26 de mayo de 2018

Para no morir tan aprisa

Acabo de cumplir cincuenta y un años. Hace once años que abría un primer blog. Lo recuerdo porque escribí una entrada en la que decía que cumplía cuarenta años, que posiblemente estaba en el punto de inflexión. Un seguidor, Julio Teruel, me felicitó, puso un comentario desenfadado, simpático, y me decía que estaba en el mejor momento de la vida. Mañana y mañana y mañana... nos va cambiando hasta convertirnos en otro, esa otredad que se gesta y que hay que dejar que se manifieste para poder ser en esta otra realidad. Y no hay puntos de inflexión, no, llevaba razón aquel joven amigo. La vida no deja de describir una gráfica, algo así como el trazo de un electrocardiograma, con una frecuencia y líneas que suben y bajan, que se estrechan o se alargan, y que estos nada tienen que ver con los años y sí mucho con instantes vitales.

Y a lo largo de estos años hemos cambiado a veces casi sin querer, incluso resistiéndonos al cambio. A aquel primer blog, le han seguido otros cuatro o cinco, siempre en un intento de dar salida a aquello que tenía necesidad de contar, o para no repetirme hasta la saciedad,  o en busca de otros respiraderos, o tal vez de hallar una única voz... Hay cosas que no cambian; me sigue gustando cantar y me sigue gustando escribir, porque escribir es como cantar en el silencio. Ahora, cuando canto, los agudos empiezan a ser más graves, y cada vez me cuesta más llegar a notas más altas. Esa gravedad de la voz madura. Esta otra voz, esta voz reconvertida o renacida o mutada o evolucionada. Otra voz. En la escritura sucede lo mismo: hay otra voz, tan distinta a aquellas primeras voces que casi no se reconocen entre ellas. ¿Cuál es la auténtica? Todas, todas lo son. ¿Con cuál me quedo? Con todas. No asumir que he sido todas ellas es dejarme muda, renegar de aquella que he sido, falsificar a la que soy.

Siempre me gustó bailar, bailar y bailar; es como una liberación. Me sigue gustando bailar, que la música invada el cuerpo, que lo haga suyo. Y lo mueva.
Ya no me gusta ver fotografías de instantes pasados, son como el dolor, un dolor repentino, como una punzada en el costado que me obliga a mantener la respiración con la esperanza de que desaparezca. Aunque sea una foto en la que la gente esté sonriendo y parezca feliz.

Me gusta la lluvia mansa e infatigable. Y esa que se desata como un vendaval que pareciera querer barrerlo todo sobre la faz de la Tierra y dar la opción de un "volver a empezar". Esta primavera es una de las más hermosas que recuerdo; por la lluvia, por la luz, por los cielos revueltos, por el renacer de los ríos, por el extraño verde de las encinas.

La vida, la mía, le ha dado un gran valor a la palabra amistad. Apenas si tengo amigos (de verdad, aunque sobra esta aclaración), y eso los convierte en seres excepcionales e irrenunciables. Y en estos años, la vida ha pasado de una velocidad de crucero en una misma dirección a una extraña impotencia de vivir. Y desde hace tiempo aprendo a vivir en esa de impotencia de vivir. Cuando lo vi escrito en el libro de José Luis Cancho, 'Los refugios de la memoria', no pude evitar que me ardieran los ojos, como si fuesen a llorar ante el hallazgo de semejante definición, del acierto en la definición de ese nuevo estado, de esa nueva forma de estar en la vida. Se trata de aceptar esa impotencia y refugiarte en lo que te aviva, como la lluvia que no cesa en este cielo de primavera.

Alguien nos olvida de manera perfecta, dijo Cohen. Alguien nos escribe, nos rescata, de manera perfecta, digo yo. La lectura también es un camino de salvación.

El día en que murió Cohen, pensé en esas pérdidas que nos deshabitan, como esos lugares en donde fuimos y ya no nos reconocen. Somos seres melancólicos (inconsolables, decía Saramago), porque, de alguna manera, la vida es una sutil disección que nos va despojando, como el otoño en su misión, de todo aquello que creímos sólido y eterno.


Vivir es un hacerse y deshacerse continuo, hasta que ya no quede nada que nos reconozca. No somos huella indeleble, acaso el humo de un avión sobre el azul del cielo, que se va ensanchando hasta parecer la cola de una nube. No existimos para nadie, en todo caso somos un instante del pensamiento y del azar. Y cada año que pasa también nos convertimos en esa hoja que cae en la memoria de algo o de alguien para quien ya somos olvido y desmemoria.
Para no morir tan a prisa hay que entregarse a vivir, y no abandonar el intento de dejar por escrito el rastro que nos deja.

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