28 de abril de 2012

Blogueguería 68: Un café solas

Tarde de sábado. Lo que está por llegar siempre llega, y desde hace tiempo presiento que ha comenzado el principio de la separación, aunque la más traumática ya se produjo en el preciso instante en el que irrumpimos en este mundo, en la sección del cordón umbilical. Ahí empieza todo, ese es el principio de nuestra soledad. Los hijos ya quedan, tienen sus propios planes para su tarde de sábado. La de hoy es tarde lluviosa de primavera: un cielo gris desafiante; un repentino aguacero que anega calles y plazas en escasos minutos; después, la pasmosa calma; y por último, los destellos del sol sobre los charcos y el veloz paso de las nubes sobre un cielo que se torna de nuevo azul, como si nada hubiese sucedido.

Tras acompañar a mi hija a su punto de encuentro, he encaminado los pasos hacia la plaza Mayor con el deseo, casi ansia, de tomar un café calentito que aliviase el frío y mi garganta aquejada de algún virus catarral, y que su cafeína despejase el bloque de hormigón en el que parecía haberse convertido mi cabeza. Es curioso ese síntoma, el de la cabeza cargada, embotada, pesada, como una bala de cañón sobre los hombros... Atlas cargando el globo terráqueo, algo así.

La calle Toledo aparecía desierta, y los escasos transeúntes caminaban deprisa, como encogidos dentro de sus abrigos de invierno, con ganas de llegar a su destino. El cielo amenazaba, ya digo... Me he detenido en un par de escaparates. Las Siete Rosas ya tiene la nueva colección de biquinis Calvin Klein. He sentido lejos el verano, tal vez porque este frío me tiene aún encogidos los pies, y me ha dado dentera pensar en tardes de piscinas y cuerpos semidesnudos al sol.

                                            Pastelería La Deliciosa, plaza Mayor.

He entrado en la cafetería, pastelería La Deliciosa, sita en la plaza Mayor, cuando empezaba a lloviznar. He pedido un café con leche, sin especificar descafeinado, que hoy es sábado y no importa que se altere el sueño, y de eso se trataba, de despejar la mente. Hoy he comido poco, así que ha llamado mi atención una de esas, que yo he señalado con el dedo diciendo que quería una de esas, y la amable camarera me ha dicho que se llama torta manchega: una finísima capa de hojaldre con salpicado de frutos secos (nueces, almendras y uvas pasas). Sola, con mi café con leche y mi torta manchega, en el pequeño habitáculo del interior de la pastelería, ligeramente acalorada por mi excesivo abrigo, y rodeada de cuatro o cinco mesas más, he observado que casi todos los clientes éramos clientas: grupos de tres, parejas de dos, alguna otra también sola, como yo, frente a su café y una enorme palmera.

A través de los cristales de los grandes ventanales, la plaza se había oscurecido y era una espesa cortina de agua. El escenario me ha parecido melancólico, de una cautivadora intimidad... Me ha sugerido un título para un relato: Un café solas. He observado, también, que las mujeres hablamos mucho con otras mujeres, nos gusta hablar, pero sobre todo, a las mujeres nos gusta que nos escuchen. Hablamos de nuestro trabajo, de nuestra pareja, de nuestras madres, de nuestros hijos, de nuestras decepciones, de nuestros anhelos, del chico que nos gusta y nos trae locas porque ahora parece que me hace caso y ahora parece ignorar que existo (un par de chiquillas, tal vez rayando los veinte, que estaban a mi derecha. Ellas tomaban Coca-Cola). Y he llegado a la conclusión de que una tarde de café puede resultar terapéutica: alivia la garganta, despeja la cabeza y, sobre todo, mitiga la soledad.

A la salida, lucía el sol sobre los espejos de las baldosas. Siempre sale el sol.


26 de abril de 2012

Blogueguería 67: Claudicación I



Se rinde el cuerpo
y así siente los días
y su peso,
como filos de hielo
penetrando asesino
sobre la piel desnuda.

Y así es el dolor al descarnarse:
interminable, profundo...
como el quejido de una madre.

Se han rendido mis ojos,
pesados como húmedos toldos,
a punto de venirse abajo,
caídos,
resignados a mirarse los pies.

Se han rendido mis manos,
que ya no anhelan tu cuerpo
que recorrer
con caricias muertas...

Se han rendido mis pies,
hasta aquí han llegado
supurando sus grietas...
Ahora toca caminar descalza
por tu playa desierta,
hasta que nunca vuelvas.

24 de abril de 2012

Blogueguería 66: Un 5 en Historia

Un día, a la memoria se le antoja rescatar a un personaje que puntualmente formó parte de tu historia. No tienes ni idea de por qué sucede eso, pero aquella profesora tuya, a la que no solo le tenías manía, sino que despertó tu odio en un momento dado, una tarde, mientras pones una lavadora de sábanas azul celeste con un par de pijamas y camisetas varias de similar color, aparece con total nitidez en tu pensamiento: su sarcástica sonrisa con la que parecía decirnos que no llegaríamos ni a aprendices de peluquería o porteros de discoteca, su mirada de desprecio, su pelo cardado e inamovible, y aquellas manos inmaculadas, de dedos afilados con una sortija en el anular derecho, posiblemente capricho suyo, siempre dudé que nadie le regalase nada, menos aún una sortija de compromiso.

Y de repente sucede, llevabas meses, años, sin verla, cosa inexplicable en esta urbe que dibuja un mapa de pueblo, y cuyas calles seguro que recorremos a diario pero con distintos horarios, lo que nos hace inexistentes para algunos, o desaparecidos repentinamente para otros. Pero basta que tu cabeza la pensó para que, de alguna manera, se manifieste. Sucede a veces, eso de que pensar se convierta en invocar, porque aparece un e-mail inesperado, o te topas a la salida de Mercadona. Algo así ha sucedido. Caminaba acompañada del que creo que será su sobrino (le invento la vida, que por algo invento vidas en algunos ratos), puede ser también  su hermano pequeño, aunque los hermanos pequeños también envejecen. Ella continúa soltera, lo será de por vida, nadie conseguirá jamás traspasar el muro de su mirada, ni ir más allá de su boca, sellada por unos labios finos, inapetentes y poco apetecibles, dibujados  en sentido descendente en una cara redonda inexpresiva, de la que dudo que haya tenido nunca una sonrisa amable para alguien, menos aún para un hombre. Ambos sostenían del bracete a una anciana muy anciana, muy pequeña, más bien muy encogida, como la vida cuando llega a su fin. Me aventuro a decir que es su madre. Ella no me ha parecido mucho más anciana de lo que siempre me pareció. Hay seres humanos que parecen viejos siempre. Caminaban lentos y sin hablar, mirando al frente, salvo cuando había que sortear un bordillo. Los tres eran una escena triste.

El curso 87/88 fue difícil, lo fue el año 87 entero, lo fue también el año 88. Retomé COU tras tres años de parón. Cuando la trayectoria que parece seguir una vida por inercia se rompe inesperadamente, acontece eso que se llama trauma. En medio de un trauma, la remontada fue titánica. El sobresfuerzo en francés me obligó a dejar la Historia para septiembre, que era la asignatura que impartía aquella mujer que no  era santa de mi devoción, y también arrestré el Latín. Aquel verano, el del 88, lo pasé traduciendo a Virgilio. A finales de agosto moriría mi hermano.

En la primera semana de septiembre, me presenté a la recuperación de Historia, a la que le había dedicado un par de intentos unos días antes, en medio de un duelo insoportable. Aquella mujer fue poniéndonos los exámenes, uno a uno, encima de cada mesa. Después se dirigió a la suya y se sentó a observar. No llevaba ni un par de minutos escribiendo (inventando más bien) cuando presentí que se aproximaba hacia mí y se detenía frente a mi mesa. Me preguntó si había estado enferma, con idéntico gesto impertérrito con el que explicada su temario. Me pilló por sorpresa, y nerviosa le dije que no, añadió algo sobre mi delgadez, entonces no pude evitar que se me llenasen de agua los ojos, y creo que balbuceé algo como uno de mis hermanos murió hace unos días. Entonces se dio media vuelta y volvió a sentarse en su sillón.   

La nota de mi examen fue un 5. Nunca se lo agradecí, creo que ella jamás hubiese permitido que lo hiciera.

19 de abril de 2012

Bloguemicrorrelato: Lo que dijo un día un hijo

"Eres la decepción más grande de mi vida", le dijo mirando al padre, y volvió a añadir: "Nunca nadie me había causado tanto dolor". Y el padre no se defendió.

16 de abril de 2012

Blogueguería 65: Soy una elefante

Paquidermo adj./s. m. Del griego, piel gruesa.
1 Se aplica al mamífero herbívoro de gran tamaño y peso, que tiene la piel muy gruesa y dura, como el elefante, el hipopótamo, el cerdo o el jabalí.
2 paquidermos: Grupo sin categoría taxonómica constituido por estos animales.

Pero en realidad, el término paquidermo se usa poco en zoología, considerándose un término vulgar. A nuestros amigos, los elefantes, se les denomina proboscídeos.

¿Y qué sabemos de los proboscídeos? Nada, salvo que tienen una enome trompa y unas enormes orejotas.
Por ejemplo, ¿sabía usted que se organiza casi, y sin casi, mejor que nosotros? Les gusta ir en grupo, forman una compacta unidad social constituida por la familia: hembra adulta y crías de distintas edades.
Atención al papel del macho: éste permanece dentro de la manada mientras es inmaduro (en la raza hmana, casi de por vida), cuando alcanza la adultez ¿?, continúa su camino en solitario, aunque siguiendo de lejos al grupo.  El grupo lo forman entre quince y treinta miembros (como estamos acostumbrados a ver en Memorias de África, Mogambo y en los documentales de la 2), casi siempre emparentados entre sí y guiados por una gran hembra adulta. A veces se unen varios grupos y pueden llegar a formar rebaños de mil individuos que atraviesan grandes espacios en busca de comida, esas fascinantes imágenes a vista de pájaro en donde se les ve cruzando enormes extensiones.
Atención al asombroso y sobrecogedor detalle de la organización del elefante indio, en donde la veneración a la ancianidad también se da en estos animales: la manada se acompaña, además de hembras y miembros pequeños, por machos viejos.

¿Y sabía usted cual es su ritual de reproducción? Pues casi idéntico al nuestro. La hembra entra en celo en cualquier época del año, pero su receptividad solo dura entre 24 y 48 horas. En ese momento se separa de la manada en busca de los solitarios machos que acuden a su llamada. Se establece una pugna entre ellos, y el vencedor será el encargado de fecundar a la hembra. Su gestación es la más larga del reino animal, ¡669 días con sus 669 noches! Tienen una única cría, a la que amamantará entre 2 y 5 años.

Resumo la parte más pesada, pero es bueno saber de dónde viene y en qué ha quedado nuestro enorme amigo: su evolución y actuales especies. Su antepasado más ancestral era el llamado Moeritherium, con el tamaño de un cerdo y la tropa de un tapir, hace la tira de 60 millones de años. Los actuales elefantes descienden de dos familias del pleistoceno: el mastodonte (ya extinguido, salvo en sentido figurado: Bardem parece un mastodonte), y el mamut. Actualmente solo hay dos géneros de elefantes, que se definen a grandes rasgos por unas características propias del lugar en donde habitan: el elefante africano y el elefante asiático. Pero a su vez, el elefante africano se subdivide en dos especies: el de la selva (esto ya es de una fineza y una precisión científica abrumadora, no os quejaréis, y espero que por solidaridad con el elefante lo estéis leyendo con interés), denominado Loxodonta africana cyclotis; y el de la sabana, también denominado Loxodonta africana africana (vamos, de África de todas todas). El elefante asiático se subdivide igualmente en cuatro subespecies: el elefante de Sri Lanka o Elephas maximus maximus; el de Sumatra o Elephas maximus sumatrana; el de India, o Elephas maximus bengalensis; y por último, el de Malasia o Elephas maximus hirsutus (este intuyo que debe de ser algo más peludo que el resto de sus congéneres). Hasta aquí la parte ingrata, pero no exenta de interés.

     
Y para terminar, ¿cómo nos hemos llevado, desde que aparecimos sobre la tierra, con estos pobladores de nuestro planeta? Pues mal, muy mal. Primero los perseguimos para comer su carne, luego los perseguimos para usarlos como ejércitos en nuestras absurdas guerras (Anibal y su gran leyenda de ejércitos de elefantes cruzando los Alpes. Se cree que eran africanos, de una subespecie ya extinta, pero el que montaba Anibal era un imponente elefante sirio (surus), de unos tres metros de altura, también extinto por la persecución que sufrió por sus enormes y retorcidos colmillos de marfil). También los usamos como animales de carga y de circo... Los seguimos cazando con trampas, porque es muy difícil que se reproduzcan en cautividad, y su cuidador y adiestrador se denomina cornaca. Nos ha inspirado novelas, como 'El viaje del elefante', cuyo protagonista fue aquél magnánimo elefante que cruzó Europa como regalo del rey de Portugal, Juan III, al archiduque Maximiliano de Austria. También ha inspirado películas, hasta filosofías... A cambio, los hemos reducido a reservas para convertir su hábitat en pasto para el ganado, y los abatimos a tiros porque su tamaño en tan reducido espacio que le hemos dejado amenaza el ecosistema de otras especies.
Creo que deberíamos empezar a pensar que todos formamos parte de la misma historia y que, a veces, ellos son un claro ejemplo de organización y de respeto por las leyes de la naturaleza. Hoy me siento un poco más cerca de los elefantes, no sé si tú...





11 de abril de 2012

Blogueguería 64: La Historia que viví

Pensaba hoy, esa incómoda costumbre que tenemos muchos de pensar, de darle vueltas al coco; una vuelta al coco, una cana... hasta acabar todos cenicientos, o calvos, y no es leyenda, sino fundamento: el estrés produce una alarmante caída del cabello, así hasta quedarse calvo, y el estrés no es otra cosa que comeduras de coco, hasta que chirría la materia gris, y que se somatizan de una u otra manera. Decía, pensaba en esta puta crisis, en este momento histórico que dentro de medio siglo (o antes. Esperemos que para entonces sea solo eso, historia) se estudiará como estudiamos la crisis del 29, o los felices años 20, con idéntica burbuja especulativa. Pensaba en esos momentos históricos, o de cierta relevancia, que he vivido, de los que he sido más, a veces más bien menos, consciente.

No fui muy consciente de la crisis de los setenta, aunque mi generación fue claramente una damnificada. Fuimos también los niños de la transición y, como a todo niño, nadie nos explicó nada.

Moriría Franco, y mi madre lloraba a moco tendido por si se "volvia a liar". Ese era el gran temor, tal vez de los ignorantes, tal vez de los que aún guardaban memoria de lo vivido. El temor de los niños de la posguerra ha sido siempre otra guerra.

Recuerdo a Santiago Carrillo, ese señor bajito, de ojos diminutos y voz de dibujo animado, que regresó del exilio, y al que en casa se miraba con cierto recelo cada vez que salía en televisión. También recuerdo a Dolores Ibárruri, cuyo apodo me fascinaba, La Pasionaria... era como el título de una gran novela, de una gran película. Detrás de aquella anciana mujer de pelo blanco y ondulado existía una dilatada vida que ignoraba.

Mi madre adoraba a Adolfo Suárez, y mis tías, y mis abuelas, y las vecinas de mi madre... Todas las amas de casa adoraban a ese hombre de gesto serio, voz profunda y sentenciosa, a su impecable camisa azul y a su puedo prometer y prometo. Las más jóvenes, y otras mujeres maduras con la etiqueta de modernas, adoraban a Felipe González y a su inquieto e inseparable compañero, Alfonso Guerra. Me atrevería a decir que fue una época en la que los políticos levantaban pasiones.

Murió Pablo VI, en verano del 78. Alguna circunstancia excepcional sucedía en casa, porque aquella noche dormí en la de de mis abuelos, y eso solo sucedía excepcionalmente.
Moriría Lennon, asesinado un día de invierno del 80, ex Beatle al que Informe Semanal dedicaba uno de sus espacios. ¿Tan relevante sería ese Lennon? ¿Tan importantes habían sido los Beatles? Desde la perspectiva de hoy, diré que la ignorancia tiene algo de ingrato, de irrecuperable, pero también es despreocupación, una despreocupación que nos evita pesares, angustias. No ser consciente del mundo que te rodea y lo que se fraguó en él en el pasado, o lo que se está fraguando en el presente, es una garantía para dormir a pierna suelta. La indolencia de la ignorancia. Por entonces no éramos conscientes de aquel mundo que nos rodeaba, y mucha historia se pierde en una nebulosa, en el limbo de los hechos ignorados.

En 1981 viví el golpe de Estado del 23F, y mi madre volvió a llorar a moco tendido. El golpe de Estado fue tal vez mi despertar, un golpe a la consciencia, una colleja que me abrió los ojos repentinamente, la sensación de pertenencia al mundo, a una sociedad, la constatación de que un hecho ajeno a mí podría cambiar mi vida y la de toda mi familia, mi historia y el curso de la historia de un país entero.
A partir de aquí sería muy largo de contar, ya todo es la Historia que se nos ha contado y que todos conocemos, e infinidad de historias que solo conozco yo.

9 de abril de 2012

Blogueguería 63: Una canción de Silvio

Escuchaba a Silvio Rodríguez cuando regresaba del trabajo. Elegir la música que me acompaña en la carretera es para mí un hábito, una costumbre ineludible: levantarme a las 6.30, ducharme, vestirme con la ropa que previamente dejé preparada la noche anterior, estar sentada en el coche a las siete en punto de la mañana y rebuscar entre los cds esas notas que me relajen. Detesto esos programas mañaneros en los que se vocea, llaman por teléfono gastando bromas, hay risas, estridencias... La primera toma de contacto con el mundo tras X horas de sueño es el silencio, o cuando menos, cierta armonía en los sonidos, en los movimientos, antes de que empiece la vorágine: unos minutos del informativo de la mañana con un café, la reunión del equipo médico y de enfermería en la salita de estar, los pacientes, otras cuestiones laborales, leer aquí y allá, procesar rápido para después rumiar, a la vuelta, entre líneas contínuas y discontínuas que serpentean entre el monte y se pierden en la lejanía del horizonte mientras suena más música.

Esta tarde tenía ganas de la voz de Silvio. Contemplaba el campo y la deslucida primavera, con sus brotes tardíos y sus macilentos verdes. Hoy tenía la necesidad de abandonarme deliberadamente a la tristeza, y el decadente paisaje de una primavera a medias me lo ponía en bandeja. Nada que tenga que ver con la infelicidad, sino con la necesidad del desahogo, de soltar lastre, de aflojar esa presión que se acumula inevitablemente, a pesar de los mecanismos que ponemos en marcha para guardar el equilibrio en esta cuerda floja... Eduardo Laporte, en su blog literario, hacía alusión hace unos días al ajedrez, Ajedrez, precisión, vida se titulaba su entrada... El arte del ajedrez, el arte de jugar en la vida, de no hacer movimientos en falso ni inútiles.

El deporte de la vida: la espera, la paciencia, su estudio, el preciso sentido espacial y la intuición, la predicción de los movimientos del contrario. Pero a veces las jugadas inevitablemente se precipitan, por las prisas, por el ansia de acabar, o nos falla la intuición, o el contrario nos sosprende con un movimiento maestro o inesperado, o todo al mismo tiempo, y como en una partida de ajedrez en las que vemos caer uno a uno nuestros peones, torres, caballos... empezamos a retroceder, a sentirnos acorralados, angustiados, acosados, temorosos de perderlo todo; todo cuanto da sentido a nuestra vida.

Y es entonces cuando aparecen estos estados, que podemos definir como tristeza, impotencia, tal vez derrota... sí, esta última palabra lo define plenamente: sentimiento de derrota, que en mi caso siempre ha sanado dejándome abatir momentáneamente, para qué oponer resistencia... es como un cuadro vírico que seguirá su curso irremediablemente, así que mejor desahogarla (ahogarla) cuanto antes, a veces con unas notas de guitarra hasta que achique por el lagrimal. Es una purga del ánimo, una descarga neuronal.

Esta tarde ha sido Silvio el artífice de unas notas que han estrangulado ciertas tristezas pasajera, pero ya digo, nada que ver con la infelicidad.