20 de enero de 2017

El profundo invierno

El horizonte es una sucesión de montes que forman una línea ondulante. A veces, se superponen, y al alba, o al caer de la tarde, el perfil de los distintos planos en contraste con el cielo simula un mudo oleaje. Sus cimas, blancas. Sus laderas salpicadas con azúcar glass. Aparecen y desaparecen al paso lento de las nubes bajas, alargadas y espesas, como grandes navíos de bruma encallados entre las rocas. La carretera es una lengua larga y gris que se pierde a lo lejos, entre el paisaje. Sobre la luna del coche se precipitan diminutas gotas, dispersas y alocadas, que parecen salir de la nada, chispas blancas que no supieron ser copos y que, de inmediato, se funden en agua.



Es invierno, el más profundo invierno, el del aire que corta en la cara, escuece en las manos y duele en la respiración. El invierno de frío azul y luz de acero, el que viste a la ciudad con guantes, gorros y bufandas, y un tres cuartos de paño gris. Sobre el agua de las fuentes del parque flotan islotes de hielo, como pequeños continentes desasidos a los que mueve un leve temblor. Un niño mete sus manos, rojas, colapsadas, y los rescata, para después hacerlos añicos contra el suelo. Es un Me acuerdo de infancia: aquel en el que, en las mañanas de profundo invierno, me gustaba salir al patio para ver si se había formado hielo sobre los cubos con agua. Y jugaba con él entre las manos, hasta doler.
Hoy lamento que no haya nieve en la ciudad, porque hace mucho tiempo, semanas, tal vez un par de meses, que no oigo jugar a los niños del barrio en el parquecillo de abajo. La nieve les haría salir de sus cuevas en donde sólo hay actividades extraescolares y tarea de Inglés y de Matemáticas. Es curioso cómo la ausencia de carreras tras un balón, voces, risas, peleas infantiles y acuerdos de paz, hacen de este escenario un espacio sin sentido.

Siempre llega el invierno para quedarse y ser invierno, inclemente, incontestable hasta el final. Y siempre nos sorprende su crudeza, será porque somos de ánimo cálido, de sentires tibios, de sol y calle y noches de fiesta al aire libre... Será por eso que el profundo invierno nos repliega y nos asusta. Será también que es tiempo de afanes, de consecución de objetivos, de metas, de trabajo duro, a veces sin saber muy bien por qué ni por quién, ni tan siquiera si nos da felicidad, sin ser conscientes de que tales afanes suponen el abandono de lo importante, el descuido de nosotros mismos incluso, como esas ciegas hormigas de Ramiro Pinilla. Será también que el invierno, en días de profundo invierno como estos, nos coloca en su balcón, que diría Landero, y nos convierte en espectador y protagonista del tiempo y del detalle, de esa vida que se va sin detenerse. Y desde ese balcón, o tras la ventana de un salón, o mientras escribo estos renglones, constatamos que minuto a minuto, el presente se hace pasado y el futuro se hace presente.

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