde la belleza no encuentra su escenario. Desde hace tiempo me he dado en pensar que allí donde vivimos: amanecemos, trabajamos, paseamos, dormimos, soñamos, amamos y también sufrimos, debería de ser un espacio propicio en donde la dimensión humana, esa antropometría física y espiritual, encontrase su acomodo. Es difícil acoplarse entre la fealdad y lo pedestre, es difícil inspirarse y trascender en una ciudad que nos roba la condición de ser viviente y nos convierte en anodinos.
Por tanto, habrá que salir a buscar esa insondable dimensión, que cantaba Battiato, hacernos nómadas en busca de ese final de camino que nos devuelva lo que la ciudad nos niega, lo que siempre hemos querido ser.
20 de agosto de 2011
Blogueguería 3: El glamour del tacón de aguja y una bolsa de plástico
Ellos visten camisetas y pantalones gachos, entiéndase por gachos esos que descansan por debajo de las caderas, dejan medio culo vacío colgando por debajo, y por encima muestran los calzoncillos, o una hucha más o menos selvática al aire. Caminan en grupo, a veces mixto, en muchos casos solo ellos, todos en dirección macroquedada. En la mano, bolsas de plástico llenas de botellas, todos.
Ellas visten minifaldas o shorts, independientemente de la época del año. Su peinado y su maquillaje son la prueba de que han pasado horas frente a un espejo. Tacones de vértigo para terminar setándose en el suelo, porque, dicho sea de paso, semejante martirio no hay pies que lo soporten en pie más de un tiempo prudencial, y, ahora, el horario de salida puede calificarse de todo menos de prudente. Bolsitos o bolsones al hombro. Caminan en grupo, a veces mixto, en muchos casos solo ellas, todas en dirección macroquedada. En una mano un cigarrillo, en la otra, bolsas de plástico llenas de botellas, todas.
Parecen hormigas mal organizadas, o esos insectos de verano que acuden a la luz con un vuelo atolondrado, chocándose con todo objeto animado o inanimado que interfiere en su camino. Eso es lo que pienso cada vez que salgo y trasnocho y los veo cómo acuden por las bocacalles, sin una hora concreta, sin una llamada concreta, simplemente saben que pronto irán llegando más como ellos, y se irán llenando los espacios hasta estar casi codo con codo. No se esperan los unos a los otros, van acudiendo y se van asentando entre los jardines, o entre los coches, o dentro de ellos con las puertas abiertas para liberar la música que suena dentro a decibelios que exceden en demasía el límite permitido.
En lo último que hubiese pensado cuando tenía veinte años, tras una tarde entera arreglándome para romper con la corriente imagen de los días de diario, liviana y perfumada, era en hacerlo cargada con bolsas de plástico (dos céntimos unidad desde que alguien decidió que había que cobrar su no biodegradabilidad) y como mula de carga.
Vivimos en una era de contrastes e incongruencias. Vivimos tiempos raros.
16 de agosto de 2011
Blogueguería 2: JMJ
Los pequeños pueblos de La Mancha agonizan, como tantos otros pueblos de la geografía española. El mío, mi cuna, también sufre ese cáncer. Por no haber, no hay ni perros a la sombra, y los que existen ya no son animales domésticos que cumplían una función: guardianes de ganado, o de gallinas, o como perro de caza... ahora son uno más de la familia y como tal viven: sus visitas programadas al veterinario, sus tomas de medicación -como le sucede al perro epiléptico y reumático de mi amiga Pilar-, sus paseos programados, incluso visten con tendencias de moda: chalequillos, collares, etc, etc... Los hemos humanizado, y nosotros nos hemos animalado hasta tal punto que las nuevas parejas prefieren tener perros a tener hijos. Sí, créanme, conozco casos, ellos, los animalitos, generan menos gastos y dan más satisfacciones. Pero me voy, me voy del tema y no es mi intención. En otro momento me pararé más despacio con nuestros amigos los animales.
Decía. La lluvia se torna inevitablemente amarilla, y muchos de nuestros pueblos terminarán siendo el Ainielle de Llamazares. Sombras en la noche. Desdibujadas calles desiertas por donde silba el viento entre aleros y desvencijadas ventanas. Cada invierno experimeto más esa gélida y desértica soledad. Cada verano siento más la nostalgia de la algarabía de las calles en las que hace treinta años retozábamos una veintena de niños, mientras padres y abuelos tomaban el fresco en sus puertas y en sus plazas hasta que la temperatura de la noche hiciese posible el descanso. Esa vida social apacible de los vecindarios, esa parte positiva de los pequeños lugares.
El 15 de agosto era ese punto de inflexión en el vivificante verano de los pueblos. Durante julio y agosto era un constante fluir de veraneantes: madrileños, valencianos, catalanes... Todos aquellos que emigraron en los sesenta a las grandes ciudades, regresaban en verano a dejarse el dinero en las terrazas de los bares, a agotar los productos en las carnicerías y a duplicar la producción de pan. Era como poner de manifiesto publicamente su prosperidad económica. Sus manos blancas parecían decirlo también, y sus hijos, también de cara blanca de ciudad, eran una novedad para nosotros. En 15 de agosto no cabía un alfiler. A partir de ese día, comenzaban a marcharse paulatinamente, y todos recuperábamos de nuevo nuestra ansiada y monótona armonía.
Desde hace una década, no existe punto de inflexión. Digamos que ese fenómeno estival ha ido desapareciendo hasta quedar reducido a la mínima expresión. El 15 de agosto ya no es significativo de nada, salvo que sigue siendo un día de fiesta en esta comunidad. Se me ocurren muchas razones desde el punto de vista sociológico, pero haría largo lo que ya empieza a ser ser largo. Sin embargo, este fin de semana había algo diferente, un lleno especial y extraño que se manifestaba en filas de coches a derecha e izquierda en las calles principales de la localidad y muchas caras desconocidas, sin rasgos descifrables o señas de identidad visibles. Además, se podía percibir igualmente cierta alegría que se manifestaba en grupos arremolinados conversando animademante, parejas añosas que rara vez frecuentas ambientes de terrazas, gente joven, entre los veinte y treinta años, que no parecían acordarse del cutre botellón que se celebra en las afueras, cerca del depósito de agua, y que paseaban arriba y abajo por las calles adyacentes a la plaza principal... La razón de todo eso: cientos de jóvenes de diversa nacionalidad: brasileños, chilenos, mexicanos... todos ellos acogidos en casas particulares, a la espera del encuentro en la Jornada Mundial de la Juventud. Todos ellos compartiendo estos días con esas familias: cómo es su vida en sus países de origen, por qué han venido, cuánto tiempo les ha llevado ahorrar el dinero que han pagado por venir aquí (algunos, un año entero de ahorro para pagar mil trescientos euros, y cuyo sueldo mensual es cuatrocientos treinta euros). Para ellos, cerca de trescientos jóvenes acogidos en esta localidad, ha sido un sacrificio cuya experiencia, dicen, ya ha merecido la pena.
Tener algo (o Algo) en lo que creer siempre es bueno, sobre todo cuando no hace daño a nadie.
12 de agosto de 2011
Blogueguería 1: Vuelvo a las andadas
El ser humano es pura contradicción. La vida es un constante retorno. El asesino siempre regresa al lugar del crimen.
Y sí, también, como diría mi madre, soy más puta que las gallinas, no sé reprimir el insidioso deseo de escribir, y si escribo, malo, y si no escribo, dos veces malo.
Di por finalizada, hará poco más de un mes, una andanza de tres años casi, concretamente en septiembre de 2008, en el espacio suturasysegundasintenciones. Lo anuncié apesadumbrada, sintiéndome un poco delibeana al percibir que moría en mí no tanto el deseo de escribir, de contar, sino la capacidad para hacerlo. "El escritor ha muerto en mí antes que el hombre", dijo en su día el insigne Miguel Delibes. Y ya saben, a veces las flaquezas y los miedos se apoderan del espíritu débil o desatento. Había llovido desde entonces, desde que ese espacio personal que nos creamos los anónimos para autosatisfacernos, comenzó su andadura. Ha caído alguna nevada y, también, ha hecho un insoportable calor, convendrán conmigo que insufrible el de ayer... Y en un momento de enquistada soledad solo se me ocurrió decir Hasta aquí.
Pero me quedé en el puerto, porque nunca regresa para quedarse quien alguna vez emprendió viaje, y como polizón o como pasajera, he seguido viajando en naves ajenas.
Y hasta el día de hoy, en el que vuelvo a tomar el mando de mi propio espacio, este nuevo espacio. Vuelvo a las andadas, extiendo velas, recojo amarras y ya veremos lo que el tiempo nos depara. No hace falta que diga que, si deciden acompañarme, yo encantada.
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