9 de julio de 2013

Blogueguería 182: Veranos

El ventanal del salón es un coladero de luz a esta hora de la mañana. También de calor, a medida que avanzan los minutos. Desde mi asiento, miro en el absurdo intento de encontrar la calle porque sé que solo encuentro un muro de ladrillo. Las ventanas de las ciudades solo nos asoman a otras ventanas de la fachada de enfrente, tan planas como las nuestras. Hay ventanas que te ofrecen la calle o el mar, una suerte de vida. Hay ciertos días en los que la mirada no va más allá de un bloque de ladrillo, otros en los que una ventana, su luz y el calor que irradia hacia adentro, nos evocan otros días vividos. Los recuerdos tienen su peso, como los años.

Los veranos más lejanos tienen como escenario un huerto, una alberca, un espantapájaros sobre una higuera. El olor dulzón de los higos, la calima que hacía arder el horizonte y el infatigable canto de las cigarras. El sol era un enorme melocotón incandescente que irradiaba su tonalidad amarilla a los campos, a las paredes encaladas y al brillo amielado de nuestras miradas infantiles. El tiempo es distancia y poso, y el poso de aquellos años es el de una felicidad truncada por una muerte prematura, un extraño sentimiento de orfandad y el ansiado refugio en aquellos paraísos infantiles que nuestra imaginación recreaba como necesario antídoto para calmar la ausencia. A nuestra manera, encontramos un respiradero en donde cada día era un nuevo intento por volver a ser felices.

Después vinieron los veranos adolescentes. Les terribles étés. Ansias de libertad. Un sin fin de me acuerdo, a lo Georges Perec, me vienen a la memoria: 

Me acuerdo de mis primeros tacones, los zapatos eran azules y puntiagudos como algunos que había visto de mi madre en el zapatero y que conservaba prácticamente nuevos desde principios de los sesenta.
Me acuerdo de una minifalda de color rosa con la que bailaba el Barco a Venus de Mecano.
Me acuerdo de la alberca de mi amiga Gema y del aceite de zanahoria que nos poníamos por todo el cuerpo para ser morenas.
Me acuerdo de que me quemé brazos y piernas por exponerme al sol, y que estuve una semana en cama sin que pudiese tolerar el roce de una pluma.
Me acuerdo de un chico de ojos verdes que me robó el corazón. 
Me acuerdo de aprender a amar a un hombre y a hacernos daño.
Me acuerdo de las peleas con mi madre para conseguir llegar más tarde.

Y un largo etcétera que son el reflejo del ímpetu de aquel despertar a sensaciones nuevas, la búsqueda de identidad, la terrible lucha interna entre la intimidad y la pertenencia, los primeros amores, el primer beso, el primer roce del cuerpo, la impertinente creencia de saberlo todo, la ambivalencia del todo o nada, del abrazo a la vida a la que se abrían los exultantes años y el propio desprecio por ella, como si nunca tuviese fin.

Pero la vida tiene su fin, incluso cuando uno se la está bebiendo de un trago. El verano del 88 la muerte volvía a hacer acto de presencia. Tomó su asiento y volvió a quedarse con nosotros. Juventud airada la mía, resentida, recelosa... En el verano del 1989 me agotaba en tres versos de Hernández:

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

Veranos de luto, de un  bucle incesante de dolor. Y de nuevo la necesidad de encontrar un respiradero. Escribir, escribir, escribir... Leer, leer, leer... Un llanto de guitarra... Un eterno invierno en el alma... Un verso esperanzador de Khalil Gibran: En el corazón de todos los inviernos vive una primavera palpitante.


Y llegaron más veranos, con el enorme melocotón en lo alto del cielo y su insidioso calor, sus cantos lejanos de cigarras, paseos en bici al caer de la tarde para llegar al kilómetro exacto desde donde la puesta de sol es un irrepetible espectáculo, notas alegres de guitarras, nuevos amores, presentidas esperanzas, nuevas risas infantiles, incluso el olor a mar que Elena cree olfatear desde La Mancha en alguna noche de junio, y una mueca que quiere ser el afloro de una sonrisa cuando pienso en que ese será uno de sus me acuerdo estivales: Me acuerdo de cuando llegaba junio, y, al pasar por la cola del pantano  del Vicario, le decía a mi madre llenándome los pulmones de aire: Mamá, huele a mar.

Y, de nuevo, ya es otro verano.





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