17 de abril de 2017

Deshabitado

Solo las terrazas de verano le devolvían a la plaza del pueblo el bullicio de otros tiempos. El invierno la convertía en un gélido desierto embaldosado, un rectángulo deshabitado, de luz mortecina en alguna de las ventanas, de bares en cuyo interior un camarero ocioso miraba el partido de fútbol en la pantalla del televisor, y algún cliente daba tregua a una cerveza, para no apurar la temprana noche de un trago... Qué más da si alguien nos espera o no.

Las noches de inverno convierten las plazas de pueblo en un escenario ajeno, invadido por la desolación. 

Ya no hay estío que llene las plazas de pueblo. Lo pensaba el domingo, sentada en una de sus terrazas. Dos o tres fechas puntuales: Viernes Santo, tras el Vía Crucis, y el Domingo de Resurrección. Tal vez algún acontecimiento; eso que llaman Semana Cultural, en el mes de agosto. Tras eso, el paisaje deshabitado, como si todas las calles tuviesen invisibles fisuras por donde se han ido escurriendo durante décadas sus gentes y sus vidas.

Herida de muerte, la plaza ofrece estos días su cartel de COMPLETO, como si fuese posible de nuevo renacer, resucitar, repoblarse... El retorno de lo perdido, saludarse sin tener que reconocer la huella del tiempo en una cara. La aparente resurrección llena las calles, los bares, las tiendas de barrio... Cómo rompe la rutina el que retorna y cuanto trae consigo cuando compra en la tienda del barrio. Ellos siempre le daban a la plaza un aspecto de pequeña urbe, un lleno excepcional y novedoso, como novedosa era su conversación y sus aires de gente de ciudad. Todo aquello nos impresionaba entonces, cuando la distancia entre el pueblo y la ciudad era mucho más que una cuestión de kilómetros. Hemos dejado de sorprendernos. Ahora todos vamos y venimos. Son pocos los que permanecen por apego, por necesidad o por resignación. Ahora quien nos sorprende es el tiempo, cuando reconocemos alguna cara como si nos mirásemos en el mismo espejo.

La plaza se rodea de fachadas muertas, con ventanas que nunca se abren para airear espacios interiores; persianas que no se alzan para dejar salir la oscuridad y que penetre la luz en todo su esplendor, y puertas selladas por la herrumbre y un adobe de polvo y papeles viejos acumulado en sus rendijas.

Solo la memoria pone voz a la mudez de una fachada muerta. Y solo la memoria pone vida, como reconstruir un puzle animado, al paisaje deshabitado de una plaza de pueblo: la esquina en donde existió una enorme morera que daba sombra a la terraza del antiguo Casino, un bar de clientela selecta. No es que estuviese  vetada la entrada, pero tampoco hacía falta, eran aquellos tiempos en los que cada cual tenía su lugar. Un kiosco de madera, pintado de verde y un hombre dentro que padecía hemiplejía. Un puesto de helados, pintado de blanco, con una adolescente risueña como vendedora. Una pequeña fuente del tamaño de un niño, en donde nuestras bocas sedientas hacían cola, a empellones, a la salida de la escuela. 

Hay costumbres o modos de vida que no encuentran su relevo y mueren en el tiempo. También lugares que tuvieron su esplendor.

Así le sucede a ciertas plazas de pueblo convertidas en escenarios despoblados, en un resuello, de discurrir lento, de puntual algarabía de día de fiesta. Y después, de nuevo el silencio venidero, el tiempo deshabitado que ya no nos reconoce, que nos expulsa de su espacio con un eco melancólico que parece recitar el verso del poeta: Nunca se ha de volver al lugar en donde fuiste feliz. 


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