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8 de marzo de 2015

Amaneció así




Hoy, el invierno amaneció así
de tan azules trazos
y deslumbrante luz,
de inequívocos anuncios de primavera.

Si de inviernos idos los hubo iguales
de tal cosa ya no hay memoria,
algo clama en este instante
que nunca hubo amanecer como este.

Liviana es la mañana y su aire tibio
cual velo de seda sobre la piel,
cual pétalo desprendido de flor de almendro,
que, resignado y lento, se posa sobre el suelo.

Pudiera ser ese azul unos ojos de mar,
un cachito de cielo
en donde un pájaro ensayó una forma insólita de vuelo,
mas esos que a mi alma encogen
tienen el color árido de un puñado de tierra
y el brillo desmedido de una pena.

Se acabará la flor del almendro
porque todo tiene que acabarse,
como unos ojos se cansar de mirarse en unos ojos,
como nace y muere un deseo.

Pero hoy, hoy amaneció así,
con tan azules trazos
tan deslumbrante luz
de inequívoco anuncio de primavera
Y tal vez hubo algún amanecer igual
pero de tal cosa ya no me acuerdo. 









7 de febrero de 2015

Tarde de febrero

El cielo está blanco, como el frío. Hoy no sopla el viento, sólo nos rodea un frío blanco, como el cielo, como la cal de la pared de piedra. Un frío que chupa la cara y afila los dedos de las manos y los hace escurridizos sobre las cuerdas de una guitarra, sobre el teclado del ordenador. De las nieves del norte nos llega su halo, su aliento helado que amenaza con quebrar la rama tierna del cerezo. El limonero, en un alarde de resistencia, muestra flores de azahar, tímidas y ateridas entre las hojas. El amarillo de los últimos limones parece enfermizo, macilento, como si el fruto estuviese sin jugo por dentro y eso robase el esplendor a su color. El pequeño huerto son restos de matas abatidas y grises, un cementerio. El patio es un invierno manifiesto, sin ningún presentimiento de próximas primaveras.

El rincón más agradable de la casa sigue siendo la cocina. Una estufa de leña bufa con su panza incandescente, como un pequeño infierno en donde los troncos de olivo crepitan y se retuercen. Su calor de hogar, acogedor y soporífero, se expande por toda la estancia. Desde un ventanuco, por donde apenas se cuela la última luz de la tarde, se ve caer el sol al otro lado de la pared de piedra.

Me alcanza el recuerdo a aquellas lejanas tardes del mes de febrero. Por este mismo ventanuco, veía al padre y al hijo mayor salir de los porches tras terminar la faena del ordeño, portando los termos rebosantes del líquido níveo... siempre sobre esta hora de la tarde, como dos siluetas que parecían confundirse con el empedrado del patio, ambos en mangas de camisa, sudorosos y despechados, retando al frío que los recibía tras el cobijo del calor de los animales. La madre acercándose a echar una mano, ofreciéndose a portar alguno de los termos o de los cubos que sostiene el hijo, y este, orgulloso, rechazando la ayuda.

Se apaga la tarde, y el recuerdo de esos dos hombres se desvanece entre el ruido del televisor y las voces jóvenes que se acercan por el pasillo preguntando por la merienda. Hay escenas que no cambian, tan solo cambian sus protagonistas, como esta del momento merienda, de los niños alrededor de una mesa y una madre ofreciendo alternativas: la onza de chocolate, una cata de pan en aceite, pan con tomate... Otras no volverán a repetirse jamás. El padre y el hijo, en manga de camisa y despechados, solo se repetirá en la memoria, de tarde en tarde, cuando en un sábado gris de febrero vuelva a posarse la mirada en ese ventanuco y observe el frío blanco de ahí afuera, y el sol poniéndose tras el muro de piedra. Y al volver la vista hacia la estancia se detendrá sobre un anciano que dormita en un sofá, al calor de la estufa de leña, bien abrigado, como si toda la ropa que lleva encima le fuese insuficiente para ahuyentar su frío: el del vigor ido, el de su cabello ralo y canoso, el que siempre provoca la ausencia del hijo que ya no camina a su lado cargado con dos termos.


21 de enero de 2015

Paisajes de invierno



Latente espera  la amapola en las riberas
Entre la niebla se acalla el pájaro y su trino
Claudicaron las rosas cabizbajas y mustias
 en los jardines grises del invierno.

Gotas de agua sorprendidas por el frío,
ateridas sobre las ramas
como una lágrima que brota inevitable.

Se abre la mañana
y entre sus filos se arrice un corazón tembloroso
y su esperanza.

Un quejido de sol se alza sobre el horizonte,
su  halo aúreo se vierte sobre el campo yerto.
Exhala la tierra su vaho,
como el dolorido aliento del alma helada en su deshielo.




16 de enero de 2015

Ya es invierno

Miro por la ventana de la cafetería la luz acerada de la tarde, la gente que cruza la plaza arrebujada en sus abrigos. A través de las partículas del cristal se cuela también su hielo. La luz de la tarde de invierno es así, como frío acero. Más gente; un grupo de mujeres que entra y va dejando un halo de perfume gélido, en busca de un asiento y del calor de un café. Se despojan de bufandas y guantes y gruesas prendas que depositan en los respaldos de las sillas. El chirrido de las patas de estás y de la mesa que recolocan, algarabía de voces hasta que definitivamente toman asiento.

Al fondo, en la esquina de la izquierda, un tipo con barba de pocos días y pelo revuelto, gafas en el punto equidistante de su nariz. Mira detenidamente el periódico del día, propiedad de la cafetería. Se distrae varias veces para mirarlas, a ellas, que ríen y comentan en voz alta lo que van a tomar. Después vuelve a perderse entre las páginas. Tres camareras van y vienen, revoloteando entre los clientes como abejas de flor en flor, retirando tazas vacías, acudiendo de nuevo con una gamuza, anotando en una libretilla que ha sido evocación de aquella en la que mi padre iba anotando las cuentas de gastos mes a mes. Diligentes, amables, con una sonrisa que desenfada el negro riguroso de su uniforme.

El llanto de un niño llega desde la esquina opuesta. La madre lo toma en brazos, la abuela le dedica unas carantoñas que el niño no atiende mientras se restriega los ojos y continúa llorando. 
Sobre mi mesa un eReader, en el comienzo de un relato de Pío Baroja, El trasgo, que transcurre en una tasca o casino, en donde la gente se arremolinaba para participar, o escuchar, de las conversaciones en torno a una mesa. No es el caso aquí, cada mesa es un planeta independiente con sus moradores o su único morador, vidas aparte sin roces ni familiaridad.

Aquí se viene a detener el tiempo, al momento sublime de la taza de té en 'La elegancia del erizo', de Muriel Barbery, a observar tras el cristal de una ventana cómo transcurre ahí afuera. Aquí nadie tiene edad; ni las mujeres que mojan el croissant en el café mientras desahogan sus desilusiones; ni el tipo de la esquina parapetado tras el periódico sin ninguna prisa por marcharse; ni el niño que llora de cansancio; ni las camareras que van y vienen deseando que acabe su jornada; ni esta que observa y ahora escribe... Pero ahí afuera el tiempo no se detiene, ya es invierno, definitivamente invierno.



26 de marzo de 2013

Blogueguería 147: Y esta primavera que no llega...

Pinta invierno. Mal tiempo para la bipolaridad, se reagudizan los extremos emocionales. Empieza a afectar eso de asomar el morro por la puerta de la cochera y encontrarse de nuevo con la lluvia dispuesta a calar el ánimo. Ya va tocando, se añora, el calorcito en la espalda, ese que se agradece como un relajante masaje cuando asoma el tibio sol primaveral sin la insidia de la horizontalidad verticalidad del verano. Se resiste, pareciera que esta primavera solo asomó las narices y se largó diciendo hasta más ver. Vendrá luego que para qué las prisas, eclosionando y esparciendo todos sus pólenes a un tiempo, tiñendo los campos del rojo amapola entre el verde amarillento, tonalidad  que me recuerda La vigne rouge de Van Gogh, antes de que el prisoso estío lo convierta todo en los campos de Machado.


La exaltación de la primavera agota los sentidos, también es cierto, pero desenvolverse permanentemente en la grisura pesa en los zapatos, y en los párpados, como parece pesar la niebla cuando se aferra al asfalto. Los grises no quieren dejar paso a los tonos pastel, a los celestes y los pistachos. El gris en la ropa y en las caras, en ese gesto contraído y contrariado por ese frío que no se termina de ir de la epidermis. 

Eso pensaba hace un rato, en esas caras de invierno, de ceño fruncido y pálidas mejillas, cuando me he cruzado en la General Aguilera con Morote Esquivel, ese escritor de aquí, eslogan que rezaba en un cartel con sus libros, que coloca en el suelo, al lado de su mochila. A veces él también se sienta, o permanece en pie a escasos metros de ellos, custodiando y a la espera de algún transeúnte interesado. Le han crecido; antes solo tenía dos, ahora creo haber contado cinco. Ignoro quien le edita, él los vende en la calle. Hoy tenía otro eslogan: No se admiten consejos, sé equivocarme yo solo. Tiene cara de pocos amigos, de retorcido invierno, Morote Esquivel, tal vez es un gesto fingido y el tipo es enrollado y simpático, o tímido (me gusta la timidez en los hombres), o es su excentricidad de escritor... Será este tiempo, me he dicho. He buscado en Google, claro, no es que no le considere capaz de una frase original, pero esa concretamente no es suya, se atribuye a la actriz mexicana María Félix. Todo está dicho.

Lo cierto es que no me gusta ese gesto de caras invernales, no es de infelicidad, es de crispación. Prefiero vivir infeliz a vivir crispada. Ese gesto acentúa las arrugas del entrecejo, marca dos bien pronunciadas y casi simétricas, y es como si contrajese la cara y la aproximase a un punto medio. Se hunden los labios por la constante contracción, casi desaparece su color y su tersura, se confunden con el resto de la cara y se curvan hacia abajo. No, no quiero caer en ese gesto, prefiero estar desenfocada que contraída, prefiero la infelicidad que me anima a la búsqueda, al anhelo de esta primavera que no llega, pero llegará...

5 de febrero de 2012

Blogueguería 48: Frío

Calienta las manos con su taza de café. La abraza entre sus dedos y aguanta el calor que casi quema, pero se permite ese placentero masoquismo del dolor del deshielo. El cielo es gris, la calle es gris, la gente que cruza parece gris, el bar es también una calle gris, así se llama: La calle, y su interior gris oscuro. Suena una canción gris. Un cliente gris y vestido de gris se dirige a la puerta mientras rebusca en sus bolsillos un paquete de tabaco. Frente a ella una especie de pequeña fuente decorativa que contiene fina arena de playa con los restos de tardes consumidas en cenizas, arena de playa gris. Le apetecería fumarse un cigarrillo, piensa, pero hace casi tres años que ya no fuma, ni siquiera tomó la decisión de dejarlo, de repente un día se dio cuenta de que hacía tiempo que ya no fumaba. Tal vez algún día vuelva a fumar igual que lo dejó, sin darse cuenta. Hay pasiones que ha dejado de la misma manera, de repente un día se dio cuenta de que ya no las sentía. No sabe, puede que algún día...  

Continúa mirando la calle a través de la puerta acristalada. No le gustan los bares y las cafeterías que no dejan asomarse al mundo. A ella le gusta mirar la calle desde el interior de las cafeterías, como si fuese su particular butaca de cine y ella la espectadora de un cortometraje improvisado, hoy en blanco y negro. El invierno impone una desnudez que la seduce; el vacío de las calles y las plazas. También su inclemencia.
El hombre de gris, un anciano casi, o lo parece, apura su cigarrillo. Lo hace al abrigo de una esquina, solitario, y solitario regresa para volver a sentarse en su solitaria mesa frente a una solitaria copa de coñac . La puerta se abre y deja entrar un ráfaga de frío invierno que destempla por breves instantes.

Toma un sorbo de su café ya templado, aromático, algo amargo por su costumbre de poner solo la mitad del sobrecillo de azúcar. Siempre que abre un sobrecillo se acuerda del anacrónico terrón de azúcar. Lo ponía sobre el café y le gustaba ver cómo absorbía el líquido y su color café con leche, como la metamorfosis del camaleón. Lo soltaba antes de completarse el proceso y observaba las burbujitas de su irremediable disolución.

Sigue mirando la calle que hoy es un escenario vacío, solo una pandilla de adolescentes la cruzó hace breves minutos, con su griterio adolescente, sus desgarbados andares adolescente y sus adolescentes caras de frío. Ahora se detiene una pareja joven en el centro de la escena. Ella intenta recolocarse una bufanda roja, un rojo vivo que destaca sobre el fondo de esta tarde gris. La escena le recuerda una secuencia de La lista de Schindler, aquel abrigo rojo rodando entre los cuerpos grises... Él le retira las manos y ahora son las suyas las que le recolocan la bufanda roja alrededor de su cuello. Lo hace despacio, en un gesto tierno, ella se deja hacer, cuando termina la besa en los labios y continúan su camino. Un tibio beso en los fríos labios de una tarde de frío invierno... Un último sorbo de un café que se quedó frío.