Entra en mí
como el mar enfurecido
que rompe en la bahía muda.
Golpea mis entrañas
como una ola muere
violenta sobre las rocas.
Y, cuando quieras,
vete.
Llévate contigo
la esperanza rota.
Y guárdala
en dos deditos de agua,
donde los barcos no naufragan.
Sabremos así
lo triste de una derrota,
y lo hermoso
de la soledad.
Yo, a cambio,
te ofrezco un chantaje;
seré tu eterno refugio,
de por vida...
de la tuya.
De la mía.
Para cuando quieras volver
y el mar
empiece a ser
de nuevo
interminable.
31 de mayo de 2012
27 de mayo de 2012
Blogueguería 77: Bosquejo de una mirada
Mírame,
a los labios,
como si quisieras morderlos.
Al escote
o más allá.
Si quieres,
mírame los pies.
Mírame de soslayo,
con disimulo,
como si no quisieras verme,
pero no me pierdas de vista,
como un animal receloso,
herido...
preparado para atacar.
Mírame,
con el ceño fruncido,
airado.
Mírame sin compasión.
Mírame con desconfianza,
esquivo,
huidizo,
pero no des un paso atrás.
Mírame por mi espalda,
como una traición.
O mírame con piedad,
perdóname la vida.
Mírame,
con los ojos cerrados
como cuando besas,
o te besan,
con la misma cercanía,
con la misma
intimidad...
Mírame,
siempre,
sea como fuere
no me dejes de mirar.
Yo no dejo de mirarte,
o estoy perdida.
a los labios,
como si quisieras morderlos.
Al escote
o más allá.
Si quieres,
mírame los pies.
Mírame de soslayo,
con disimulo,
como si no quisieras verme,
pero no me pierdas de vista,
como un animal receloso,
herido...
preparado para atacar.
Mírame,
con el ceño fruncido,
airado.
Mírame sin compasión.
Mírame con desconfianza,
esquivo,
huidizo,
pero no des un paso atrás.
Mírame por mi espalda,
como una traición.
O mírame con piedad,
perdóname la vida.
Mírame,
con los ojos cerrados
como cuando besas,
o te besan,
con la misma cercanía,
con la misma
intimidad...
Mírame,
siempre,
sea como fuere
no me dejes de mirar.
Yo no dejo de mirarte,
o estoy perdida.
26 de mayo de 2012
Blogueguería 76: Adrienne Monnier, historia de dos pasiones
'Rue de L'Odeón' es uno de los últimos libros que ha caído en mis manos. Sin haberlo leído, ya considero que es un libro inexcusable para los amantes de la literatura y del mundo del libro, del tradicional, que entraña buena literatura. No dudo de que éste esconde una historia fascinante, la de la librería La Maison des Amis de Livres, las muchas personalidades de la literatura que pasaron por ella, y la de su librera, Adrienne Monnier. Un sueño: una librería. Una pasión: los libros.
Adrienne Monnier fue una de esos hombres y mujeres que transgreden, que van por delante, que se anticipan, que abren camino a quienes vienen detrás, o que simplemente luchan por su idea y consiguen vivir como quieren vivir, incluso contracorriente. Eso los convierte en excepcionales, tanto a ellos como a quello que consiguieron, y que, posiblemente, marcará una época y la hará significativa en el futuro.
A Monnier le sucedió algo así: cuando tenía 23 años, abrió las puertas de la que sería la librería más relevante y emblemática de París, y en ella apostó por escritores nuevos y talentosos; su gestión innovadora, en la que no solo existía la venta sino el préstamo, ante la idea que defendía: mejor conocer la obra antes de comprarla, y de que "toda persona con cierta cultura experimenta la necesidad de tener una biblioteca particular compuesta por libros que le gustan, que tiene por amigos buenos y fieles"; su aportación a la cultura y a la sociedad intelectual de la primera mitad del siglo XX... Al margen de lo externo, de lo que visiblemente acontecía y se conocía, Monnier dejó por escrito muchas de las sensaciones sobre su recién estrenado negocio: sobre lo que sintió cuando apareció su primera clienta, una anciana que copró un libro de saldo y que no se le ocurrió regatear el precio; sobre cómo envolvía un libro o seleccionaba aquellos destinados para préstamos... Todo ese ritual que le dedicamos, con el que nos recreamos en lo que nos apasiona realmente. Mucho de aquello queda recogido en 'Rue de L'Ordeon'.
“Jamás había oído aquel nombre, ni el barrio de Odéon
me era familiar, pero algo irresistible dentro de mí me atrajo hacia el lugar
donde iban a sucederme cosas tan importantes. Crucé el Sena y pronto me hallé en
la calle de l’Odéon. Al final de la misma había un teatro que podía recordar a
las Casas Coloniales de Princeton y, hacia media calle, en el lado izquierdo se
veía una pequeña librería de color gris con las palabras “A. Monnier” encima de
la puerta. Contemplé los atractivos libros del escaparate y, escudriñando hacia
el interior de la tienda, vi todas las paredes cubiertas de estantes llenos de
volúmenes recubiertos de ese brillante papel de celofán con que están forrados
los libros franceses mientras esperan, generalmente durante largo tiempo, que
los lleven al encuadernador. Aquí y allá había también interesantes retratos de
escritores.” Sylvia Beach.
Pero además, Adrienne Monnier tuvo la gran suerte de encontrar a alguien que compartiera esa pasión, y esa fue Sylvia Beach, fiel amiga y amante. Silvia Beach llegaría a París, procedente de EEUU, dos años después de la apertura de La Maison des Amis de Livres. Pronto daría con la peculiar librería. De Adrienne escribiría en su primera impresión: "Adrienne Monnier era una mujer robusta, rubia y blanca como una mujer escandinava, de mejillas sonrosadas y pelo lacio peinado hacia atrás desde la frente. Sus ojos eran muy llamativos, de un azul gris indefinido, ligeramente saltones recordándome a los de William Blake, y su aspecto era el de una persona llena de vida". Surgió entre ellas una fructífera historia de amor, humana y literaria. Testigo y escenario de todo aquello sería la rue de l’Odeon de la famosa orilla izquierda del París de los años 20 y 30, en donde ubicaron sus librerías, Shakespeare & Co., la de Sylvia Beach, y la casa que compartieron durante casi 19 años.
De esta fascinante historia destaco esa unión de pasiones que se llaman la una a la otra, el amor humano que comparte, se alimenta y se crece, en el amor a la literatura, y el amor a la literatura como nexo y parte de ese amor humano. Algo tan grande como es una pasión compartida.
24 de mayo de 2012
Blogueguería 75: El sonido de lo cotidiano
Hace tiempo bajé a hablar con mi vecina. No mantengo más relación con mis vecinos que el hola por los pasillos y nuestra breve y silenciosa presencia en el ascensor. Somos todos muy serios y siempre vamos a lo nuestro. No hay niños que inciten a carantoñas o temas de conversación, salvo las niñas mías, y desde siempre han bajado como rayos por las escaleras y no se han dejado acariciar la cabeza. La más dicharachera es la vecina de la entreplanta, una anciana viuda que vive y habla con sus plantas, una selva amazónica que ha creado en su reducido espacio del patio interior de la zona oeste, al que da cierto placer asomarse. El de la zona este está atestado de muebles viejos, y además, los vecinos han colocado un toldo. Asomarse a él es la vista aérea del interior de una chabola.
Fue con ella con la que hablé, con la vecina del patio de la zona este, otra anciana que vive con su anciano marido. Llegaron aquí hace un año, prodecentes de Bilbao. Me requirió una vez, de recién llagados, aprovechando que la mitad de mi cuerpo asomaba por la ventana mientras tendía la ropa. Dio los buenos días y se presentó, yo hice lo propio. Después, sin más dilación ni ningún otro interés, me pidió que no hiciésemos tanto ruido por la noche, "es que padezco del corazón", dijo. Le pregunté que a qué ruidos se refería, me respondió que se oían mucho las puertas y que había un extraño ruido como si despegase un avión... Respiré aliviada, y usé la estrategia de buen talante que todo principio de relación humana debe tener. Me disculpé por el exceso de ruidos y le dije que trataríamos de abrir y cerrar las puertas con más cuidado, aunque en mi fuero interior la estaba mandando a lo alto de un monte o a una unifamiliar a las afueras de la ciudad, en donde nadie pudiese molestarla, salvo los sonidos de la naturaleza.
El centrifugado de la lavadora, como si despegase un avión, a las 22.30 h., me ha recordado aquella mañana en la que definitivamente bajé a hablar con esa vecina que no cesaba de quejarse de que los sonidos de lo cotidiano le alteraban su corazón. Le dije que era cuestión de acostumbrarse, que cuando lo haces te pasan desapercibidos, que incluso se hace extraño que no sucedan a la hora del día que suelen sonar habitualmente, que el sonido de lo cotidiano es ese rumor bullicioso de la vida (bueno, creo que tanta carga lírica no le di, pero la impresioné, de eso estoy segura): niñas que corren por pasillos; lavadoras que centrifugan a las diez de la noche porque se ha procrastinado su tarea; lavavajillas que aclaran y secan a media noche; las campanas de la iglesia del Carmen a las 22.20 en invierno y a las 23.20 en verano; la catarata de pis sobre el agua del wc del vecino del tercero, en el silencio de la madrugada, cuando metidos en el invierno aún quedan un par de horas para amanecer; puertas que se abren y se cierran decenas de veces; una flauta ensayando una y otra vez Let it be de los Beatles...
23 de mayo de 2012
Blogueguería 74: ¿Y qué es el miedo?
Según la RAE:
1.- Perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario.
2.- Recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea.
Wikipedia, sobre el miedo, además de aludir a estas dos acepciones, añade (entre otras muchas cosas): Es una emoción primaria que se deriva de la aversión natural al riesgo o la amenaza, y se manifiesta en todos los animales, por ejemplo el ser humano. La máxima expresión del miedo es el terror. Además el miedo esta relacionado con la ansiedad.
También dice, resumiendo, que el miedo es un mecanismo de supervivencia, adaptativo, con una respuesta biológica rápida y eficaz, lo que nos ha permitido perpetuar la especie.
Desde el punto de vista psicológico, es una emoción, un estado afectivo, como la tristeza, la euforia o la apatía, que puede convertirse en angustia o ansiedad, que se caracterizan por miedos infundados, sin aparente objeto ni motivo.
Desde el punto de vista social y cultural (copio literalmente), el miedo puede formar parte del carácter de la persona o de la organización social. Se puede por tanto aprender a temer objetos o contextos, y también se puede aprender a no temerlos, se relaciona de manera compleja con otros sentimientos (miedo al miedo, miedo al amor, miedo a la muerte, miedo al ridículo) y guarda estrecha relación con los distintos elementos de la cultura.
Y aquí quería yo llegar, al miedo desde el punto de vista social, y a ese miedo que forma parte de la vida social; a cuando una sociedad se acostumbra a vivir con el miedo; a cuando el miedo se respira en la calle, en el trabajo, en los lugares de ocio, hasta en casa en forma de sillón... A cuando el miedo se convierte en una angustia generalizada que se agrava ante la imposibilidad de identificar con precisión a aquello que está generando el miedo, con lo que se imposibilita la capacidad de respuesta de adaptación y superación; a cuando lo que genera ese miedo es un todo amorfo que mina diferentes flancos a la vez, generando una psicosis colectiva; a cuando alguien se encarga de hacernos vivir con miedo; a cuando la mirada hacia el futuro no es esperanzadora sino temerosa; a ahora, a este preciso estadio en el que el miedo ha dejado de ser nuestro aliado ingénito para convertirse en un arma de persuasión y de sumisión.
La están sabiendo utilizar (y tampoco iba en su programa electoral), nos han debilitado, y através del miedo nos están acallando, nos están dejando sin voz, nos anulan el miedo que nos pone en guardia e identifica lo que nos hace daño, que nos ayuda a salir y a seguir, para instalarnos en el miedo en su máxima expresión, y es áquel que nos paraliza... El terror. El miedo es esa cosa que ahora nos está robando la libertad sin necesidad de usar otro tipo de violencia.
17 de mayo de 2012
13 de mayo de 2012
Blogueguería 72: Jodidos pero contentos
He leído este título esta mañana y me ha gustado. La cosa iba de deporte, Juanma Iturriaga escribiendo sobre la Euroliga o yo qué sé, que a mí, sacándome del mundial del 2010 (¡Iniesta de mi vida!), ni sé ni me importa de qué va la cosa.
Hace tiempo que tengo ganas de escribir esta entrada y no sabía bien cómo hacerlo. Sí, a veces es difícil exponer quejas en un paronama como el que nos rodea, en donde a los ojos de todos, tú eres una privilegiada: rondando los seis millones de inscritos en el paro, salarios tercermundistas, los productos básicos disparándose por las nubes, la amenaza (que será un hecho en breve) de la privatización de la sanidad en todos sus servicios: geriátricos, centros de discapacitados, hospitales y centros de salud, así como la eliminación o cierre de muchos puntos de atención continuada. Además, asistimos a un brutal recorte de prestaciones sociales de toda índole y la indolente vulnerabilidad de los derechos de los trabajadores.
Decía seis millones de inscritos al paro, que realmente no todos son parados reales, porque ¿cómo dar credibilidad a esta cifra y a todo lo anterior expuesto en el segundo párrafo sin preguntarse por qué aún no hay estallido social...? Afloran las economías sumergidas, a las que los gobiernos abocan a sus ciudadanos cuando el salario se convierte en tan indecente que no es suficiente ni para subsistir. Afloran los pícaros, los explotadores, la competencia desleal, las xenofobias...
Ahí tenemos al 15M, con sus quejas un año más, sí, y ¿qué?
Parece que nos estamos acomodando a estar jodidos pero contentos, porque si yo, trabajadora del SECAM, expongo mi queja por lo que vienen siendo los recortes y la vulnerabilidad de mis derechos como trabajadora en los últimos meses, siempre habrá una voz que me diga que tengo que dar gracias por tener trabajo, y por seguir teniendo un sueldo medianamente decente, y entonces me señalará a fulanito y a menganita, parado y desahuciada respectivamente...
Y no, ¡YA ESTÁ BIEN¡
Basta ya de estar jodidos pero contentos, porque ni "mis gracias" por tener trabajo va a solucionar el problema del parado o del desahuciado, ni mi pena tampoco. En todo caso mi solidaridad, pero esa no pasa por dejar de exponer mi queja, que debería de ser la queja de todos: reivindicar que me sean devueltos mis derechos. La estrategia debe ser otra muy diferente a estarnos echando cuentas los unos a los otros.
Basta ya de tener que dar gracias por tener trabajo, que es mi derecho constitucional, y que tanto sacrificio me costó a mí y a mi familia el que llegara a tenerlo. Y basta ya de tener que andar rindiendo cuantas cada día que sale el sol, porque jamás ni nunca he pedido a nadie que me las rindiera. Que nos rinda cuentas quien nos las tiene que rendir, y que no son otros que los que malversaron y malversan nuestro esfuerzo y nuestra contribución.
Basta ya de que veinte o treinta años, o toda una vida, dedicados a una empresa, ahora no sirvan para nada. La lealtad, el esfuerzo y el trabajo tiene que tener una incentivación o indemnización, cuando menos el agradecimiento. Así lo entienden perfectamente los directivos de la banca, y así parece entenderlo este gobierno que los premia regalándoles nuestro esfuerzo.
Basta ya de bajarme impunemente mi salario al que cobraba hace cinco o diez años, de negarme el derecho a estar enfermo con la posible amenaza del despido o del expediente, mientras que absolutamnete todos los políticos se garantizan sus dignísimos sueldos y dietas.
Basta ya de reducir el personal sanitario en servicios de urgencias, de cerrar puntos de atención continuada con poca población para reducir costes en personal, generando así más paro y un potencial de muertes por falta de atención, cuando el número de cargos directivos sigue siendo el mismo o superior.
Basta ya de mirarnos los unos a los otros con desconfianza y recelos, como enemigos y levantando fantasmas muertos, mientas nuestos gobernantes siguen dando vueltas de tuerca a nuestro futuro, haciéndolo cada vez más difícil e incierto... Basta ya de que nos jodan los de arriba y nos jodan los de al lado (ese pecadillo tan común que es la envidia) y encima parezca que tengamos que estar contentos y vivir con miedo.
No, no estoy contenta, estoy muy cabreada, tremendamente cabreada con quienes juegan con mi futuro y con el de mi familia, con quienes pretenden dejarnos mudos, desarmados y divididos, enfrentándonos los unos a los otros, porque al fin y al cabo, dentro de lo jodidos que podamos estar todos, yo tengo que estar contenta... Y no mire usteff, estoy bien jodida, y solo estaré contenta cuando se NOS devuelva lo que es NUESTRO.
10 de mayo de 2012
Blogueguería 71: Trastiendas
A las 19.39h me encontraba en la joyería El Torreón, calle Palma 1 de Ciudad Real, de las pocas que han sobrevivido a los bazares chinos en esta ciudad. La semana pasada compré allí un reloj, y al día siguiente se paró en la 12.15h de la mañana. Lo de la obsolescencia programada empieza a ser un abuso. Me ha atendido uno de los dos joyeros que trabajan tras ese mostrador lleno que cosas que relucen y que sí son de oro. Hay también una trastienda... El misterio de las trastiendas, su arrealismo...
Me pasé media infancia en la trastienda de un estanco, una pequeña estancia en donde mi tío Leonardo vivía jugando al solitario y haciendo pajaros de papel. También hacía cubos y una especie de cuerda trenzada con papeles de revistas y periódicos, kilométrica, que recorría el respaldo del sofá (mi tía la apartaba del suelo para no pisarla ni enredarse en ella), saltaba por el aparador, subía por la pared hasta una alcayata, caía en picado hasta una silla, se asía al pomo de la puerta y de ahí saltaba por encima de ella hasta el patio. Era un artista de la papiroflexia, además de un hombre silencioso, educado y muy instruido. Cuando oíamos el chirriar de los goznes de las puertas en invierno, o el tintineo de la cortina de la entrada en verano, izaba despacio su enorme cuerpo (en su juventud debió de ser un hombre muy alto, yo ya lo conocí viejo), como si le sobrase todo el tiempo del mundo, y salía a la tienda a despachar un par de sellos, o un celta sin boquilla, o papel para liar tabaco.
Las trastiendas de los joyeros (se llaman así tanto a las cajitas en donde se guardan la joyas como esas personan que venden, fabrican o reparan piezas de joyería. Un oficio arrealista, como los que fabrican las navajas albaceteñas o las espadas toledanas) me las imagino con una mesa llena de miles de piezas pequeñas de relojes destripados, o engarces para pulseras y collares... Algunas muy parecidas al instrumental quirúgico: pinzas diminutas para agarrar piezas de dimensiones milimétricas, alicates, tenacillas, lupas... Todas ellas para manos de relojeros, muy parecidas a las de un pianista: dedos largos, finos y delicados.
Me encontraba esperando a que el joyero saliera de la trastienda, en donde, según diagnóstico, el reloj estaba siendo sometido a un cambio de pila (o eso me ha dicho, que la pila estaba agotada, inexplicablemente), cuando han entrado lo que serían una madre y un hijo veinteañero, veintiseis aventuro. Otro joyero ha salido de la trastienda (las trastiendas son también un flujo humano interminable) y les ha preguntado qué deseaban. Transcribo casi literalmente la escena:
- Queríamos una medallita para niño.
- Recién nacido, ¿verdad?
- Sí, tres meses.
En ese momento me he acordado de esos bebés que veo en las revisones del niño sano, con cadenitas al cuello y pulseras en las muñecas. Me gustaría que en los factores de riesgo y prevención de accidentes hubiese una casilla en donde pusiera MADRE TONTA, para poder cliquearla con todo el gustazo del mundo.
El joyero ha vuelto a la trastienda, y ha salido con uno de esos rollos que extienden como un tapete y en cuyo interior está el muestrario.
- Éstas de aquí arriba son virgencitas, que se venden más si es niña. Para los niños se venden estas otras (señalando la parte inferior del tapete), que son más angelitos de la guarda, niños jesús...
- Ésta me gusta, mamá... queda muy fino el angelito.
La madre asentía. Yo creía encontrarme en una película de Almodovar, en la que de un momento a otro entrase una choni, o un travesti, con los pelos colorados y un escote hasta el ombligo, pidiendo ella también una medallita, pero de Primera Comunión, que en ésas el motivo decorativo es un cáliz o una virgen niña en actitud de rezo, y que por detrás grabase el nombre de la criatura, sin apellidos, claro está, y el día de la fecha del feliz acontecimiento (y vive dios que para muchos niños lo es, un día feliz, digo).
Me ha sacado de escena el joyero que ha practicado el cambio de pila, ¡ahora que íbamos con las cadenas, hombre!, que salía de la trastienda con el reloj en la mano, disculpándose, diciendo que si algún nuevo problema no dudase en llevarlo de nuevo, y que no me cobraba nada porque estaba en garantía (estaría bueno, he pensado para mis adentros, encima de hacerme andar de cabeza con un reloj nuevo).
Iba pensando, camino de casa, en esas cosas que no dejan de sorprendernos por lo absurdo, porque en plena crisis, económica, ideológica, de valores y creencias, todavía hay quien compra una medallita para un bebé, o para una Primera Comunión, por 180 €, más 50€ por la cadenita, y que, para más inri, es un factor de riesgo de asfixia en los menores de un año... Un sindios, que diría Millás.
8 de mayo de 2012
Blogueguería 70: Las reconquistas
Hoy he pasado un momento divertido cuando he salido a correr. No es que me aburra por regla general, pero correr no tiene nada de divertido, de hecho el ejercicio físico es sacrificado, tiene su disciplina, pero practicarlo tiene muchas compensaciones físicas y psíquicas: libera tensiones, te sientes más activo, más dinámico en el resto de las actividades del día, te ayuda a dormir mejor, y un largo etcétera de beneficios. El deporte y la escritura siempre han sido un instrumento de liberación y un bálsamo para el espíritu, en mi caso.
El caso es que esta tarde, cuando hacía footing por la ronda, aparecía Jota por una perpendicular, deteniéndose junto a un semáforo. Me ha hecho gracia la coincidencia, verlo bajar hacia el mismo punto por donde yo tenía que cruzar... Por un momento he trazado esas líneas imaginarias que dibujábamos ambos y su colisión; uno, despistado, sin percatarse de mi presencia, caminando con normalidad, con las manos en los bolsillos; la otra (yo), manteniendo un ritmo suave, pero avanzando más rapido que él y pendiente de su trayectoria. El momento se me ha antojado extraño, si tenemos en cuenta que hasta no hace mucho gozábamos de libertad condicional: si salía uno, el otro se quedaba a cargo de las hijas. Así ha sido la organización de los días de diario en la ciudad, desde que ellas vinieron al mundo hasta que la edad ha permitido ir recuperando ciertas libertades: organizarse por turnos para poder disfrutar, en cierta manera, de nuestros intereses personales. Es un arma de doble filo, tengo que reconocer: por un lado, se mantiene un espacio vital irrenunciable; por otro, se corre el riesgo de conquistar una independencia que también se convierte en irrenunciable, cierta soledad en la que empiezas a encontrate a gusto. Cuando te encuentras de nuevo con horas libres para compartir, cuesta reconquistar ese terreno de las aficiones o los gustos comunes.
Pero decía, voy a la gracieta (bobería) que ha tenido su aquel. Al mismo tiempo que Jota se paraba en ese semáforo, se detenía a su lado una mujer más o menos de mi edad, unos cuarenta y tantos, o tal vez cincuenta, más o menos también de mi edad. Yo me aproximaba por el otro lado de la calzada, y al pasar justo enfrente, he saludado a Jota con la mano, sin detenerme aunque he desacelerado la marcha. Él ha sonreído. En ese preciso instante se me ha ocurrido (reconozco el gesto impropio de mí, un inexplicable impulso irresistible, y alegaré enajenación mental transitoria si fuere necesario) lanzarle un beso en plan Norma Jeane: provocación, ingenuidad y cierta sospecha de cortita de luces... Es lo que ha debido de pensar la cuarentocincuentona, por la cara que ha puesto. Habrá elucubrado con la posible relación: yo podría ser una conocida, de esas que se gastan un pastón en los bodybell, van a gimnasios y toman clases de pádel, soltera o divorciada, y que los sábados salen con otras solteras o separadas, y que terminan en alguna barra de discobar con otros dos o tres maduritos. Jota podría ser uno de esos maduritos con el que habría ligado a última hora de la noche en alguna ocasión. O simplemente no ha pensado nada, aunque lo dudo, al menos ha pensado lo de cortita de luces.
Después de eso, y de los breves segundos que ha durado esta película en mi imaginación, he seguido mi camino. Él seguía esperando el verde.
5 de mayo de 2012
Blogueguería 69: Treinta y tantos
Así se titulaba una serie de televisión, allá por finales de los 80 y principios de los 90. El tiempo se condensa, como los recuerdos, creía que hacía menos tiempo, que aquellos treinta y tantos de sus protagonistas habían coincidido con los míos, y no, fueron mis veintitantos, que en poco tuvieron que ver con sus treinta y tantos y con los míos que llegaron después (porque los años siempre llegan, o siempre se van), estos últimos decisivos, una década crucial de asentamiento: trabajo, familia, residencia...
Aquella serie norteamericana reflejaba a parejas de esa edad: guapos, con éxito profesional, con intereses culturales y profesionales, con un poder adquisitivo más que aceptable... Leo por aquí que de alguna manera se quiso humanizar a la antipática, casi odiada, figura de los yuppies. Mi capacidad de crítica de entonces no llegaba a tan profundo análisis. Aquella serie captaba mi interés porque en ella nunca pasaba nada, la trama no iba más allá de lo que era la convivencia en pareja y con hijos pequeños, cómo influía en lo personal, lo sexual, lo laboral, en las relaciones con los amigos... ese cambio de vida que implica el tener que compartirla, incluso esa renuncia, ese sacrificio, que en aquella serie se reflejaba con el abandono de trabajo o de proyectos laborales por parte de una de las protagonistas para dedicarse a sus hijos, ese grave error que cometen muchas mujeres que necesitan de esa abnegación por su condición de madres, sin pensar en su vida a largo plazo y que, lejos de compensarlas, termina sumiéndolas en depresión o baja autoestima.
En esos treinta y tantos he pensado mientras bebía una caña mal tirada y la acompañaba de unas patatas cocifritas embadurnadas en un alioli en exceso aceitoso, y veía pasar presurosas (por este frío de mayo invernal) a parejas de esta edad. A sus treinta y tantos, pocos tantos, aún se les aprecia la despreocupación de los veinte: ellas caminan por delante con un carrito vacío y animosa conversación, ellos las siguen detrás con un bebé en brazos que no llegará al año. También corretea en círculos, alrededor de las parejas, algún niño entre los tres y los cinco años. Así éramos nosotros hace diez años. Los comienzos, el principio de muchas ilusiones, de muchos proyectos, la conquista de cosas que consideramos definitivas en nuestra vida, y el terrible error de caer en esa engañosa armonía que como canta Silvio, termina poniendo viejos los corazones. He pensado en toda esa década que les quedaba por delante, en esos que parecen los decisivos treinta y tantos con sus muchos días y sus muchas noches, en esa pequeña lucha diaria con sus pequños triunfos y sus pequeñas o grandes derrotas, y en que la vida se encarga de dejarnos claro que decisivo, lo que se dice decisivo, no hay nada.
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