29 de noviembre de 2011

Blogueguería 28: Fotos

La DGT, amablemente, comunica por carta la caducidad inminente del carné de conducir, tras diez años de vigencia desde la última renovación. Ese documento color rosa, de tan rudimentario diseño, hoy que todo tiende a una apariencia tecnológica, moderna... tan poco práctico por su tamaño, cuando igualmente el diseño de los documentos o tarjetas se reducen o aplanan para ocupar el menor espacio posible y ser cómodamente manejable, y cuya manera de identificarnos, teniéndolo que mostrar ante el requerimiento de la autoridad, es igualmente arcaica comparada con los novedosos y precisos métodos tecnológicos de identificación, como pueda ser una huella digital intransferible o la lectura del iris. La guardia civil de tráfico debería portar un aparatito última generación (si no existe, tendría que inventarse) capaz de identificarnos como conductores, sin necesidad de andar revolviendo en el bolso o en la guantera del coche.

Recuerdo que me ilusionaba el cambio de foto en las dos o tres primeras renovaciones del carné de identidad.  Más que ilusión, era la impaciencia por cambiar una imagen con la que ya no me identificaba, o la imperiosa necesidad de pertenecer al mundo de los adultos, que quedase constancia de que se había producido un cambio importante y había que reflejarlo con esa nueva imagen más fidedigna y actualizada que la de aquella otra, adolescente e inmadura, capturada sobre un fondo pajizo, con la huella del acné de la pubertad, la mirada inocente bajo unas cejas sin perfilar y el pelo corto sin un estilo definido.

Después, todo cambia, y llega un momento en el que ese cambio de documento (y de esa foto que lo acompaña) ya no es necesario cada cinco años, sino cada diez. Los cambios que se esperan no serán tan importantes como para alterar la asentada fisonomía, es como ese periodo ventana de la manzana madura que se recoge del árbol y que aguanta en el compartimento de la fruta un mes, tal vez dos, inalterable, hasta que un día su piel comienza a arrugarse, o a pudrirse su interior... Esa imagen de los treinta y tantos que permanecerá inalterable hasta los cuarenta y tantos, aunque por nosotros pase inapelable la vida, aunque incluso nos sobrevenga inesperada la muerte.

Como también llegará el momento en el que ya no sea necesario renovar el carné de identidad, porque ya dan igual los años arriba o abajo, ni sea aconsejable seguir conduciendo (ignoro si incluso se prohibe por motivos de seguridad víal)... creo que esto último lo llevaré mal. Mientras tanto, seguiremos renovando la foto, aunque ahora, más que una emoción, parezca que cambiarla es envejecer un poco más.


27 de noviembre de 2011

Blogueguería 27: El ojo invidente

Esta fotografía pretendía capturar los colores de un arcoíris que nacía a pie de monte y moría en mitad del cielo. Fui testigo ocular de esa realidad.
Hay espejismos que parecen realidades, hay realidades que se desvanecen como espejismos.



Desde el asiento trasero. Tarde de noviembre.

25 de noviembre de 2011

Blogueguería 26: Fracaso

Esta entrada sería más propia de El diario de un nadalista, que compruebo que su última entrada está dedicada también a un fracaso: la muerte de Simoncelli. Arriesgar y perder. En cualquier caso, la muerte, además de poner fin al misterio de la vida, es la putada más grande que nos tiene reservado el destino. Y mientras llega, la vida y sus intríngulis comprenden ese gran misterio que es vivir.

Leía esta tarde un estado de la página oficial de Nadal, en facebook, acompañado de una foto a contraluz de un Nadal tímido, escondido en su propia sombra. Un Rafael Nadal que no pasa por su mejor momento, una vez más. Un Nadal abatido, moralmente minado. Ya sufrió una etapa parecida hace un par de años, cuando muchos que se llaman sus seguidores lo daban por acabado. Tras superar aquello, volvió a ser número uno, volvió a emocionarnos en la pista de tenis y les devolvió la fe a los incrédulos. Quienes amamos el deporte, no solo como entretenimiento sino como filosofía de vida, interiorizamos ese fracaso por lo que conlleva: un esfuerzo no recompensado, un tiempo que parece perdido, una búsqueda de recursos ineficaz y un desgaste psicológico y físico cuyo resultado es el fracaso. Como diríamos en enfermería cuando un paciente, a pesar de poner todo de su parte, no logra los objetivos marcados: Un manejo ineficaz del régimen terapeútico. Un irse de las manos la situación sin poderlo evitar.

Coincidía con esta mala racha profesional y de contínuas lesiones, una mala racha personal: la separación de sus padres. Coincide ahora, o eso se lee en prensa, otra mala racha afectiva: desavenencias con su entrenador, y tío del deportista, Toni Nadal. Y no es extrañar que esa desarmonía afectiva con el hombre que le enseñó a jugar al tenis con la zurda siendo diestro, que le ha ayudado a crecer profesional y humanamente desde que pisó una pista de tenis, influya decisivamente en el desgaste del gran luchador.

Suele pasar, el desajuste emocional que todo intríngulis vital  provoca, nos descoloca, nos desarma, nos hace bajar el rendimiento y dejamos de estar al cien por cien, incluso nos resentimos físicamente, como si nuestro sistema inmunológico se abandonase igualmente a ese desorden que parece imponerse. Es entonces cuando hace su aparición el fracaso, ese decepcionante sentimiento que trae consigo su reducido tallímetro y su ánimo gris, nos sentimos diminutos y la tristeza parece envolverlo todo, como una niebla espesa que se aferra al asfalto sin dar opción a la claridad.
La vida nos empuja (como un aullido interminable, dejó escrito Goytisolo) y hay que aprender a aprovechar la fuerza de su empuje sin descalabros, tal vez entenderla como un deporte, y un buen deportista sabe que toda sensación de fracaso es pasajera.

23 de noviembre de 2011

Blogueguería 25: Un cuarto de blogueguerías

A veces me pasa que quiero un día gris en donde camuflar mi sombra.
Y me pasa que doy al replay cien veces hasta que, al fin, brota una lágrima con una canción de Lennon.
Pero sólo a veces pasa.

21 de noviembre de 2011

Blogueguería 25: Instalarse en el futuro

"Me interesa el futuro porque es el sitio donde voy a pasar el resto de mi vida". Esta frase se atribuye a Woody Allen. Una frase inteligente que describe una postura inteligente, una actitud inteligente frente a la vida: vivir el presente con la mirada puesta en el futuro más inmediato, en el próximo segundo, en el próximo minuto, en la próxima hora, en lo que traerá esta noche, en lo que vendrá mañana... en los días que suman tiempo, en ese tiempo que al final son años, en esos años que describen una parábola con forma de barriga que dibuja nuestra vida. Un instalarse permanentemente en el futuro.

Ese es el espíritu de las culturas orientales que tanto ayudó a Japón cuando el trágico psunami; es inútil lamentarse, hay que actuar cuanto antes, con buenas acciones que desencadenen más buenas acciones que repercutan en el bien común, una cadena indestructible que se convierte en un motor social. Una sociedad que constantemente se anticipa al futuro y lo va fraguando. Hoy Japón crece.

Admiro al ser humano que es capaz de renacer de las cenizas, de ver el brote de primavera en donde el resto solo ve polvo. Admiro aún más a quien no sólo ve brotes, sino que es capaz de hacer que el resto los vea también. Admiro a la gente capaz de sembrar esperanza, los "sembradores de esperanza" son vitales en épocas de sequía en donde sobran las visiones apocalípticas.

Las redes sociales hoy estaban llenas de visionarios apocalípticos, jóvenes visionarios apocalípticos, hoy de un color, antes lo fueron igualmente de otro, esos que nunca faltan aportando su granito de arena al negativismo, a la fatalidad, esos cuya manera de mirar hacia el futuro es pisotearlo con cierta prepotencia o altanería, como si su experiencia de vida fuese de una trayectoria tan larga y tan repetida que la predestinación fuese inevitable. Me entristecía de alguna manera, me entristece el No anticipado a lo que está por llegar y solo está en nuestras manos construir, como esa cadena que construyen los orientales a base de buenas acciones.

En realidad hemos vivido nada, aunque el OTAN NO, BASES FUERA suene tan lejamo como unos tacones en una calle desierta, de madrugada, como cuando regresaba a casa un sábado de mis veinte años, en esa desértica y fría soledad de las noches de invierno, pero sí lo suficiente para saber que la historia no la escribe nadie salvo nosotros, que de nosotros depende instalarnos en el futuro, interesarnos por ese sitio en donde pasaremos el resto de nuestra vida, y que la mirada al pasado sólo sea para reencontrarnos con sensaciones agradables como el recuerdo de un jardín de juegos, el calor de un brasero, unos ojos, unos labios, el olor de un hijo, o aquella ilusión del primer voto que te hacía sentir de alguna manera que eras capaz de cambiar el mundo. El resto de los pasados mejor que se queden atrás.

17 de noviembre de 2011

Blogueguería 24: Al calor del brasero

Atesoro... No, empiezo otra vez. Amontono años suficientes para que el otoño me evoque la nostalgia del calor de un brasero de pincón. Era un engorro aquel simple y rudimentario artefacto de metal, del que diariamente había que retirar sus cenizas de las consumidas brasas. Para encenderlo, las más incandescentes se depositaban abajo y se cubrían con el resto que se iban consumiendo lentamente. Había quien metía una pieza de metal entre los tizones, como creencia de que aquello evitaba la intoxicación por su humo. Tenía una tapa en forma de rejilla para que no saliesen ardiendo los pies, aunque más de una vez daba olor a suela de zapato chamuscada. Se colocaba bajo la mesa de la salita de estar, y alrededor de ella (si lograbas acomodarte en el sofá o en un sillón, mucho mejor que en una silla), con las faldillas sobre las piernas, dejábamos pasar las cadentes horas de las largas noches de un ya mediado otoño .

La profesión de piconero ha desaparecido, aunque creo recordar que hace tiempo escuché en televisión que la crisis y el retorno de algunas minorías a tradicionales maneras de vivir, a los pueblos casi abandonados, han hecho resurgir profesiones olvidadas por su escasa rentabilidad ante la vorágine del consumismo indiscriminado y poco selecto que nos aqueja: alfareros, curtidores, reparadores de calzado, piconeros... Recuerdo a mi padre haciendo picón para consumo propio. Prendía la leña y cuando estimaba un tiempo prudencial, lo apagaba cuidadosamente, a pequeños puñados de agua para no humedecer el carboncillo resultante. Tenía su técnica, era un arte. En casa se dejó de usar el brasero desde que casi perecemos por inhalación de su traicionero monóxido de carbono. Tengo una vaga imagen de mi madre sacándonos uno a uno al patio para que nos diera el aire fresco. Recuerdo como se nos doblaban las piernas como el chicle cuando ella tiraba de nosotras hacia arriba para sacarnos de aquella habitación. Hubiese sido una muerte dulce. Mi madre es una heroína, por aquello y por mucho más, y nadie lo sabe, algún día le contaré su historia al mundo para que todos la conozcan.

Pero decía... el picón que hacía mi padre servía para encender la estufa de leña de una salita en donde se hacía vida de noche; unos minutos de televisión tras la cena y antes de irse a la cama. Y también encendía el hogar de una gran cocina en donde se hacía la vida diurna. Nuestros días en familia siempre se caracterizaron por esa división espaciotemporal.

Años más tarde, recién llegada a un pueblo de cuatro cientos habitantes para trabajar, volví a experimentar el placer del brasero, un placer que definiría como un abandonarse, ese dejar que transcurra la noche sin sobresaltos, ese irse el tiempo, esa fuga sutilmente planeada... como la misma muerte que puede provocar.
A falta de una casa digna que poder alquilar en una aldeilla perdida entre montes, una familia se ofreció a acogerme en la suya, a diez metros del consultorio. No tuve opción. Compartí vidas y brasero por igual, también alguna Navidad en la que pude comprobar que aún había familias que se reunían enteras para preparar comidas y cenas navideñas: abuelos, tíos, primos... una treintena de personas, que confomaban el árbol genealógico de casi un siglo, unidas por la tradición. En mi casa, por aquellas fechas, apenas si lográbamos reunirnos cinco. Me ansié, como ahora. Eran vidas que fluían tranquilas, a veces con una serenidad desesperante.

Los pueblos ya no huelen a picón, ni a leña de estufa, aunque la vida de sus habitantes siga fluyendo de igual manera, con la lentitud con la que se consumen las ascuas de un brasero, con la pereza de su calor, con el letargo que provoca su olor, con la soledad que evoca la niebla adherida al cristal de las ventanas y que no deja ver la negrura de la noche, como la que ahora invade los cristales de esta habitación.

10 de noviembre de 2011

Bloguerrelato 2: Amnesia emocional

"A todas las viejas locas les da por echar comida a las palomas", decía él mientras besaba la mano de su nueva amiga de sedosos cabellos dorados y ojos de cálido mar. Ella esbozó una leve sonrisa y asintió al tiempo que acercaba la taza de café a sus labios despintados por los besos.
La mañana discurría con retazos de un cuadro costumbrista:  niños con traje de domingo y raya en el pelo perfectamente marcada, delimitando la dirección de cada cabello sin dejar opción a rebeldía de los remolinos propios de algunos flequillos; los adultos ataviados oportunamente, portando sobre sus hombros o sobre sus brazos ligeras prendas propias del abrigo del mes de noviembre; el inconfundible olor a castañas asadas; y el sol matinal de aquel día festivo, que acariciaba las espaldas de los clientes de las terrazas de la plaza Mayor, y que parecía contribuir a tan luminosa y bulliciosa estampa.

¿Pero qué fue de la primera protagonista de esta historia? Ah, sí, la anciana que echaba de comer a las palomas... ¿O era él, aquel que la etiquetó de loca? Apuraban su taza de reconfortante café cuando vieron, con sorpresa primero, después con cierta inquietud, más su nueva amiga que él, que la anciana se dirigía a su mesa. "Nos ha oído", sólo le inquietó a ella.

"Buenos días, niño Alonso", dirigiéndose a él con una sonrisa en los ojos. "¿Me conoce?". "Nos conocemos, aunque hace tantísimos años... Mucho antes de que te conociese todo el mundo. Soy María", y esperó. "María... Conozco a tantas marías que ahora mismo no caigo", dijo él, entre divertido y algo confundido. "Ya...", bajó los ojos ahora con una sonrisa triste en ellos, y prosiguió: "Yo te conocí cuando todavía no llevabas  el "don" como prefijo, aunque sabía que algún día lo buscarías o te lo pondrían. Eras un niño muy listo. Por entonces, de tan chiquito que eras, el "don" te hubiese aplastado sin remedio. No he dejado de seguir tus pasos, con la satisfacción de verte crecer como tú querías... Pero eso poco importa ahora". "Lo siento", dijo él, incómodo por lo que empezaba a considerar un reproche o una culpa que no sentía. Se puso en pie y con un gesto instó a que su bella acompañante  hiciese lo mismo. Solicitó al camarero, que pasaba presuroso con bandeja repleta en mano, la cuenta. "Pues María, le agradezco que se haya acercado a saludar. Si nos disculpa, llegamos tarde...", y depositando un billete de diez euros sin mirar la cuenta, echaron a andar mientras María regresaba a las palomas. "Ya te dije que a estas viejas de las palomas les falta un tornillo...", comentó a modo de disculpa a su acompañante.

Repartía diminutas miguitas de pan mientras los veía alejarse, y constató que seguía metiendo los pies hacia adentro cuando andaba, como cuando era niño, y que casi pisaba con la cara interna de los talones el suelo... "¡Jodido niño! No había manera de que se pusiera las botas ortopédicas... Sabía yo que esos pies acabarían torcidos".
Y siguió dando de comer a las palomas, pensando para sí que la gratitud es un don en el que no cabe el olvido, y que solo practican y valoran los humildes.

6 de noviembre de 2011

Blogueguería 23: Blogueguería cafre

Hoy, mañana de domingo de tímida luz otoñal, voy a dedicarle esta entrada al vecino tocapelotas. ¿Quién no tiene un vecino de esta naturaleza en su bloque (disposición de ladrillo y hormigón que alberga vidas humanas)?
El vecino tocapelotas es el antisistema por sistema en toda reunión de la comunidad: Si la comunidad decide poner toldos a rayas en las ventanas, él los quiere a cuadros.
Si las sábanas cuelgan en las cuerdas para secarse, él no duda en subir para hacer la observación de que le estás dificultando deliberadamente que la luz entre en su patio, además se permite darte una alternativa para favorecer la convivencia, por ejemplo, que podrías tenderlas  por la noche. ¡Claro, coño, cuando usted me diga! ¿Y la lavadora? ¿Cuándo le perece bien al vecino tocapelotas que ponga la lavadora?

El vecino tocapelotas tiene la desfachatez de molestarse de nuevo en subir para aconsejarte que al llegar a casa te pongas en zapatillas, que a su señora (otra tocapelotas) le sobresaltan los tacones... ¿Sabe?, es que venimos de Bilbao y los ruidos... y mi señora está del corazón, y los portazos, los golpes, los tacones... Pues esto es La Mancha, mire usted, y en mi casa taconéo lo que me da la gana, y a mí no me venga, para más inri, creándome cargos de conciencia. La próxima vez no sólo voy a caminar con tacones, voy a bailar un fandango.

Al vecino tocapelotas le molestan las ruedas de los patines de la niña por los pasillos, y las risas cuando juegan, y la flauta cuando practican para su asignatura de música, y la conversación por el pasillo cuando regresamos de una salída de sábado a la una de la madrugada...

El vecino tocapelotas es un grano en el culo y un quejica de mierda que debería vivir en una cueva en el monte, allí no le molesta nadie ni nada, o en una cárcel o en un convento, como pretende que vivamos los demás, y pone a prueba la capacidad de aguante del vecino pacífico.

4 de noviembre de 2011

Blogueguería 22: "Es un libro que duele"

No es fácil escribir sobre la muerte, mucho más difícil aún impregnarla de belleza, la belleza del adiós para siempre de un instante tan efímero. El dolor de la pérdida, desde que comienza a gestarse, también es bello, es bello su abrazo desolado, de desconsuelo compartido. Es conmovedor cuando contrae el cuerpo, es bello su silencio, su aparente calma. 
Hace unos días, Eduardo Laporte daba una conferencia acerca de "Una mirada literaria sobre el duelo". La transformación (conversión) del dolor hacia la belleza de la palabra.

Releído su libro, 'Luz de noviembre, por la tarde', se lo pasé a quienes considero que saben apreciar las pequeñas joyas, como ésas que guardamos, cual preciado tesoro, en una anacrónica cajita de cartón que albergaba camisetas de invierno, y que, a modo de caja fuerte, en ella hemos ido depositando fotografías, alguna carta con grafía adolescente, un reloj viejo de cuerda y alguna piedra redonda de tan pulida por el rodar del tiempo. Todo ello pedacitos de vida de un valor incalculable. Me gusta regalar libros y me gusta dejarlos, abandonarlos en unas manos de donde sé que retornarán con una emoción, incluso con agradecimiento.

Presté el libro de Eduardo Laporte a una mujer que ha sobrevivido a uno de los duelos más desgarradores que puede vivir el ser humano después de la muerte de un hijo, summum del dolor, y fue la pérdida de su pareja a escasos meses de haberse casado. Así pues, cuando todos los requisitos parecían reunirse para emprender el proyecto de una vida en común: juventud, ilusión por formar una familia, el deseo de construirse una casa en donde formar un hogar, la satisfacción de verse juntos tras aquellos noviazgos dictatoriales y austeros a los que obligaba la rigidez moral de una época, apenas un par de décadas atrás, decía, comenzando una vida sobrevino la muerte inesperada. Viuda a los veintitrés años y esperando un hijo, si todo era un empezar, ahora tocaba seguir... sola. ¿Y cómo se sobrevive a semejante tragedia? ¿Cómo se celebra la primera Navidad? ¿Cómo se vive la primera fecha de ausencia; su cumpleaños, su aniversario de boda? ¿Cómo acoges a tu hijo, ya huérfano nada más irrumpir en la vida, entre los tibios pero solitarios brazos en la sala de partos? En definitiva, cómo superar el inexcusable duelo, el peso de las interminables ausencias, el trastoque de la vida...

Años más tarde, también a relativa temprana edad, se enfrentaría al largo proceso de la enfermedad de su madre, a la luz interminable de los días de un verano de no recuerdo qué año. Ana, así se llama esta mujer, es mi cuñada (nunca será la viuda de mi hermano). "Es un libro que duele", ha dicho, y también ha dicho "me he visto en momentos tan iguales...".
Es hermoso que las palabras escritas por alguien a quien desconocemos nos revuelvan el alma, nos conviertan en  cómplices del sentimiento, nos solidaricen con sus flaquezas, sus miedos, que nos hagan sorber silenciosas lágrimas y al final seamos capaces de esbozar una sonrisa, porque al margen de la historia, hemos sentido las palabras: nos han dolido, nos han conmovido, nos han reflejado, nos han hecho sentir que no somos los únicos, nos han hecho volver para darnos cuenta, una vez más, de que el dolor y la muerte son tan humanos, y que cuando acontecen hay que encararlos sin tragedias, desde la serenidad que confiere  la intención de normalidad, la normalidad de la muerte que nos permite continuar en la normalidad de la vida.

Sin duda hay libros necesarios, o que necesitan ser escritos, y sin duda hay libros que ya son parte de esos joyeros en donde todo lo que se guarda parecen cosas irrelevantes, pero hay joyas que no necesitan ser expuestas en ninguna  vitrina.

Blogueguería 21: ¿Y tú qué opinas de esto?

Mensaje: "¿Y tú qué opinas de todo esto?"                                      Hace una hora



 "¿De qué? ¿La crisis?  ¿El amor? ¿Quién ganará las elecciones?             Hace 55 minutos
Opino que toda crisis es necesaria, aunque solo sea para arrojarse desde el séptimo piso y acabar con todo. Si me preguntas sobre el amor, te diré que cada vez me convenzo más de que es un espejismo. Humo. Evanescencia en cualquier caso. Sin embargo el odio es diferente, es una larva que se alimenta de entrañas, nos corroe, nos vacía, nos convierte en una ánima desalmada, doblemente perversa... Eso opino a estas horas de la noche. Tú te lo has buscado".
" Ah, sobre las elecciones; está cantado, joder".                                         Hace 54 minutos                                                                                 


"Te pregunto sobre esto, sobre la vida en general".                          Hace 50 minutos



"La vida en general... ¿No tienes otras horas? Hay que joderse con tus insomnios...
Cuando no puedo dormir también pienso en la vida en general, en abstracto, en la que parece que no nos atañe, porque en realidad la que nos atañe es la vida en particular, las particulares vidas que nos rozan en mayor o menor medida. La que pasa de lejos es como las señales de humo en el horizonte: niños jugando a hacer hogueras, o los restos humeantes de una ciudad en llamas, pero, ¿a quién le importa? No es más que la vida así, en general, la que viven otros, la que padecen otros. Hay quien no vive la vida, sólo la padece, pero eso en general. La vida en particular es la que te da de lleno en toda la cara, día tras día, semana tras semana, la que te envejece: anhelos, frustraciones, rifirrafes, sorpresas, rutinas... Así, en general. Nuestra concreción en espacio y tiempo, la suma de todos, da como resultado la vida en general: anhelos, frustraciones, rifirrafes, sorpresas, rutinas... en general, la vida. Ya ves, a estas horas sigo estando espesa, no creo que te sirva de mucho".                                                                                   Hace 48 minutos



"Las tres... Tengo un reloj de cuco, ¿no te lo había dicho?".            Hace 17 minutos


"¿Pero todavía estas ahí? No, no me lo habías dicho"                               Hace 16 minutos



"Era de un antepasado. Tiene un par de siglos, te encantaría".                  Hace 15 minutos



"No me preguntes ahora sobre el tiempo y otras luces".                        Hace 13 minutos



"No son horas. Buenas noches".                                                         Hace 10 minutos



"Las horas siempre son. Buenas noches".                                             Hace 9 minutos