Amanecía encharcado, lloviendo sobre el mojado de la que ya es una larga noche, aunque vendrá la noche más larga. Aguada noche sin luna. Cien kilómetros de oscura boca de lobo mientras amanece otro día de un otoño hasta hace nada retenido, secuestrado no sabemos donde, nada ni nadie ha pedido un rescate. Liberado y desaforado, como todo preso que recobra su libertad, revolviendo copas de árboles amarillentas. Un día desamparado, como la imagen de ese hombre desnudo que se pasea trastornado, silencioso, por una calle que fue y ya no es después de la tragedia. Día sin alma, en suspense... Mudo.
Cruzo de nuevo por el mismo lugar que ayer y que antes de ayer. La carretera dibuja una caprichosa S... Las carreteras sesean y las serpientes serpentean. Antes de ayer esa S se cobró una vida, nos topamos con los restos del accidente. Seguimos camino comentando las posibles causas: ¿La inesperada lluvia? ¿Más velocidad de la debida al entrar en la curva? ¿Un despiste? ¡Ah, malditos despistes que se cobran vidas!... Luego, en los escasos minutos que quedaban hasta llegar a casa, un pesado silencio.
Uno de nosotros conocía a la fallecida, lo supimos ayer. La noticia del aparatoso accidente venía en la prensa local. Mujer, cuarenta años, deja viudo y dos niños pequeños, pero "menos mal que fue accidente de trabajo in itinere", ¡felizmente! Me estomagan esas apreciaciones, es como si te tocase la loteria después de muerto... Ha dejado su vida entre los bajos de un camión, pero qué bueno que la suerte ha estado de su parte.
Ayer la lluvia no había conseguido borrar el rastro: restos de guantes azules en la cuneta (detesto la costumbre de ciertos profesionales sanitarios de abandonar sus guantes en cualquier parte. En todo caso, alguien debería de encargarse de recogerlos), unos escasos metros de frenada y una mancha inespecífica en la carretera, circunscrita alrededor de donde su coche quedó encajonado. El punto fatídico que quienes cruzamos por ahí a diario inconscientemente buscaremos, al menos durante un tiempo, hasta que se nos pase el miedo, ese que ninguno va a manifestar pero que late como un murmullo disminuido.
No ha parado de llover, con una suave insistencia en un día especialmente triste, en una mañana con el color de un prematuro atardecer, en esta noche que ya cae de golpe. Tal vez mañana ya no queden huellas, salvo esas líneas negras paralelas que no consiguieron asir las ruedas al asfalto, y que se cortan bruscamente, como una vida que ya no es, como una madre que ya no está, como una mujer que ya no dormirá por las noches en su cama ni volverá a hacer el amor con su marido. Y nosotros seguiremos seseando, tentando a la suerte, a la gran suerte de seguir vivos.



