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26 de mayo de 2018

Para no morir tan aprisa

Acabo de cumplir cincuenta y un años. Hace once años que abría un primer blog. Lo recuerdo porque escribí una entrada en la que decía que cumplía cuarenta años, que posiblemente estaba en el punto de inflexión. Un seguidor, Julio Teruel, me felicitó, puso un comentario desenfadado, simpático, y me decía que estaba en el mejor momento de la vida. Mañana y mañana y mañana... nos va cambiando hasta convertirnos en otro, esa otredad que se gesta y que hay que dejar que se manifieste para poder ser en esta otra realidad. Y no hay puntos de inflexión, no, llevaba razón aquel joven amigo. La vida no deja de describir una gráfica, algo así como el trazo de un electrocardiograma, con una frecuencia y líneas que suben y bajan, que se estrechan o se alargan, y que estos nada tienen que ver con los años y sí mucho con instantes vitales.

Y a lo largo de estos años hemos cambiado a veces casi sin querer, incluso resistiéndonos al cambio. A aquel primer blog, le han seguido otros cuatro o cinco, siempre en un intento de dar salida a aquello que tenía necesidad de contar, o para no repetirme hasta la saciedad,  o en busca de otros respiraderos, o tal vez de hallar una única voz... Hay cosas que no cambian; me sigue gustando cantar y me sigue gustando escribir, porque escribir es como cantar en el silencio. Ahora, cuando canto, los agudos empiezan a ser más graves, y cada vez me cuesta más llegar a notas más altas. Esa gravedad de la voz madura. Esta otra voz, esta voz reconvertida o renacida o mutada o evolucionada. Otra voz. En la escritura sucede lo mismo: hay otra voz, tan distinta a aquellas primeras voces que casi no se reconocen entre ellas. ¿Cuál es la auténtica? Todas, todas lo son. ¿Con cuál me quedo? Con todas. No asumir que he sido todas ellas es dejarme muda, renegar de aquella que he sido, falsificar a la que soy.

Siempre me gustó bailar, bailar y bailar; es como una liberación. Me sigue gustando bailar, que la música invada el cuerpo, que lo haga suyo. Y lo mueva.
Ya no me gusta ver fotografías de instantes pasados, son como el dolor, un dolor repentino, como una punzada en el costado que me obliga a mantener la respiración con la esperanza de que desaparezca. Aunque sea una foto en la que la gente esté sonriendo y parezca feliz.

Me gusta la lluvia mansa e infatigable. Y esa que se desata como un vendaval que pareciera querer barrerlo todo sobre la faz de la Tierra y dar la opción de un "volver a empezar". Esta primavera es una de las más hermosas que recuerdo; por la lluvia, por la luz, por los cielos revueltos, por el renacer de los ríos, por el extraño verde de las encinas.

La vida, la mía, le ha dado un gran valor a la palabra amistad. Apenas si tengo amigos (de verdad, aunque sobra esta aclaración), y eso los convierte en seres excepcionales e irrenunciables. Y en estos años, la vida ha pasado de una velocidad de crucero en una misma dirección a una extraña impotencia de vivir. Y desde hace tiempo aprendo a vivir en esa de impotencia de vivir. Cuando lo vi escrito en el libro de José Luis Cancho, 'Los refugios de la memoria', no pude evitar que me ardieran los ojos, como si fuesen a llorar ante el hallazgo de semejante definición, del acierto en la definición de ese nuevo estado, de esa nueva forma de estar en la vida. Se trata de aceptar esa impotencia y refugiarte en lo que te aviva, como la lluvia que no cesa en este cielo de primavera.

Alguien nos olvida de manera perfecta, dijo Cohen. Alguien nos escribe, nos rescata, de manera perfecta, digo yo. La lectura también es un camino de salvación.

El día en que murió Cohen, pensé en esas pérdidas que nos deshabitan, como esos lugares en donde fuimos y ya no nos reconocen. Somos seres melancólicos (inconsolables, decía Saramago), porque, de alguna manera, la vida es una sutil disección que nos va despojando, como el otoño en su misión, de todo aquello que creímos sólido y eterno.


Vivir es un hacerse y deshacerse continuo, hasta que ya no quede nada que nos reconozca. No somos huella indeleble, acaso el humo de un avión sobre el azul del cielo, que se va ensanchando hasta parecer la cola de una nube. No existimos para nadie, en todo caso somos un instante del pensamiento y del azar. Y cada año que pasa también nos convertimos en esa hoja que cae en la memoria de algo o de alguien para quien ya somos olvido y desmemoria.
Para no morir tan a prisa hay que entregarse a vivir, y no abandonar el intento de dejar por escrito el rastro que nos deja.

7 de enero de 2018

Con los mejores deseos

Tras las fiestas, tras tantas felicitaciones descafeinadas con los mejores deseos.
Tras las ausencias, las de siempre y esas otras que hubiésemos querido que fuesen presencia y el silencio constata que no queda más que olvido.
Tras un par de kilos de más y un año de menos, pero sin olvidar aquello de Caballero Bonald: Somos el tiempo que nos queda... Decía, solo anoto un propósito, y es el de permanecer en ese lugar, que no es físico sino mental, al que llegué un día, un pacto ineludible con la vida y conmigo misma, el que me permite seguir, estar y ser: honradez y transparencia. Eso, aderezado con humor, que, como dijo un amigo muy querido hace poco en una conversación, es una especie de venganza... Sí, la más gratificante e inocua venganza. El humor y la risa... Mi amiga Charo sabe mucho de eso, a principios de 2017 le diagnosticaron un cáncer digestivo. Feo, qué feo pusieron aquello. Y lo que nos hemos reído, a pesar de los peores días tras las sesiones de quimioterapia, a pesar de la soledad interior que conlleva una grave enfermedad, a pesar del miedo...Charo no solo ríe con la cara, ríe con el cuerpo entero, ríe hasta que le estalla el alma. Así que cuando le deseé, en un despiste, un feliz 2008 y ella me corrigió entre risas, yo le respondí: Que no te falte nunca la risa, Charo, con mis mejores deseos.

Con mis mejores deseos: honradez, transparencia, humor y risa.




22 de octubre de 2017

Remember

En el corral de casa hay un limonero, un laurel y un peral. Hay un tablar sembrado de berenjenas (de Almagro) y tomates. Lo cuida mi padre y lo riega con agua, impulsada por un motor eléctrico, procedente de un pozo que se encuentra en el patio de atrás, en donde también hay una parra de uvas de mesa, muchas macetas con flores y dos bicicletas. Hay un segundo patio interior, ahora techado, en donde confluyen el pasillo y varias habitaciones de la casa. En el corral, también hay dos perras bóxer, madre e hija. Desde que hay perros, no hay gato que ose entrar en ese dominio canino. Unas cuantas gallinas y un gallo que se gana a pulso desear una sopa sustanciosa de caldo de gallino. La vida fluye renqueante, aliviada por la analgesia del metamizol, sin prisa, como crecen las berenjenas y cuajan los limones.



Pero no siempre hubo perros, ni un pequeño huerto. Ni tan siquiera el limonero, superviviente de heladas que dejaron tiesos a un par de cerezos. Hubo un tiempo en el que, en el corral, había un gallinero sin alambrada, y los niños sabíamos dónde estaban los nidales, y, de vez en cuando, nos mandaban recoger los huevos. Había una gata, redonda y enorme para ser un gato, de negro pelaje aterciopelado, que se llamaba Morita, y cazaba los ratones en los atrojes como una leona. Mi padre la apreciaba más que a un perro de careo. Recuerdo a esa gata con sus crías en la boca, cogidas del lomo, portándolas pacientemente, una tras otra, en busca de nuevos escondrijos cada vez más inaccesibles entre la montonera de la leña, para mantenerlas lejos de nosotros. El corral estaba lleno de ganado. En primavera, veía nacer a los cabritillos. Casi metía mi cabeza en el culo de la cabra, para desesperación de mi padre que estaba allí para ayudar por si la cría venía mal colocada. Siempre supe que los niños no venían de París, ni los traía la cigüeña; no había más que observar a los animales y deducir. Había una cuadra con un par de cerdos, y matanza por santa Lucía. Había una mobylette en el patio de atrás, con la que mi padre iba a trabajar. Las macetas ya estaban allí, con sus flores. Y una pequeña parra que retorcía su todavía endeble tronco en su ascenso hacia el cielo. El pozo tenía una polea manual y una cuerda atada a un cubo. Un tubo largo comunicaba el pozo con un pilar, en donde los animales saciaban su sed. El patio interior estaba al descubierto. En un extremo, había una escalera que conducía a una azotea, en donde mi madre tendía la ropa cuando hacía buen tiempo y desde donde se veía la sierra, tan cercana y tan inmutable como un enorme dragón dormido. Cuando llovía torrencialmente, ese patio se inundaba y el agua entraba hacia las habitaciones. Fueron muchas las veces en que la lluvia, infatigable y feroz, alteró la paz de la noche.

Los pobladores de aquellos mundos y lo que acontecía en ellos eran el pálpito de la vida, cíclica, en apariencia inagotable y eterna. Incluso los ojos de la niñez, que contemplaban todo aquello, nunca imaginaron que dejarían de ser eso: los ojos de una niña. 

Cuando retorno a ese escenario, la mirada adulta rememora aquel edén en el que todos tomábamos parte en la vida de todo: los animales, las flores, el pozo, la parra, la lluvia, la azotea, los niños, los adultos y su afán... Miro el verdor y la generosidad del limonero, el peral ha dado seis peras por primera vez, las bóxer se acercan en busca de una caricia en la cabeza, observo las flores lilas de las berenjenas, escucho al gallo y su estridente cacareo. Alzo la vista hacia el porche y las cuadras, y cruza, sigilosa con alguno de sus cachorros en la boca, Morita. Se detiene, me mira y después se pierde entre el montón de la leña inexistente.


13 de octubre de 2017

¿Qué lees?

Alguna vez, alguien nos pregunta qué leemos. Y tengo que decir que, casi siempre, según qué libros, me da pudor responder, porque hay lecturas que no se leen para nada (en realidad, nunca me planteo qué leo, como no me planteo por qué camino o para qué como). No hay ningún fin en la lectura salvo el de ser un instrumento más de vida. Ni para entretenerse, ni en busca de respuestas, ni de preguntas, ni para tomar conciencia, ni para aprender, ni tan siquiera para llenarse de palabras hoja tras hoja mientras se vacía la cabeza, cosa esta última que sí sucede con la música; la música llena los espacios de notas mientras la cabeza se vacía de su peso y descansa.

A veces sucede el gran milagro, y es que leo lo que hace tanto escribieron otros, y estoy ahí. Todos estamos ahí... Así que, para no asustar a quien me pregunta eso de qué leo con la respuesta de :"Posiblemente, a ti", prefiero decir que ni me acuerdo del título.


"Si me lo hubiesen preguntado, hubiese respondido que me veía como una especie de nadador de agua dulce, a menudo triste, a veces cansado, y que, a medida que iba haciendo largos, se parecía cada vez más a un ahogado".

24 de septiembre de 2017

El mar vacío



Se dice que el primer amor nunca se olvida.
Nunca estuve de acuerdo con esa absurda afirmación.
La experiencia, la vida,
los años, el olvido,
la esperanza, la nostalgia, 
el dolor y el perdón 
me dicen que la memoria es ese mar
por cuyo horizonte siempre se aleja el mismo barco:
aquel a quien tanto amamos y nunca nos amó.


7 de mayo de 2017

Madre

No es casualidad, ¿verdad, madre?, que parir un hijo sea el acto vital más extraordinario que sucede en nuestro cuerpo. Una nueva vida empuja inexorable desde dentro, y nos desgarra las entrañas. Un seísmo interior en el que se abren los huesos y la carne en el imparable descenso hacia el final del túnel, hacia ese punto de luz cada vez más intenso y más nítido en donde la suerte de vivir espera. Y ahí está esa nueva vida, desafiando al silencio con su llanto  inconsolable. A veces, me he preguntado si ese túnel y esa luz, de la que hablan quienes han estado tan cerca de la muerte, no es otra cosa que el anhelo de volver a las entrañas, el retorno a ese cálido claustro, el único paraíso que nuestra memoria reconoce.

La vida que irrumpe se acompaña de un torrente de sangre con el que pareces morir, escurrirte, abandonarte al descanso tras el cataclismo interior que ha dado a luz a ese cuerpo que nos crece dentro, al que ya solo nos une un estrecho cordón que aún palpita, como un último hálito de dependencia. Y entonces, un corte limpio e indoloro nos separa. Qué paradoja, madre… tú y yo sabemos que a ese nudo estaremos asidas de por vida. ¿Verdad, madre? Esa es la carne que más nos duele y que solo el amor calma. Esa es la que nos muere y nos vive. Me recuerdas, madre, a la madre de los versos, los de Miguel Hernández.


Al cabo de mis años, te miro desde el silencio, el tuyo y el mío, y eres un paisaje tan hermoso y desolado. Me sitúo en el ángulo resguardado de la luz de la ventana que iluminó mi infancia, entre cierta penumbra acogedora y necesaria, y la claridad de la mañana que peina mis cabellos y perfila con un halo tu cuerpo achicado. Y es en ese silencio tuyo en el me gusta conocerte, en ese aire que inspiras, con el que me cuelo en tus pulmones y vuelvo a sentir el cálido latido que retumba en las entrañas. En ese aire que espiras lento y sosegado, como un ahogado suspiro. Y yo sé que en esos silencios vas y vienes, como buena andarina que fuiste, a los arroyos de tu niñez y a los pies descalzos, a las fuentes de tu juventud y a los cántaros de agua, a los hijos por los que rezas… a tus luceros del alba. Y es así, madre, como me gusta mirarte, al abrigo de mi sombra y a la luz que te recorta.

17 de abril de 2017

Deshabitado

Solo las terrazas de verano le devolvían a la plaza del pueblo el bullicio de otros tiempos. El invierno la convertía en un gélido desierto embaldosado, un rectángulo deshabitado, de luz mortecina en alguna de las ventanas, de bares en cuyo interior un camarero ocioso miraba el partido de fútbol en la pantalla del televisor, y algún cliente daba tregua a una cerveza, para no apurar la temprana noche de un trago... Qué más da si alguien nos espera o no.

Las noches de inverno convierten las plazas de pueblo en un escenario ajeno, invadido por la desolación. 

Ya no hay estío que llene las plazas de pueblo. Lo pensaba el domingo, sentada en una de sus terrazas. Dos o tres fechas puntuales: Viernes Santo, tras el Vía Crucis, y el Domingo de Resurrección. Tal vez algún acontecimiento; eso que llaman Semana Cultural, en el mes de agosto. Tras eso, el paisaje deshabitado, como si todas las calles tuviesen invisibles fisuras por donde se han ido escurriendo durante décadas sus gentes y sus vidas.

Herida de muerte, la plaza ofrece estos días su cartel de COMPLETO, como si fuese posible de nuevo renacer, resucitar, repoblarse... El retorno de lo perdido, saludarse sin tener que reconocer la huella del tiempo en una cara. La aparente resurrección llena las calles, los bares, las tiendas de barrio... Cómo rompe la rutina el que retorna y cuanto trae consigo cuando compra en la tienda del barrio. Ellos siempre le daban a la plaza un aspecto de pequeña urbe, un lleno excepcional y novedoso, como novedosa era su conversación y sus aires de gente de ciudad. Todo aquello nos impresionaba entonces, cuando la distancia entre el pueblo y la ciudad era mucho más que una cuestión de kilómetros. Hemos dejado de sorprendernos. Ahora todos vamos y venimos. Son pocos los que permanecen por apego, por necesidad o por resignación. Ahora quien nos sorprende es el tiempo, cuando reconocemos alguna cara como si nos mirásemos en el mismo espejo.

La plaza se rodea de fachadas muertas, con ventanas que nunca se abren para airear espacios interiores; persianas que no se alzan para dejar salir la oscuridad y que penetre la luz en todo su esplendor, y puertas selladas por la herrumbre y un adobe de polvo y papeles viejos acumulado en sus rendijas.

Solo la memoria pone voz a la mudez de una fachada muerta. Y solo la memoria pone vida, como reconstruir un puzle animado, al paisaje deshabitado de una plaza de pueblo: la esquina en donde existió una enorme morera que daba sombra a la terraza del antiguo Casino, un bar de clientela selecta. No es que estuviese  vetada la entrada, pero tampoco hacía falta, eran aquellos tiempos en los que cada cual tenía su lugar. Un kiosco de madera, pintado de verde y un hombre dentro que padecía hemiplejía. Un puesto de helados, pintado de blanco, con una adolescente risueña como vendedora. Una pequeña fuente del tamaño de un niño, en donde nuestras bocas sedientas hacían cola, a empellones, a la salida de la escuela. 

Hay costumbres o modos de vida que no encuentran su relevo y mueren en el tiempo. También lugares que tuvieron su esplendor.

Así le sucede a ciertas plazas de pueblo convertidas en escenarios despoblados, en un resuello, de discurrir lento, de puntual algarabía de día de fiesta. Y después, de nuevo el silencio venidero, el tiempo deshabitado que ya no nos reconoce, que nos expulsa de su espacio con un eco melancólico que parece recitar el verso del poeta: Nunca se ha de volver al lugar en donde fuiste feliz. 


1 de marzo de 2017

Un puñado de tierra






Tómame en tus manos
aprieta,
moldea,
desgrana,
desecha,
vuelve a moldear
Pero sostenme
y no temas;
de todo ese horizonte infinito
soy solo un puñado de tierra herida.



27 de diciembre de 2016

Tratado de paz



Cada amanecer es la oportunidad
para mi propia reconciliación.

Cada anochecer es la oportunidad 
para saldar mis propias cuentas.

No habrá reconciliación posible 
con
el mundo
mientras no firme, y cumpla, cada día 
este tratado de paz.


10 de diciembre de 2016

Avanzamos

Hay diciembres que no cierran año,
cierran una vida entera.

Diciembre avanza, ineludible y tibio, por la llanura manchega. El otoño va resuelto, concluyendo su misión de despojo. Lluvia mansa, la de estos días pasados, que engorda la tierra contraída por la sequía de tan largo verano. Tierra y agua son dos bocas sedientas, la una se sacia y la otra se vierte.



El año se despide entre brumas y rocíos sin escarchas. Se acortan los días y se alargan las sombras en la fugacidad de la tarde, como una espalda infinita que se resiste a la brevedad del instante. Otro año, otro pedazo de vida que se aleja como la estela que deja una barca sobre la quietud del mar. El presentimiento de que aún queda mucho viaje sin llegar a puerto, muchas estelas que se alejen y mucha tierra que avistar. Aferrados al timón de una frágil embarcación, a veces la vida es este mar que nos trae y nos lleva a su antojo mientras nosotros creemos marcar el rumbo.

El día que murió Cohen, el día de su eternidad, pensé en esas pérdidas que nos deshabitan, como esos lugares en donde fuimos y ya no nos reconocen. Somos seres melancólicos (inconsolables, decía Saramago), porque, de alguna manera, desde que nacemos, algo o alguien se empeña en separarnos de lo que nos da la vida. Y es esa una sutil disección irreparable que nos va despojando, como el otoño en su misión, de todo aquello que nos hace.

Vivir es un hacerse y deshacerse continuo, hasta que ya no quede nada que nos reconozca. No somos huella indeleble, nos perdemos como esa onda sobre el mar que a la postre se confunde con una ola en donde desvanecerse, o como ese humo de los aviones sobre el azul del cielo que se va ensanchando hasta parecer la cola de una nube. No existimos para nadie, salvo en aquellos que nos han vivido, que nos viven y todavía nos piensan. Pero cada año que pasa también nos convertimos en esa hoja que cae en la memoria de algo o de alguien para quien ya somos olvido y desmemoria.

La forma de no morir tan a prisa es abandonarse a vivir, mirar de soslayo el rastro que nos deja, soltar el lastre y dejarse envolver por nuevos hilos de seda, por nuevas aguas… Irremediablemente, cada año, todo cuanto nos abandone irá dejando su estela. 


10 de enero de 2016

Una ciudad sin importancia


Ni las calles ni las plazas de esta ciudad sin importancia son escenarios de ninguno de mis rincones de infancia, ni reconozco sobre sus muros el resplandor de los soles de verano sobre la cal viva, ni la tierra abrasadora del suelo bajo los pies descalzos. En ninguno de sus parques jugué al pilla pilla ni al balón robado con mis hermanos y mis primos. Sobrevuelan estas calles sin importancia escasos vencejos, y juguetones gorriones bañan, junto a unas cuantas palomas, su calor en la fuente de la plaza Mayor. Su piar es casi inaudible, atenuado por el rumor de pequeña ciudad, y su vuelo se pierde entre las alturas de los bloques. No se escucha el canto de las cigarras en verano, ni silba el viento entre los aleros de los tejados en los días grises del invierno. Es el suyo, el de esta ciudad sin importancia, otro bullicio: de terrazas de bares, sobre las que cae lenta la noche y su cansancio, en el verano; y de persianas y toldos blandiéndose por el golpeteo incesante del aire en sus inviernos de frío negro.

Alguien dijo, o escribió, que uno no es de donde nace, sino en donde se hace. Y entre estas calles nos vamos haciendo. ¿Cuántas veces daremos la vuelta al mundo caminando sobre las mismas calles a lo largo de toda una vida? ¿Cuántos pasos necesitan ser dados en un lugar para sentir que eres?

Son sus edificios moles de hormigón a los que no se asoma ninguno de los fantasmas de mis viejos vecinos. Inánimes muros avejentados por el polvo oscuro de los motores de los coches, y de toldos descoloridos. Ni siquiera sus jardines o sus parques guardan un banco en el que pueda reconocerme aprendiendo a besar, ni una mesa de bar en donde tuviese lugar una despedida o un reencuentro, ni una sola esquina en donde buscar un escondrijo para amar alguna vez. Y en ese cementerio, del que diviso los cipreses como lanzas apuntando hacia las nubes blancas en alguna tarde de paseo, ninguna tierra cubre el polvo de mis muertos.

Esta es una ciudad sin importancia, una ciudad que no evoca la vida, la mía, una ciudad en donde no tengo historia, una finita ciudad sin memoria mí. Tierra adoptiva por donde ahora transita este instante que ya suma más de treinta años. Aquí llegué en plena adolescencia. Sin ningún sentido de pertenencia, en esta ciudad sin importancia transcurría mi exilio de lunes a viernes. Lo vital aún seguía en ese pueblo que me vio nacer, porque en él se albergaba toda evocación de lo que había sido hasta entonces. Aquí sólo era una estudiante más que venía de los pueblos, alguien de paso y sin pasado entre sus calles, que pensaba en un futuro en alguna otra parte.

¿Y quién podía saber entonces nada de esto? De esta vida que hoy transcurre casi en el mismo barrio; que mi itinerario habitual es la plaza del Carmen, el punto final de la calle Caballeros, por la que sigo descendiendo casi a diario, y dejo a la izquierda esa residencia que aún sigue siendo de estudiantes y regentada por las mismas monjas. Me dirijo a la plaza Mayor, tomo asiento en alguna de sus terrazas y me ensimismo con esos gorriones y palomas que se bañan en la fuente de Alfonso X, mientras tomo un descafeinado o un zumo de naranja. A veces me acompaño de un libro, otras me siento un poco como el autor de Amos Oz en ‘Versos de vida y muerte’; observo esas caras familiares, como si las conociera desde siempre y de las que en realidad no sé nada, y le invento ese instante de vida, o la vida entera, si hace falta.


Esta plaza de esta ciudad sin importancia, acogió mi maternidad recién estrenada, reciente escenario de la infancia de mis hijas, de sus primeros llantos por un arañazo en las rodillas. Sus parques son el verdor de sus primaveras y el frescor de sus risas infantiles. Y es este sosiego suyo, de pequeña ciudad de provincias, esta calma chica que tantas veces me ha desesperado, la que ha sido fuente de tranquilidad para estas dos infancias que ya han quedado atrás aunque nunca dejen de ser. Ellas sí encontrarán en esta ciudad sin importancia el primer sentimiento de pertenencia, la primera querencia, la memoria que siempre atraviesa el tiempo y la distancia para encontrarse con esos cielos, esos soles, los aromas y los sonidos que de mí se escribieron en otra parte. Esta será para ellas la evocación de lo vivido, una ciudad importante, porque nada que no encuentre su lugar de ser vivido existe, nada que no tenga su lugar es importante.

1 de enero de 2016

Uno de enero

He visto un tren. He visto un tren que parecía vacío, un hilo anaranjado que ha cruzado rápido en medio de la oscuridad. Los trenes del día uno de enero viajan solos. Son una ráfaga de luz que cortan la noche en dos. Me he topado con uno de ellos, en ese cruce de líneas que nunca se encuentran, porque se cruzan en distintos planos. Un coche sobre el puente, a menos de cien por hora, luego viene una curva, en la que hay que entrar mansamente, porque no es cerrada, se abre generosa en casi un giro de ciento ochenta grados, pero antes de completarlos, se destuerce de forma súbita, y es ahí en donde, si no ruedas con mansedumbre, el control de la máquina peligra. Y luego un tren que se acerca a toda velocidad como si fuese a embestir al coche, a partirlo en dos, como a la noche... Y en esa intersección en la que toca cerrar los ojos y sentir el golpazo, el tren pasa de largo, como un suspiro bajo el puente, sin chirriar ni soltar chispas, sin aminorar ni un kilómetro su velocidad, sin dejar ni rastro, fiel a su hora de llegada como otro viernes cualquiera. 

Pero hoy no es un viernes cualquiera, es el Uno de Enero, es un viernes festivo. Y los trenes del Uno de Enero viajan con la resaca de la felicidad de la entrada de Año Nuevo, con las luces mortecinas del final de la fiesta, con los restos del confeti pisoteado y el olor agrio del poso de los vasos. Los trenes del Uno de Enero ya arrastran el primer aliento cansado, el primer sueño de algún cuerpo derrotado, el primer mensaje ingrato, la primera decepción del año. Alguien habrá perdido algún tren del Uno de Enero. Alguien, también, en un despiste que aún no sabe si maldecirá o dará gracias para el resto de sus días, habrá tomado el equivocado o habrá tomado asiento en un vagón que no es el suyo. 

Hoy, Uno de Enero, todo está por suceder, y me pregunto qué hacer con lo sucedido hasta ayer. Nada se acaba de un día para otro, todo se arrastra como resto de naufragio, como una operación matemática sin resolver que impide la concatenación de otras operaciones, el hallazgo de la incógnita. Somos un todo que no sabe de tiempo, en donde el pasado, el presente y el futuro confluyen a la vez en nosotros: somos un pasado que vuelve con insistencia, somos un presente que convierte cada una de nuestras zancadas en una huella del pasado... Hoy todo está por suceder porque todo está aún por hacerse. Nadie lo hará por nosotros. Y hoy, día Uno de Enero, ante todo somos futuro, puro presentimiento, pura incertidumbre... eso que a mí me gusta llamar esperanza.


28 de agosto de 2015

Ya no me acuerdo...

¿Te acuerdas, mamá, de cuando nos cepillábamos los dientes juntas?, pregunta mi pequeña adolescente. ¡Pues claro que me acuerdo!, le respondo. ¿Y por qué dejamos de hacerlo? Y esta vez la pregunta no parecía estar dirigida a mí, sino a ella misma, con los ojos vagando por ninguna parte y la expresión de incertidumbre en su cara. Acaba de darse cuenta de cómo se escurre la niñez, sin saber, sin poder evitarlo, como el agua se escurre entre los dedos que esa mano que quiere ser vaso. 


Ya no me acuerdo quién y por qué se decidió tapiar la escalera que subía a la azotea. Me acuerdo de que, tras la comida, en la sagrada hora de la siesta, profanaba su quietud y subía de puntillas por aquella escalera, saltaba los bajos muros de la azotea y me encaramaba a los tejados como los gatos. Cuando llegaban las lluvias, siempre aparecía alguna gotera porque las tejas seguro habían sido  descolocadas por la ventisca de alguna tormenta, colegía mi padre juiciosamente. Aquella temeridad de recorrer tejados bajo el sol del verano era la libertad, guardar silencio era su precio.

Ya no me acuerdo de por qué dejé de pasear en bici por la carretera de Daimiel. Me acuerdo de que, al caer de la tarde, subía en la vieja bicicleta del abuelo Eugenio, una reliquia de mediados del siglo XX, enorme y pesada, y me dejaba llevar por la leve inclinación de aquella carretera que serpenteaba sinuosa por la llanura manchega, en donde las viñas trazaban largas hileras de frondosos sarmientos que se tanteaban a lo largo del líneo y terminaban entrelazados en el horizonte como unas manos que ávidas se buscan y al fin se encuentran. Detenida en el kilómetro seis, contemplaba la puesta de sol. Luego tocaba regresar, y entonces se templaban las piernas para vencer aquella fuerza a la que antes me había había abandonado sin necesidad de dar pedales. Aquel inmenso placer requería luego de aquel sacrificio.

Ya no me acuerdo de por qué dejé de pintarme las uñas con los pétalos de las flores de los geranios. Me acuerdo de que así lo hacíamos mi hermana y yo, con los geranios del patio de la abuela Juana, de cielo abierto, una frondosa parra que daba sombra en el verano, paredes encaladas y azuladas, en donde se iluminaban los verdes de las pilistras, los rojos de los geranios y claveles, y los amarillos y blancos de los rosales. La abuela Teodora no era amante de los patios con flores. El patio de esta era cuadrado, techado y oscuro, lleno de útiles de labranza y un botijo. La de botijos que se rompieron entre juegos y empujones por querer ser el primero en saciar la sed.

Ya no me acuerdo de cuándo dejé de cantar por el placer de cantar. Me acuerdo de un cancionero con notas de guitarra para principiantes: Perales, Victor Manuel, Franco Battiato, Serrat, Françoise Hardy... Tous les garçons et les filles de mon âge se promènent dans la rue deux par deux... Do, la, re, SOL... Cejilla en el segundo traste.

Y no existió motivo para dejar de hacer aquello, como tantas otras que se dejan ir o se pierden con el paso del tiempo. Simplemente un día ya no se hacen, o se sustituyen por alguna obligación. Se relegan para dejar paso a otras que nos apremian y nos roban el tiempo del juego, del ocio, de la risa, de la imaginación y de la tentación de lo temerario...

Un día ya no te acuerdas de cuándo fue que dejaste de jugar a la comba, y de buscar huevos en los nidos, y de hacer silbatos con los tallos verdes de los centenos, y de buscar cigarras entre los troncones de los olivos aún a riesgo de encontrar un avispero, y de pasear en bici, y de echar el vaho en los cristales de las ventanas y de los espejos para dibujar aviones con el dedo. Ni de por qué dejaste de ir al cine los jueves con los amigos, ni de echar la partida de ajedrez con tu hermana, ni de lavarte los dientes con tu hija pequeña frente al espejo... Un día ya no te acuerdas de por qué dejaste de hacer aquellas pequeñas cosas que te hacían feliz. Un día, cuando para ti ya no sirva de nada preguntarse, te gustaría decirle a quien amas que no deje de hacer esas cosas con las que se sienta feliz.




2 de junio de 2015

Ecuador

Junio. Pasan los días, que al final son años... El tiempo y su latido piel adentro, un latido que no ignoro que camina, a veces lento, a veces como un caballo desbocado, hacia ese otro tiempo, postrímero y, espero, aún lejano.

Como lejos queda ya enero y su amenaza disipada. Triunfo, al fin, de una esperanza palpitante, como el corazón de primavera que en todos los inviernos late, que Gibran evocaba en sus versos. Y qué bueno poderlo celebrar, y liberar ese aliento detenido mientras persiste la duda, y desinflarse, y dejar que fluya esa lágrima contenida que, al final, brota en señal de alegría. Llorar de alegría: ese llanto solo es posible con los años, cuando esa alegría evoca al dolor vencido, y en ese cóctel de emociones surge esa lágrima sanadora, ese llorar de felicidad. 

A la postre, en la vida impera el deseo de normalidad, de quejarse del calor y del frío, de lo insustancial de lo cotidiano, de esas pequeñas batallas con el quisquilloso vecino del piso de abajo, del roce con el compañero de trabajo, o la eterna lucha para que mis insumisas adolescentes recojan el baño tras la ducha y pongan un poco de orden en su cuarto. Qué anhelo de esas luchas, de la rutina y el trajín diario, cuando la amenaza de la vida nos abraza de nuevo. Y así fue con el hallazgo de ese tumor en la cabeza de mi siamesa, detectado en diciembre, y la inquietud a la espera de los resultados de cada prueba que arrojase luz. Y la luz llegó cuando un neurocirujano pronunció las palabras mágicas: Está ahí, dormido. Posiblemente ha estado ahí siempre. Y si él no se mueve, mejor no tocarlo.

La vida nos enfrenta a la muerte, es este un dúo inseparable. En mi profesión, a la enfermedad a diario, y a la muerte de allá para cuando. Tal vez es esa familiaridad con la muerte, y lo que conduce a ella, la que te enseña a guardar la prudente distancia para sentirla ajena, que sea su presencia un dolor que no te pertenece, evitable. Tal vez sea ese el exceso de frialdad que, a veces, se le critica a ese médico que nombra el cáncer sin reparos, que suelta el diagnóstico como un tiro en la nuca a sangre fría, y habla de la esperanza de vida y del deterioro que está por venir como si se tratase de una charla de jardinería. Esos escudos del alma: aparente indiferencia, frialdad, normalidad... Esa ausencia de calor o de afecto en unas manos que permanecen cruzadas o con un bolígrafo entre ellas, en una boca que mantiene su línea recta, en unas cejas que no se arquean.

Pero sucede que cuando tienes que nombrarla para referirte a uno de los tuyos, la barbilla se vuelve trémula, las manos buscan apoyarse en otras manos, sellar lazos, aunar deseos y esperanzas, como si con eso surgiese una fuerza irrefrenable capaz de vencerlo todo. Y te asalta el miedo a lo que vendrá, o al peor de los desenlaces... Sí, todo eso se agolpa en la cabeza, y nos aborda a lo largo del día aunque nos empeñemos en apartarlo con un gesto con la mano, como si se tratase de una mosca. Entonces, todas las perspectivas cambian: lo que es o no importante; el tiempo, en el que de repente sólo importa cada día, y que se vaya resolviendo lo que está entre manos: que vayan llegando las fechas, las pruebas, los resultados... y todo tenga un buen pronóstico, que es el eufemismo, en lenguaje técnicosanitario, de la palabra esperanza. Y todo quedó ahí, en ese susto, aunque todo esté ahí, tan profundamente dormido. Y es que queda tanto por vivir, a pesar de ser ya tanto lo vivido.

Se va una primavera seca, en la que apenas si se ha fatigado la pupila con el efímero verdor de los campos, con el rojo de las amapolas y el violeta de la lavanda meciéndose en las cunetas. Una primavera sin lluvia es como ese lecho al que nunca se le cambian las sábanas, un concentrado de humores que pide con urgencia ser aireado, purificado. Una sábana blanca ondeando al sol en un patio encalado, y un campo salpicado de florecillas silvestres y de rojas amapolas, esa es la primavera de mis pocos años encaramada a hombros de mi padre, cuando regresaba de sus faenas del campo. Esta primavera me ha mostrado a mis dos ancianos padres arrugados, dependientes, de hombros gachos y estrechados por los años que ya no pueden izar ni sostener infancias. Mis dos amados animales inconsolables, que escribió Saramago. Y aunque mi mirada sobre ellos siempre será la de esa niña oteando el horizonte sobre los fornidos hombros del padre, he aquí ese giro que me pone por delante, con el testigo ya en mano y sin poder echar a correr porque aún está asido en la otra parte. 

En este mayo recién acabado he cumplido años. Ya van unos cuantos. ¿Mi ecuador? He decidido que sí, que para llevar a cabo todo lo que me resta por hacer (que al cabo es vivir), tengo que doblar años, y voy sin prisa. He decidido que la vida me lo debe, para compensar tragos. Pero no lo hago por mí, lo hago por ella, que aunque no me lo ha pedido, estoy en deuda; le debo igualmente mucho tiempo perdido, tantos latidos al aire, otros tantos sin sentido... Días anodinos, meses de absurdas esperas, de señales equivocadas, de mi propio engaño. Aunque cada vez me convenzo más de que no hay tiempos perdidos, de que todo pasa por algo, de que algún día, como dice Peter Cameron en el título de una de sus novelas, todo este dolor nos será útil y habrá servido para algo.




10 de abril de 2015

La lectura

La lectura es remanso, es entretenimiento, diría que evasión... Es una necesidad, una cura, un placer... No es compañía, es, en muchos casos, compañera; tan fiel, tan paciente, tan generosa, da cuanto es, no espera nada, te deja ser, te permite crecer, no reprocha que la olvides ni que no le prestes atención, no exige explicaciones de dónde estuviste, se abandona contigo en la misma entrega... Qué cualidades tan maravillosas para el compañero de vida. Pues la lectura las reúne todas. En muchos casos, es una auténtica liberación, como la escritura, porque siempre se encuentra en las palabras de otros, en sus imágenes, en sus ideas, en esa ficción que no es otra cosa que un reflejo de la vida, de la realidad, de las emociones, de lo vital, siempre encuentras, decía, en esos otros que escriben, un trazo de ti mismo.

Y está esa lectura que es poesía, que se lee de forma especial, apta a cualquier hora, pero tiene su capricho vital, no siempre es su momento ni su lugar, o por el contrario, los tiene reservados ambos, momento y lugar. Uno no coge un libro de poesía y se lo zampa de una sentá, que se dice por La Mancha, sin parar, engullendo versos a dos carrillos y haciéndolos pasar con un trago de agua, percibiendo imágenes y pasando de una a otra como pasamos una pantalla digital, a golpe de índice. La poesía es como un buen vino, se huele y se paladea sin prisa. Una copa de licor en solitario, dando coba al contenido del vaso. Y debe de haber un umbral de saturación de versos que dosifica su consumo, por eso cualquier libro de poesía no se acaba nunca, se va y se viene siempre a él en busca del verso que define el momento, está siempre a mano en la estantería, en la mochila de viaje, o en el bolso, en esa biblioteca ambulante que es un e-reader. Algún profesor se cruzó en mi camino, clave para abrir boca con los nuestros: Quevedo, Góngora, Jorge Manrique, Becquer, Espronceda, Rosalía de Castro, Machado, Miguel Hernández, García Lorca... Poco conocía de la poesía sudamericana, pocas poetas, por no decir ninguna, salvo Rosalía. Amigos en mi vida he tenido, y tengo, que me condugeron a esa otra poesía escrita fuera de nuestras fronteras (a los que siempre estaré eternamente agradecida), y aprendo a conocerla, a leerla y a amarla.

¿Qué sucede en los colegios y en los institutos con la lectura? Recuerdo que en la escuela teníamos una clase que consistía en una hora de lectura. El libro eran fragmentos literarios para leer en clase, en voz alta, delante de todos y del profesor. Recuerdo ejercicios de redacción, tema libre, o las fechas obligaban: la Navidad, las vacaciones de verano... Nuestros chicos no saben resumir un texto, no le encuentran sentido a más de dos frases seguidas con nexos de unión. Su capacidad lectora es nula, parecen parvularios leyendo a empellones. No leen casi nada, por no decir nada, de ahí su incapacidad para resumir, concretar, acorralar la idea principal. Y de los pocos que leen y lo poco que se lee, sólo les motivan las historias de vampiros adolescentes o chicos que se convierten en lobos... ¡Loada sea la literatura juvenil! ¿Literatura? El caso es que lean, que lean algo... ¿El caso es que lean lo que sea? 

Mis hijas me han visto leer, desde pequeñas; les he leído cuando ellas no sabían leer, les he puesto libros en las manos desde su más tierna infancia, que han ido creciendo en volumen y temáticas al mismo ritmo que ellas. Sólo en una ha quedado algo, que cada vez tiene más abandonado. No ha bastado el ejemplo, la imitación de una conducta. ¿Cómo mantener ese interés, ese estímulo cuando se crece? ¿Cómo seguir sembrando esa semilla que requiere voluntad? ¿Cómo luchar contra esos inventos del demonio que les absorben su atención y su tiempo? Un libro frente a un móvil con WhatsApp y Retrica... Vayámosle preparando el ataúd al libro, enterrador. ¿Cómo hacerles entender que el conocimiento del mundo pasa por el conocimiento de las palabras, por comprender una idea incluso desordenada, que la lectura nos ayuda a eso, a poner puntos y comas aunque no los haya, a abrir paréntesis y cerrarlos y saber qué es lo que va dentro de ellos, por qué va ese contenido y no otro...? Leer es asirse a la realidad que nos cuenta una ficción. Leer es tener conciencia de que uno existe y de que otros también existen, tener conocimiento de lo diferente, de lo ajeno, de lo extraño, de que somos diversidad, aunque no se comprenda, porque a veces el mundo y sus cosas no tienen explicación ni necesariamente tiene que comprenderse... Para eso sirve esa cosa que es la lectura, semejante instrumento al alcance de todos, si se quiere.



25 de enero de 2015

El derecho a equivocarme

La libertad es, entre otras muchas cosas, el derecho a equivocarse. Eso le decía ayer a un buen amigo, hablando de ese errar en la vida. Sí, uno tiene todo el derecho del mundo a equivocarse, sobre todo cuando esa equivocación es el bumerán que te viene directo a la cara: Yo me he equivocado y sólo yo sufro las consecuencias de esa equivocación. Cierto es que, aunque errar es de humanos, si usted es el capitán de un barco con tres mil pasajeros, procure que la decisión sea la más acertada y no lo lleve a la deriva, hay en su decisión una responsabilidad más allá de la suya. Pero, aún así, usted tiene todo el derecho del mundo a equivocarse.

Como madre con hijas en edad adolescente, es una pregunta que me hago casi a diario: ¿En qué me he equivocado y me sigo equivocando? Cuando comparto mis zozobras con otros padres, llego a la conclusión de que no me estoy equivocando en nada, mejor dicho, me estoy equivocando en lo mismo que se equivocó mi madre y se equivocarán mis hijas: la impaciencia por verlos crecer y salir de esa edad laberíntica, de ese jardín de pasillos en los que ellos y nosotros vamos de un lugar para otro sin salir del mismo espacio, voceando, sabiendo que estamos ahí, pero sin encontrarnos. A veces, parece que ya estamos en la salida, que al fin nos encontraremos, y, en un giro inesperado, de nuevo alguno vuelve a adentrarse en el laberinto, y vuelta a empezar. Es complicado.


Sobre todo, el sentimiento de creer que te has equivocado es frustrante y doloroso, se siente uno como Marc Anthony, tan estúpido y tan ilógico. Hay cuestiones en la vida en donde no entra la lógica, y esas decisiones se escapan a toda razón, porque en tomarlas no entra la cabeza, son promovidas por otros ánimos. Y bueno, uno al final entiende que se equivocó, o no, porque bien es cierto que el fracaso de ciertas decisiones no dependen sólo de uno mismo. A veces, las decisiones dependen de un juego en donde uno conoce sus propias intenciones, pero desconoce las del otro. La equivocación se produce al errar en esa presunción de intenciones, porque a la postre se desvelan los distintos intereses, o los engaños. Esas equivocaciones se sienten especialmente, porque hieren en eso que no es carne ni hueso, el dolor está ahí dentro, sin un lugar específico, y dependiendo de cómo se levante uno por la mañana, hay días que es llevadero, casi ni se siente, y otros que araña como un gato. Es una herida en el amor propio, en el orgullo. una traición a la razón, a lo que creíamos dentro de nosotros un orden inalterable. Y cuesta restablecer ese orden que conlleva algo realmente difícil, una hazaña: perdonar los propios errores. 

Cuando Irene Villa presentó su libro 'Saber que se puede', le escuché decir muchas veces la palabra perdón. También hizo una diferencia entre el dolor y el sufrimiento. El dolor siempre está ahí, es inevitable. Es el sufrimiento el que depende de nosotros. Y si hay algo que haga la vida insoportable es convertirse en un eterno animal doliente, esa incapacidad de gestionar el sufrimiento y salir de él. Habló de perdón, perdonar para poder seguir, pero no solo a aquellos que le destrozaron sus piernas y la convirtieron en víctima inocente de una lucha ajena a ella, sino a sí misma convertida en víctima de sus limitaciones, que no era no tener piernas, era no ver más allá de aquella tragedia. Después, Irene Villa supo que se podía. 

¿Qué sufrimiento puede provocarnos una equivocación comparado con una tragedia que te cambia la vida, como la de esa mujer? Si siente una un poco absurda con semejante comparación. Claro, claro, a cada cual le duele lo suyo, y se sufre. Pero mañana volverás a equivocarte, porque es tu derecho y tu torpeza, también lo decía Julio Iglesias (que no es sólo Marc Anthony un pozo de sabiduría): Tropecé de nuevo y con la misma piedra... 

Somos así de vulnerables. Pablo d'Ors, en Biografía del silencio, dice algo así como que reconocer esa vulnerabilidad ante nosotros mismos y los demás es lo que nos hace querernos y que nos quieran. No somos perfectos, al contrario, somos un cúmulo de imperfección. Y ahí está la cosa, en saber que no es la primera vez que nos equivocamos ni será la última, por tanto, dejemos de flagelarnos, mejor darse uno una palmadita en la espalda y pasar página para seguir avanzando en ese libro que es la vida, que no significa olvidar, -pertenezco al club Perdono(te y me) pero no Olvido (sin acritud)-, porque nunca se olvida un libro cuando se concluye su lectura. Todo libro deja su poso, bueno o malo. Igualmente las cosas de la vida. Y ese es el que nos va haciendo, el poso que hay que transformar para convertirlo en una herramienta útil, no en un lastre que nos arrastre o al que arrastrar. 




16 de enero de 2015

Ya es invierno

Miro por la ventana de la cafetería la luz acerada de la tarde, la gente que cruza la plaza arrebujada en sus abrigos. A través de las partículas del cristal se cuela también su hielo. La luz de la tarde de invierno es así, como frío acero. Más gente; un grupo de mujeres que entra y va dejando un halo de perfume gélido, en busca de un asiento y del calor de un café. Se despojan de bufandas y guantes y gruesas prendas que depositan en los respaldos de las sillas. El chirrido de las patas de estás y de la mesa que recolocan, algarabía de voces hasta que definitivamente toman asiento.

Al fondo, en la esquina de la izquierda, un tipo con barba de pocos días y pelo revuelto, gafas en el punto equidistante de su nariz. Mira detenidamente el periódico del día, propiedad de la cafetería. Se distrae varias veces para mirarlas, a ellas, que ríen y comentan en voz alta lo que van a tomar. Después vuelve a perderse entre las páginas. Tres camareras van y vienen, revoloteando entre los clientes como abejas de flor en flor, retirando tazas vacías, acudiendo de nuevo con una gamuza, anotando en una libretilla que ha sido evocación de aquella en la que mi padre iba anotando las cuentas de gastos mes a mes. Diligentes, amables, con una sonrisa que desenfada el negro riguroso de su uniforme.

El llanto de un niño llega desde la esquina opuesta. La madre lo toma en brazos, la abuela le dedica unas carantoñas que el niño no atiende mientras se restriega los ojos y continúa llorando. 
Sobre mi mesa un eReader, en el comienzo de un relato de Pío Baroja, El trasgo, que transcurre en una tasca o casino, en donde la gente se arremolinaba para participar, o escuchar, de las conversaciones en torno a una mesa. No es el caso aquí, cada mesa es un planeta independiente con sus moradores o su único morador, vidas aparte sin roces ni familiaridad.

Aquí se viene a detener el tiempo, al momento sublime de la taza de té en 'La elegancia del erizo', de Muriel Barbery, a observar tras el cristal de una ventana cómo transcurre ahí afuera. Aquí nadie tiene edad; ni las mujeres que mojan el croissant en el café mientras desahogan sus desilusiones; ni el tipo de la esquina parapetado tras el periódico sin ninguna prisa por marcharse; ni el niño que llora de cansancio; ni las camareras que van y vienen deseando que acabe su jornada; ni esta que observa y ahora escribe... Pero ahí afuera el tiempo no se detiene, ya es invierno, definitivamente invierno.



15 de enero de 2015

Lo contrario de la felicidad

Pongamos los antónimos patas arriba. La infelicidad no es lo contrario de la felicidad, es otro estado, es la peor suerte que puede correr el ser humano: vivir en permanente estado de infelicidad (salvando a la muerte, aunque esta no me parece la peor de las suertes cuando se ha culminado el ciclo vital. La muerte es una liberación, la paz definitiva e inapelable). Pero decía, la infelicidad no es contrario de felicidad, de la misma manera que lo contrario de blanco no es negro. ¿Quién dice que lo que no es blanco tenga que ser negro, o viceversa? Puede ser rojo, azul, marrón... ¿El contrario de azul? Puede ser blanco, negro, verde, todo haz cromático que sea diferente al suyo. 

Gregorio Luri, filósofo (y parece que pedagogo), afirma, en su libro 'Mejor educados", esto que acabo de exponer en el párrafo de arriba, que lo contrario a la felicidad no es la infelicidad. También dice, hablando de nuestros niños, que no todas las infancias son felices, existen infancias terribles, lo cual es muy cierto. Y también afirma que la sensación de haber sido o no feliz se percibe al final de una vida. La mirada con perspectiva, que digo yo: Aléjate del objeto y serás capaz de percibirlo en todo su contexto, con todo lujo de detalles. Pega la nariz al objeto y sólo conseguirás bizquear y ver borroso. Pero no es necesario llegar al final de la vida para tener consciencia de la felicidad o infelicidad de nuestra infancia. La edad adulta ya te ofrece suficiente distancia como para saber si fuiste un niño o niña feliz. Fui una niña feliz, fui una adolescente feliz... ¿Puedo afirmar que soy una adulta feliz? Tal vez en mi vejez (de aquí a otros cuarenta años) me haya alejado lo suficiente de la realidad de hoy para poder afirmar con un sí sin peros. ¿Puedo decir que soy infeliz? No, categóricamente no puedo afirmar un sentimiento de infelicidad, porque en mi manera de ver el mundo no concibo esa derrota moral. 

La vida es lucha, desde el primer momento. Unos espermatozoides recorren como locos un túnel inacabable, esas trompas de Falopio, en busca del óvulo. Primera batalla con un único vencedor, salvo sorpresas. Después, ese rudimento de vida rueda de nuevo por el mismo túnel, desanda el camino para adentrarse en lo que será su lecho, su claustro... Y sigue esa lucha hormonal para hacer viable tal milagro. Y se nace, y uno no sabe por qué, pero alguien ya le está arreando en las nalgas, o en la espalda... Y la vida se abre paso llorando con rabia, con una rabia infinita, como ese aullido interminable que nos empuja, que decía el poeta, y ya no te permite volver atrás. Y somos niños extrovertidos, o tímidos, u osados, o miedosos... y cada día conlleva pequeñas luchas que, en esa inocente inconsciencia, la infancia resuelve de una manera u otra. Y luego crecemos, y somos esos hombres y mujeres con un umbral de tolerancia a unas cosas u otras, con distintas capacidades y aptitudes que nos enfrentan a la vida adulta... Y la sociedad nos está esperando ahí, dice Gregorio Luri, sin importarle mucho o nada lo feliz que eres o dejes de ser, sino la capacidad que tienes de saber hacer cosas, de ser útil para ella, para esta que hemos creado... Por eso, dice Luri, que no hay que educar para ser feliz, que luego viene el estrellarse contra el muro de la sociedad que no perdona al inútil, y eso sí te puede provocar una gran frustración e infelicidad. Y algo de razón lleva Gregorio Luri. Pero llegados a este punto, yo me acuerdo de Lennon y la famosa anécdota que se le atribuye: "Cuando fui a la escuela, me preguntaron que qué quería ser en la vida. Yo dije "feliz". Ellos dijeron que yo no había entendido la pregunta. Yo les respondí que ellos no entendían la vida". Y ciertamente, no hay que educar para ser feliz, porque la felicidad no es ningún fin, ni es susceptible de educación alguna, es un modo de sentir (de ser) la vida. Por tanto, les deseo que sean (vivan) ustedes felices, aunque aún, probablemente, no sepan que lo son.


4 de enero de 2015

A la conquista de la vida

La montaña se ha cobrado otra vida, dice un noticiario de televisión. La carretera se las cobra a diario, también el mar. Infortunios, muertes evitables (pensamos desde la cordura y el acomodo en nuestro asiento): un despiste, un alarde de osadía, la temeridad de salir al mar, o querer sentir su bravura desde la orilla en un día en el que él se agita inclemente y despiadado. Un golpe de ola, un fallo en un arnés, entrar a cien en una curva en donde reza sesenta... y se acabó.

Existe, tal vez, un tipo de ser humano en constante evasión. Busca evadirse de esa vida cómoda (o no tan cómoda) y establecida. La rigurosidad de la norma, la asfixia de lo convencional, la claudicación a lo que "debe ser". Busca la emoción para su espíritu, algo que lo aproxime a la libertad, aquella ancestral, como esos caballos de las praderas americanas que corren sin rumbo, sin destino ni fin, solo por correr. Corre tras los sueños, así es un poco la escritura, así es el reto de cruzar un estrecho a nado, así la osadía de escalar en la verticalidad de una roca inasible... 

Es una manera de caminar por la vida, con esa imprudencia, retándola... Es una manera de vivir, y algunos no sabemos vivirla de otra manera. Podríamos intentar vivir como otros tantos: hacernos hueco en un sofá y verla fluir por la ventana, admirar los golpes de olas en el televisor, 23º C en la calefacción mientras nieva ahí afuera, tomar el paraguas si llueve o por si llueve, sortear los charcos antes de ser llovidos, caminar mirando hacia los balcones por si cae una maceta (so pena de pisar una mierda de la acera)... ¡Viva usted con precaución! Olvídese de esa locura que es vivir más allá de lo que le conviene. La voz de la comodidad es ese angelito con alas que se posa en el hombro y te recuerda que el corazón no está hecho a prueba de tanta bomba emocional, que te llama al orden. Y, a veces, depende de lo mermadas que vayan las fuerzas, incluso te convence, y te abandonas de nuevo a la rutina de ir sobreviviendo. 

Pero siempre habrá alguien que vuelva a inquietarnos, que muera en la cima de una montaña y despierte una idea: murió haciendo algo que amaba y le hacía sentirse libre. Y también puede suceder que alguien se acerque de nuevo, sin ningún miedo a ser tragado, a un acantilado desde donde contemplar ese mar violentado; alguien volverá a mirar hacia una cima y avanzará con paso firme hacia lo alto; alguien pisará el acelerador de un coche contemplado el sol sobre el horizonte... Y tal vez ese día no suceda nada irreparable, y cada uno regresará a casa con la sensación de haber sido libres, de haber "conducido sus sueños por donde sus ojos los soñaron...", algo así dijo Gaston Rébuffat, alpinista francés que no sólo abrió cientos de rutas entre las montañas francesas, también sumó a ello unos cuantos libros en los que hablaba del peligro de la montaña, y en donde también exponía, en una hermosa prosa, la exaltación de la conquista de una cima. Gran metáfora.

Vivir es peligroso, pero nada más hermoso que la exaltación de la conquista de sentir que realmente estás vivo.


29 de septiembre de 2014

Mirar hacia delante

Se atribuye a Woody Allen una frase que dice algo así como Me interesa el futuro porque es el sitio en donde voy a pasar el resto de mi vida... No deja de ser curiosa por ese atribuir al futuro (tiempo) un espacio físico: el futuro es el sitio (una habitación, una calle, una ciudad, un país)... El futuro es ese sitio en donde nos moveremos mañana, y pasado y al otro... El futuro es ese lugar que nos espera al doblar la esquina del presente. Podría decirse que el futuro es ir haciendo presente.

Un libro que me cautivó de especial manera, y que no hablaba del presente ni del futuro, sino precisamente de volver al pasado, fue el de María Luisa Elío, Tiempo de llorar. Un canto de nostalgias que condensa en una frase: "Y ahora me doy cuenta de que regresar es irse". Las impresiones recibidas de aquella lectura renacen en los últimos tiempos, cada vez que regreso a los lugares de infancia, de juventud, a la que ha sido siempre (y es) mi casa paterna, mi patio, mi calle, mi pueblo... aquellos sitios en donde pasaba el resto de mi vida y que hoy es ya pasado. Podría decirse entonces, parafraseando a Allen, que el pasado es ese sitio en el que se va quedando nuestra vida y en el que, tarde o temprano, quedará toda entera. Todos seremos pasado, y los lugares en donde aconteció todo lo que fuimos algún día dejarán definitivamente de hablar de nosotros. Como María Luisa Elio, seremos unos exiliados en el tiempo, a los que volver a los lugares en donde pasábamos la vida supondrá una traición al recuerdo, porque nada de lo encontrado será como lo que guarda la memoria. 

A veces aparco justo enfrente de un portón de la casa en donde vivieron mis abuelos maternos. Han cambiado la vieja puerta de madera, desvencijada por el sol y la lluvia, por otra de metal. Nadie vive allí, y permanece siempre cerrada y muda. El olvido es una casa cerrada a cal y canto que se desconcha lentamente por dentro. Me agacho a mirar por un pequeño resquicio entre el portón y el muro de piedra, queriendo ver el viejo patio, los montones de leña que mi abuelo apilaba bajo un porche para el invierno... No consigo ver nada, salvo maleza. Cuando me incorporo, alguien me observa tras unos visillos desde una ventana de enfrente. Ella sabe quien soy y por qué hago cocos a través de ese agujero. Sabe que allí transcurrieron los primeros años de mi vida: tardes de domingo, días de verano, visitas por Navidad. Ella, supongo, que también siente esa ausencia. Y es en ese otear entre rendijas y ya no ver nada de lo que un día existió cuando sobreviene eso de regresar es irse. Mejor irse, o mejor, no querer volver.

A lo pasado hay que buscarle acomodo en los adentros, un rincón donde permanecer en forma de recuerdo, un recuerdo que el tiempo convertirá en una vaga idea que no encontrará su réplica volviendo atrás, porque el pasado, el pasado amado, sólo encuentra su consuelo en el recuerdo. Y cuando se ha amado realmente: a la tierra, a tu gente, a los amigos que quedaron en el camino... ni la propia muerte es capaz de llevarse lo mejor de ellos, los más gratos momentos vividos. Esos permanecen ahí, inquebrantables, en la memoria. Pero el futuro está aquí, es mañana mismo, y a ese mañana que está ahí delante se le mira de frente, con interés, porque es el sitio en donde se va haciendo mi vida, el resto de mi vida.