27 de octubre de 2011

Blogueguería 20: Una mañana desnuda

Amanecía encharcado, lloviendo sobre el mojado de la que ya es una larga noche, aunque vendrá la noche más larga. Aguada noche sin luna. Cien kilómetros de oscura boca de lobo mientras amanece otro día de un otoño hasta hace nada retenido, secuestrado no sabemos donde, nada ni nadie ha pedido un rescate. Liberado y desaforado, como todo preso que recobra su libertad, revolviendo copas de árboles amarillentas. Un día desamparado, como la imagen de ese hombre desnudo que se pasea trastornado, silencioso, por una calle que fue y ya no es después de la tragedia. Día sin alma, en suspense... Mudo.

Cruzo de nuevo por el mismo lugar que ayer y que antes de ayer. La carretera dibuja una caprichosa S... Las carreteras sesean y las serpientes serpentean. Antes de ayer esa S se cobró una vida, nos topamos con los restos del accidente. Seguimos camino comentando las posibles causas: ¿La inesperada lluvia? ¿Más velocidad de la debida al entrar en la curva? ¿Un despiste? ¡Ah, malditos despistes que se cobran vidas!... Luego, en los escasos minutos que quedaban hasta llegar a casa, un pesado silencio.

Uno de nosotros conocía a la fallecida, lo supimos ayer. La noticia del aparatoso accidente venía en la prensa local. Mujer, cuarenta años, deja viudo y dos niños pequeños, pero "menos mal que fue accidente de trabajo in itinere", ¡felizmente! Me estomagan esas apreciaciones, es como si te tocase la loteria después de muerto... Ha dejado su vida entre los bajos de un camión, pero qué bueno que la suerte ha estado de su parte.

Ayer la lluvia no había conseguido borrar el rastro: restos de guantes azules en la cuneta (detesto la costumbre de ciertos profesionales sanitarios de abandonar sus guantes en cualquier parte. En todo caso, alguien debería de encargarse de recogerlos), unos escasos metros de frenada y una mancha inespecífica en la carretera, circunscrita alrededor de donde su coche quedó encajonado. El punto fatídico que quienes cruzamos por ahí a diario inconscientemente buscaremos, al menos durante un tiempo, hasta que se nos pase el miedo, ese que ninguno va a manifestar pero que late como un murmullo disminuido.

No ha parado de llover, con una suave insistencia en un día especialmente triste, en una mañana con el color de un prematuro atardecer, en esta noche que ya cae de golpe. Tal vez mañana ya no queden huellas, salvo esas líneas negras paralelas que no consiguieron asir las ruedas al asfalto, y que se cortan bruscamente, como una vida que ya no es, como una madre que ya no está, como una mujer que ya no dormirá por las noches en su cama ni volverá a hacer el amor con su marido. Y nosotros seguiremos seseando, tentando a la suerte, a la gran suerte de seguir vivos.

25 de octubre de 2011

Blogueguería 19: La historia de un beso

No sabría decir si la imagen que siempre he visto de una de las fotografías más míticas del siglo pasado es ésta:


Aunque puede que se trate de esta otra:


Los protagonistas, obviamente, son los mismos, el encuadre es diferente, como también lo es el autor de cada una de las imágenes.
La foto superior la recogió el objetivo de la cámara de Victor Jorgensen, fotógrafo de la armada estadounidense, el 14 de agosto de 1945 en Times Square, día en el que Japón se rindió a las tropas aliadas, lo que supuso el final del que hasta hoy es el conflicto bélico más sangriento de la historia. La foto se publicaría días después en el New York Times.

La foto inferior es obra de Alfred Eisenstaed, al que se le acusó de manipular la primera imagen, cosa que Eisenstaed siempre negaría, afirmando que él se encontraba allí, intentando captar las instantáneas de la celebración del final de aquella guerra, cuando le llamó la atención un joven marinero que iba besando eufóricamente a todos los que se encontraba a su paso. Su foto fue portada de la revista Life.

De aquellas declaraciones de Eisenstaed se deduce que aquella pareja protagonista del mítico beso, icono del apasionamiento y la euforia del regreso a casa, no se conocían de nada, como así lo confirmó casi tres décadas después su protagonista femenina, la enfermera Edith Shain: "El muchacho me agarró y yo cerré los ojos. Le dejé besarme, porque había estado en la guerra, luchando por todos nosotros, y me sentí feliz de hacerlo. Después me dejó sola y me marché". Edith Shain escribió una carta al fotógrafo a finales de los setenta, identificándose como la protagonista de tan mítica foto. En 1945 tenía veintiseite años, y trabajaba por aquel entonces en el Doctor’s Hospital de Nueva York.
Edith Shain murió en junio del año pasado, a los noventa y un años de edad.

A día de hoy, sigue siendo un misterio la identidad de aquel apasionado soldado protagonista del beso más famoso con el que selló el final de una guerra.

23 de octubre de 2011

Blogueguería 18: Fidelidad

Veía recoger el Principe de Asturias de las Letras: un hombre algo encorvado, con gesto humilde, pareciera cansado. El gesto humilde es curvo, como una sonrisa cómplice, como una sonrisa amable. Seguí atentamente los pasos de Cohen, su saludo y cómo depositó su sombrero en su asiento como guardando su sitio, como un cartel de OCUPADO, mientras se encaminaba al estrado, pausado, como la letra de cualquiera de sus canciones. Escuché con atención el discurso (la traducción) de Cohen, igualmente pausado, sin grandilocuencias, sin necesidad de citas ni apoyos más allá de su propia experiencia.

Admiro esas vidas que son fieles a un ideal, que no desisten, que apuestan, que trabajan por lo que creen. Esa búsqueda incesante de un anhelo que termina convirtiéndose en una manera de vivir, y perseverar fielmente hasta el final. Admiro profundamente la fidelidad a seis acordes de guitarra que se convierten en el motor de una vida, en el sentido de una existencia. Admiro la fidelidad al amigo, a la pareja, al hermano, al compañero de trabajo. La fidelidad es una virtud que ennoblece las relaciones humanas y a quienes la practican. Pero sobre todo admiro la fidelidad para con uno mismo, la autenticidad de aquel que no se traiciona, el pacto de respeto y lealtad hacia uno mismo, consigo, con-mí.

Corren malos tiempos para las fidelidades.


21 de octubre de 2011

Blogueguería 17: Spam

He tenido que activar la opción verificar palabra, debido a los innumerables spam que últimamente entraban como comentarios. Disculpen las molestias.
Spam es ese comentario indeseado o de dudosa procedencia que normalmente te invita a consumir viagra o a entrar en páginas de componente erótico-sexual. Suelen estar escritos en inglés.
Ejemplo de spam reenviado a mi correo personal hace unos minutos:

"Este hombre pensó que tenía el tatuaje más maravilloso del mundo hasta el día en el que el infortunio lo llevó a la cárcel y tuvo que compartir las duchas".

A  algún ocioso se le ocurre esta gracia y la hace rodar. No obstante, el tatuaje me sugiere título de novela: 'La espalda de Adán'.

13 de octubre de 2011

Blogueguería 15: Otoño-octubre

Ayer, 12 de octubre, Día de la Hispanidad, Día de las Fuerzas Armadas, Día de la Virgen del Pilar ¿patrona de España?, fiesta nacional en cualquier caso. En mi infancia, compartía protagonismo con el apóstol Santiago. Santiago Apóstol era un día grande, creo recordar en julio, como la virgen del Carmen, no puedo precisar el día, creo que el veintitantos (el santoral es un arrealismo).
Madrid estaba abarrotada ayer, no cabía un alma más, me ha dicho esta mañana mi compañero Chema, que pasó un estupendo día veranotoñal en la capital. Curiosos, multitudes, alrededor de La Almudena y del Palacio Real, atestado su patio de armas de coches tan flamantes como blindados, de donde bajaban militares igualmente flamantes y blindados: medallas, galones, guardaespaldas y señoras del bracete, encopetadas con enormes pamelas (el ejército es otro arrealismo). Consumo al por mayor de príncipes y princesas, algunas de pueblo, también de héroes sin guerras. El espectáculo de un mundo rancio y decadente al sol de un Madrid que se resiste a la caída de la hoja. Lacayos del siglo XXI con su nueva forma de vasallaje. Las niñas ya no quieren ser princesas, cantaba Sabina...
30ºC, temperatura de una tarde otoñal. A todo esto, Hierro replica pero no termina de pronunciarse.

Hace tanto que dejé de santificar fiestas, que, a falta de misa, nunca me quito el pijama hasta la hora de comer. Y ayer, festivo intersemanal, era un día sin planes, o más bien en plan sofá, sin más animación que el incesante repique de campanas de la catedral. Un café a media tarde en una terraza semivacía, como las calles y las plazas de una tarde de domingo. El vacío de un día festivo en mitad de la semana de un octubre a-otoñal... El vacío de una conversación de una pareja en la mesa de al lado y el vocerío y la fanfarria de un obeso con un puro entre los dedos, en la mesa de enfrente, que no para de contar, en una monopolizada conversación, la infinidad de lugares en los que había estado y la pasta que se ha dejado aquí y allá, mientras el resto asiente o sonríen aguantando el chaparrón en una tarde de calor.

Octubre fue siempre el final del melancólico septiembre y el principio de algo. Era hacer maletas para comenzar curso en la residencia de estudiantes de la calle Caballeros, carpeta nueva, libros nuevos, compañeros nuevos... Era de nuevo el frío, las hojas amarillentas arrinconadas en los bordillos de las aceras, la manga larga en el armario, el acortar de los días y el definitivo tijeretazo a la luz con el cambio de hora... El año finaliza el 31 de diciembre pero no empieza en enero.

                                                       El Retiro, octubre otoñal del año 2010

Sin duda, asistimos a un principio de año raro que no termina de arrancar.

10 de octubre de 2011

Blogueguería 14: ¿Hacemos las paces?

Esa era una frase muy común en la infancia, en mi infancia: ¿Hacemos las paces? Y hacer las paces significaba que el enfado se olvidaba, que esa soledad que conllevaba la enemistad pasajera y esa pequeña marea interior de desamparo por la pérdida de la amistad, de la complicidad y del dañado afecto, desaparecía ipso facto con solo asentir con la cabeza. Que todo tenía arreglo con ese humilde gesto afirmativo que admitía el deseo de paz; que había un borrón y cuenta nueva; que ya había de nuevo motivos para reír y jugar; que el mundo se había vuelto a recomponer. Y, ciertamente, recuerdo una agradable sensación de paz cuando hacíamos las paces, cuando a través de la persona que te importaba, y a la que demandabas esa alianza de paz, te reconciliabas de alguna manera con el mundo.

No estoy segura de si, con los años, se aprende a convivir en paz con el mundo, creo que más bien se trata de indiferencia, deliberada indolencia. Lo cierto es que, a pesar de que el mundo parece librar una batalla contra los seres que lo habitan, mis cuentas particulares están saldadas, y que con quien únicamente tengo necesidad de hacer las paces es conmigo misma. No traigo más luchas, me basta con ésa. Creo que llevo media vida (año arriba, año abajo) pidiéndome de vez en cuando hacer las paces.

El espíritu de superviviencia me ha llevado a encontrar muchos sucedáneos de paz: la escritura, escuchar música, la lectura, un paseo vespertino descalza por una playa, el deporte... Mantengo una alianza permanente con todos ellos; son el otro lado de la balanza. Pero hay dos cosas que me reconcilian especialmente con la vida: Mis hijas cuando duermen y la voz de mi hermana unida a la mía en una canción, esta última es una auténtica tabla de salvación... Es aquel gesto afirmativo que me devolvía la paz cuando era niña.

6 de octubre de 2011

Blogueguería 13: "Seguid hambrientos. Seguid alocados"

"Tenéis que encontrar lo que amáis. Y eso es tan válido para el trabajo como para el amor. El trabajo llenará gran parte de vuestras vidas y la única manera de sentirse realmente satisfecho es hacer aquello que creéis que es un gran trabajo. Y la única forma de hacer un gran trabajo es amar lo que se hace. Si todavía no lo habéis encontrado, seguid buscando. No os detengáis. Al igual que con los asuntos del corazón, sabréis cuando lo habéis encontrado. Y al igual que cualquier relación importante, mejora con el paso de los años. Así que seguid buscando. Y no os paréis".

1 de octubre de 2011

Blogueguería 12: Febril

Ha sido una noche febril: primero sudor, luego escalofríos, después una constante alternancia a medida que iban pasando las horas... El comienzo de un proceso vírico que elige el fin de semana para evitar dos malas mañanas de trabajo.

El sueño de la fiebre produce monstruos. Imágenes que parecen provenir de una historia que aún esté por contarse, en blanco y negro... Creo haber leído que los sueños no tienen color. Así son los míos, como aquellas viejas fotografías en grises, que más que una foto parecía una pintura a carboncillo. Desdibujados, una fuga.
He soñado que Europa se iba a tomar por culo. La decadente Europa. La vieja Europa con bastón sin mando. El bloque europeo que puso sus energías en un mercado y una moneda única. La zona euro... me recorre un escalofrío por el cuerpo (éste nada tiene que ver con el febril, más bien con el miedo) al comprobar que si se me traba un poco la lengua me sale la zona Cero. La hegemónica Europa, con el imperio español, el imperio inglés y el emperador Napoleón a quien, después de la fatigosa estrategia bélica, le gustaba hacer el amor con una ardiente Josefina que oliese a hembra.

En mi sueño, la Torre Eiffel era un amasijo de hierro doblegado. Roma volvía a arder ante la mirada impávida de un Berlusconi desatado en dementes carcajadas. Madrid había sido invadida por legiones de ratas, los transeúntes sorteaban con sus prisas y sus pies descalzos a lo roedores. Les saltaban a la cara y les comían los ojos. La gente gritaba histérica mientras las ratas parecían haber creado un entramado sobre el suelo con un imparable fluir. El Partenón de Atenas se había venido abajo, sus columnas inexplicablemente se habían pulverizado... Los informativos echaban humo, las redes sociales también... La tercera guerra mundial había llegado y nadie había disparado ni un solo misil, ni un solo movimiento bélico. Era el caos.

No lo voy a negar, la crisis, a falta de desgracias personales, me quita el sueño, no mucho, porque soy de buen dormir salvo cuando el calor aprieta o la fiebre despunta, pero sí lo suficiente para quedarme dormida con cierto desasosiego, porque, a la postre, la crisis nos afecta en mayor o menor medida a todos, y termina siendo de alguna manera una desgracia personal. Que se lo digan a los usuarios catalanes en lista de espera para extirpar el cáncer que les come las entrañas literalmente.

A pesar de ésta, seguimos haciendo el amor. A pesar del miedo y de la incertidumbre que nos invade, hacemos el amor para mitigar la soledad del guerrero en mitad de la batalla. Seguimos levantándonos cada mañana, como si nada, y yendo al trabajo, quien lo tenga, como si nada. Seguimos guardando cola en el supermercado o en el cine, como si nada. Seguimos tomando las cervezas de los viernes, como si nada. Se suceden los meses, las estaciones... el tiempo, que al final son años, y aquí estamos, como si nada. En definitiva, seguimos viviendo, como si nada.

Tal vez, entre sueños en blanco y negro y picos febriles de un termómetro digital, se nos revela que ha llegado el momento de un cambio radical, que no podemos seguir siendo como éramos porque el mundo ya no es el que era, que ha llegado el día en el que ya no podemos seguir como si nada.