Tarde de sábado. Lo que está por llegar siempre llega, y desde hace tiempo presiento que ha comenzado el principio de la separación, aunque la más traumática ya se produjo en el preciso instante en el que irrumpimos en este mundo, en la sección del cordón umbilical. Ahí empieza todo, ese es el principio de nuestra soledad. Los hijos ya quedan, tienen sus propios planes para su tarde de sábado. La de hoy es tarde lluviosa de primavera: un cielo gris desafiante; un repentino aguacero que anega calles y plazas en escasos minutos; después, la pasmosa calma; y por último, los destellos del sol sobre los charcos y el veloz paso de las nubes sobre un cielo que se torna de nuevo azul, como si nada hubiese sucedido.
Tras acompañar a mi hija a su punto de encuentro, he encaminado los pasos hacia la plaza Mayor con el deseo, casi ansia, de tomar un café calentito que aliviase el frío y mi garganta aquejada de algún virus catarral, y que su cafeína despejase el bloque de hormigón en el que parecía haberse convertido mi cabeza. Es curioso ese síntoma, el de la cabeza cargada, embotada, pesada, como una bala de cañón sobre los hombros... Atlas cargando el globo terráqueo, algo así.
La calle Toledo aparecía desierta, y los escasos transeúntes caminaban deprisa, como encogidos dentro de sus abrigos de invierno, con ganas de llegar a su destino. El cielo amenazaba, ya digo... Me he detenido en un par de escaparates. Las Siete Rosas ya tiene la nueva colección de biquinis Calvin Klein. He sentido lejos el verano, tal vez porque este frío me tiene aún encogidos los pies, y me ha dado dentera pensar en tardes de piscinas y cuerpos semidesnudos al sol.
Pastelería La Deliciosa, plaza Mayor.
He entrado en la cafetería, pastelería La Deliciosa, sita en la plaza Mayor, cuando empezaba a lloviznar. He pedido un café con leche, sin especificar descafeinado, que hoy es sábado y no importa que se altere el sueño, y de eso se trataba, de despejar la mente. Hoy he comido poco, así que ha llamado mi atención una de esas, que yo he señalado con el dedo diciendo que quería una de esas, y la amable camarera me ha dicho que se llama torta manchega: una finísima capa de hojaldre con salpicado de frutos secos (nueces, almendras y uvas pasas). Sola, con mi café con leche y mi torta manchega, en el pequeño habitáculo del interior de la pastelería, ligeramente acalorada por mi excesivo abrigo, y rodeada de cuatro o cinco mesas más, he observado que casi todos los clientes éramos clientas: grupos de tres, parejas de dos, alguna otra también sola, como yo, frente a su café y una enorme palmera.
A través de los cristales de los grandes ventanales, la plaza se había oscurecido y era una espesa cortina de agua. El escenario me ha parecido melancólico, de una cautivadora intimidad... Me ha sugerido un título para un relato: Un café solas. He observado, también, que las mujeres hablamos mucho con otras mujeres, nos gusta hablar, pero sobre todo, a las mujeres nos gusta que nos escuchen. Hablamos de nuestro trabajo, de nuestra pareja, de nuestras madres, de nuestros hijos, de nuestras decepciones, de nuestros anhelos, del chico que nos gusta y nos trae locas porque ahora parece que me hace caso y ahora parece ignorar que existo (un par de chiquillas, tal vez rayando los veinte, que estaban a mi derecha. Ellas tomaban Coca-Cola). Y he llegado a la conclusión de que una tarde de café puede resultar terapéutica: alivia la garganta, despeja la cabeza y, sobre todo, mitiga la soledad.
A la salida, lucía el sol sobre los espejos de las baldosas. Siempre sale el sol.
