28 de febrero de 2012

Blogueguería 55: Un solo de batería

Tengo la sensación de caminar sola desde hace mucho tiempo, como esos peregrinos que encontrábamos por las carreteras comarcales en nuestro viaje por La Rioja. Caminaban orillados, con todo lo necesario en sus mochilas que se adivinaban ligeras, otras no tanto. Nos cruzábamos con alguno, y unos cuantos kilómetros después con otro, y con otro... con su paso firme y acompasado. Me preguntaba si su camino no les resultaría más ameno con alguien con quien ir charlando, compartiendo el cansancio y el asombro a la par. Me sorprendí al reconocerme envidiando esa soledad, esa sensación de equilibrio y de paz del caminante,  en la que el pensamiento, a su libre albedrío, pudiera darse a la distracción o a la atención, y ese no tener que dar cuentas de sus pasos, tan solo ir en busca de la suerte del camino.

Al principo, esa sensación de caminar en solitario me resultaba abrumadora, con cierta carga de nostalgia, como cuando mi hermana se marchó de casa a vivir su aventura, tras la llamada, que ella dice, "no te he elegido, he sido elegida", con aquella pesadumbre de nuestro cuarto vacío, el que ambas habíamos compartido desde niñas. Sentía algo así como una obligada e incómoda soledad. Luego me he acostumbrado, como el solitario peregrino, como me acostumbré a aquel cuarto para mí sola. Tal vez esa ha sido mi manera de resolver ausencias y alguna que otra adversidad: intentar llenar espacios, aunque mi voz resuene en ellos como en el vientre de una enorme tinaja. Unas veces lo consigo, y otras, no tanto.

A veces me invade la decepción, un cansancio psíquico, el  desaliento de ver cómo se pasa la vida (no, no voy a encarrilar el verso de Jorge Manrique, pero podría, porque también algo de eso hay), o como se viene de manera inesperada, se trunca, se viola su ley, la de la vida... Es ley de vida que los hijos sobrevivan a los padres, es ley de vida que dos personas que han envejecido juntas envejezcan juntas hasta el final de sus días...

Debería ser ley de vida, de convivencia, ayudarnos unos a otros a crecer, apoyar y facilitar las ilusiones o los proyectos de quienes tenemos al lado, y o ser un obstáculo por miedo a perderlos, a que se vayan, a que las nuevas aspiraciones les puedan abrir caminos nuevos. Deberíamos dejar que cada uno alcance su propio éxito o su fracaso, la conquista de esos vitales espacios para poder ser lo que se quiere ser y no lo que se espera que seamos. Sin ninguna duda nos equivocamos en la manera de encauzar las relaciones personales y sociales que confunden inmovilismo y rutina con estabilidad. Una sociedad que avanza está en constante renovación, su inmovilismo la desestabiliza y es el principio de su fin. Nada permanece estático en el tiempo, porque el tiempo es movimiento y el ser humano una constante búsqueda de sí mismo.

Tal vez estoy cansada de hundir el culo en un sofá, que a veces siento que me traga cual arenas movedizas. Será por eso que me gusta salir a correr, es la única manera de sentir el corazón latiendo por las venas, acelerándose en el pecho... bum bum bum bumbumbum, como un solo de batería que solo yo puedo sentir. Un insistente solo de batería que a veces parece decirme que no pare, que siga, que toda frontera es producto de la imaginación, que toda autolimitación es destructiva y alienante, y que mañana tal vez sea demasiado tarde...

23 de febrero de 2012

Bloguerrelato 6: Un ataque de risa

Su jefe le dijo que quería verlo. "Mire, Fernández (qué insignificante sonaba ese Fernández en la firme, segura y grave voz de un jefe), usted sabe que la empresa no pasa por su mejor momento...". En fin, qué se le va a hacer, por la mañana creyó sentir el pálpito del despido.

Regresaba a casa a la hora de siempre, sobre las diez de la noche, cabizbajo... "¡La cartera, vamos, la cartera, gilipollas!", a punta de navaja, en la yugular, le dijo un tipo con cara de pocos amigos que no supo de dónde había salido. "El reloj, también el reloj", espetó con impaciencia, mordiendo el mono. "Es de los chinos", dijo él a título informativo. Eso le costó una patada en los huevos.

Su mujer lo esperaba con la misma cara triste de siempre. Se había casado con una mujer triste, de esas que aunque les des felicidad a espuertas nunca les cambia la cara. No sabía cómo decírselo, pero fue ella la que tomó la palabra: "Ramón (qué triste sonaba su nombre en la voz de una mujer triste. Hasta hoy no se había dado cuenta. Se dio pena), tenemos que hablar". Y habló: "Me voy con mi madre (que es donde suelen irse todas las mujeres tristes cuando abandonan a sus maridos)".

Fue entonces cuando Ramón Fernández estalló en una carcajada, atronadora, imparable... se retorcía por el suelo sin parar de reír. Le dolían las quijadas, la barriga sufría espasmos, el pecho parecía explotarle... Su carcajada imparable despertó a los vecinos, los niños que ya llevaban un par de horas durmiendo comenzaron a llorar, soliviantó a los perros del callejón. Alguien llamó  a la policía, que derribó la puerta de su casa de una patada. Después llegó una ambulancia, que lo trasladó al hospital más próximo.

"¿Qué tenemos?" "Es otro ataque de risa, doctor" "Vaya, ya es el cuarto en esta semana. Habrá que ponerlo de nuevo en conocimiento de las autoridades sanitarias" "Sí, doctor, pero es preocupante este síndrome, los casos anteriores han evolucionado a la mudez, pero cuando se les pregunta qué fue lo que les originó su ataque, se reagudiza su estado y se descojonan" "Enfermera, no ponga ese término en el informe" "¿Cuál, doctor?" "Descojonarse, busque otra palabra que lo sustituya y exprese lo mismo con un lenguaje más técnico" "Ah, bien... ya veré qué se me ocurre" "A éste llévelo al Box 4, están proyectando El árbol de la vida, a ver si conseguimos sedarlo" "Ok, doctor"

21 de febrero de 2012

Blogueguería 53: La última luz

Son muchas las luces que me conmueven cuando exceden su belleza: amaneceres rojos, gigantescas lunas llenas, atardeceres aterciopelados, fulgores que se cuelan entre nubarrones grises cual anunciación divina... Pero exite una luz que me conmueve especialmente, y es esa última luz que muere en las azoteas, la que ya no roza el suelo,  la que desesperadamente fulgura en los cristales de un ático, en un embelleceror de aluminio de un edificio aquejado de aluminosis... esa que parece proyectarse hacia el infinito, en vertical, al tiempo que muere, se esfuma. Siempre la comparo con el último hálito de vida, con una muerte tranquila, será por eso que cuando me encuentro con ella tengo que detenerme y esperar a que se vaya, es cuestión de escasos minutos, a veces segundos.

Capté esa última luz una tarde de octubre, en Madrid, paseando por Sol, la sentí como esa mirada en la nuca que nos obliga a darnos la vuelta, y allí estaba, sobre los ventanales de los últimos pisos de la calle Mayor (puede que me equivoque en el nombre de la calle, hablo de la calle en donde se pone el sol en Sol). Tomé entonces una fotografía, que bien pudiera ser un cuadro de Antonio López, eterno enamorado de la luz de Madrid. 

No es fácil toparse con ella, y aquí, en donde todo es planicie, menos aún. Las luces y las sombras caen a plomo en esta ciudad de cuatro alturas. Aquí la luz no busca recovecos, ni encuentra coladeros, se esfuma sin más. ¿Cuántas veces he salido a la calle en mitad de la tarde y ha salido a mi paso la noche? Cientos, miles de veces en donde no he sido consciente de esa última luz que con toda seguridad se habrá fugado de manera singular en algún lugar de esta ciudad, pero nunca me había topado con ella en su momento fugaz, hasta hoy, sobre el ramaje seco de un árbol que parecía iluminarse como una llamarada.




No son hojas lo que resplandece, son unas pequeñas bolitas del tamaño y color de un garbanzo que se apelotonan como racimos en las ramas secas para terminar cayéndose. Los últimos fulgores de la luz de la tarde de hoy se proyectaban sobre ellas y las hacían brillar como diminutas bombillitas.

17 de febrero de 2012

Blogueguería 52: Nos han hecho creer

Hasta hace poco he pertenecido a ese grueso denominado clase media. La clase media española es vanidosa, fachendosa decimos en mi pueblo; aunque uno no tenga un euro en el bolsillo, o como mucho cincuenta céntimos y un hipotecón a treinta años, de cara a la galería manifiesta fachenda de casa grande. Y sí, somos así, nos gusta vivir bien, y nos gusta que el vecino sepa que vivimos bien. Pertenezco a una generación que no se repetirá en mucho tiempo, y es aquella que superó con creces a la de sus padres, que ha vivido mucho mejor de lo que ellos vivieron, no sin esfuerzo y difíciles comienzos, pero al final recompensado con esa tranquilidad que da la estabilidad de un trabajo mejor remunerado y tener suficiente para llegar a fin de mes.

NOS HAN HECHO CREER QUE muchos han vivido por encima de sus posibilidades, han adquirido un grado de endeudamiento al que, a la postre, no han podido responder con ese sueldo irreal, inflado por unas circunstancias aparentemente favorables y que de la noche a la mañana se desvanecieron como los espejismos en el desierto. Y NOS HAN HECHO CREER que ellos tienen gran parte de culpa de esta crisis. Yo también lo he creído, y cuando la crisis solo les afectaba principalmente a ellos, cuando aún era inestimable su fondo y todo lo que hasta él arrastraría: albañiles, fontaneros, electricistas... por ese repentino parón de la construcción, yo les llamé poco previsores, derrochadores... Nunca me alegré de su mal, quede claro.

NOS HAN HECHO CREER más cosas, sí, hay quienes tienen interés en que creamos todo esto... Nos han hecho creer que los inmigrantes han venido a hundir nuestro estado del bienestar, confieso que yo también lo he creído (porque he ido cayendo una a una, o en tropel, en todo lo que me hacían creer), y creído en la injusticia de compartir, con quienes vienen a este país huyendo de la pobreza del suyo, lo que considero que por derecho me pertenece solo a mí y a los conciudadanos como yo, porque mi esfuerzo, mis impuestos y mis veinte años de vida laboral no sumergida han contribuido a ello. También nos están haciendo creer, OS ESTÁN HACIENDO CREER, que el cáncer de nuestra maltrecha economía y de la ruina de la administración pública es el despectivo funcionario de ventanilla, ese también inflado funcionariado al que en épocas de precariedad todo el mundo vuelve su mirada, señalándoles con el dedo por tener el privilegio de un trabajo y un sueldo que no les va a faltar.

Pero hoy he tenido una revelación. Desde hace meses me vienen conatos, señales que han ido arrojando luz, como aquellas que Dios envíaba a sus profetas para irles mostrando lo que quería de ellos, en este caso el camino del entendimiento, de la comprensión... el día de hoy ha sido decisivo. De repente he visto claro el plan  de quienes nos han metido en esto, de los principales responsables, de quienes han hecho reventar el sistema en su propio beneficio. Y de la misma manera se ha revelado la inocencia de todos los de arriba, víctimas reales y no tan circunstanciales, porque todo está planeado. Ellos son los políticos y los banqueros... Vaya revelación, diréis, ¿quién no sabe eso a estas alturas? Ya, sí, pero lo que he visto claro no su autoría, más que evidente, sino su intención: acabar con nosotros, con la clase media que es el motor de toda sociedad avanzada, y esto no es trabajo de un día. Lo han venido fraguando, trabajando durante la última década, puede que en el último siglo cuando comprobaron qu podíamos vivir como ellos, decidir como ellos... El estado del bienestar les impide enriquecerse, sacar provechos millonarios. Las generaciones de licenciados, de gente bien preparada, de masa con capacidad para pensar, actuar, y decidir por sí misma es contraria a sus intereses de poder, por tanto los neutralizamos con ofertas de trabajo irrisorias, los convertimos en la generación de Peter Pan, sin  posibilidad de independencia, aniñados, sin posibilidad de estabilidad, y creamos una política de protección para ellos, como el pater hiperproteccionista que no suelta de la mano al su hijo con total capacidad para caminar, correr, saltar... Además, redondean la jugada generando enfrentamiento social: xenofobias, homofobias, entre el sector público y el sector privado. Y además, lo rematan con el complot para endeudar hasta los dientes a unos y de empobrecer, humillar y convertir en auténticos siervos al funcionario de carrera´y resto de trabajadores, mermando su economía y sus derechos con´quistados. El resultado: la abolición de la clase media, un empobrecimiento generalizado de la población y la privatización de los sectores básicos que seguirá contribuyendo a fomentar esa pobreza...

Y mientras se me revela todo esto con total clarividencia y se me antoja dejarlo por escrito, en televisión hablan de la boda de la hija de Amancio Ortega con un señor de profesión jinete, al que seguro que cabalgar le ha proporcionado todos los millones en su cuenta bancaria, y escucho a  los vecinos hablar de ella con la ilusión que lo hacían aquellos súbditos muertos de hambre cuando contraía matrimonio un miembro de la realeza.

12 de febrero de 2012

Blogueguería 51: Una diosa maltratada

Es el domingo día de amanecer tarde y con cierta desgana, perezoso, con desayuno en zapatillas y pijama, con cierto vacío existencial, días de que no suceda nada digno de reseñar, salvo las goleadas, a quien le emocione, de los partidos de la noche del sábado... Sí, los domingos me producen últimamente un inexplicable vacío, una sensación de embotamiento mental  y cierto abandono a tareas fútiles, como pueda ser trocear en minúsculos pedacitos los comprobantes del cajero automático, que voy acumulando por docenas en un compartimento del bolso con el propósito de ratificar debitos, tediosa tarea que nunca me molesto en hacer.

La portada del los períodicos de hoy anuncian la muerte de Whitney Houston. Un domingo de verano de 1997 también amanecía con el anuncio de la muerte de Lady Di. A pesar del frío de hoy, la coincidencia me ha hecho recordar a aquella, y no sé muy bien por qué, desde esta mañana mi cabeza se empeña en hacer paralelismos y similitudes, como si ambas hubiesen labrado su fatídico destino en el preciso instante en el que deciden formar parte de la vida de un hombre, o mejor, diría que en el momento en el que un hombre se apropia de sus vidas y las convierten en bellos títeres abocándolas a su autodestrucción.

"Empieza a ser rutina de estrella aparecer muerto en la bañera", dice Manuel Jabois en el obituario que le dedica. La verdad es que las estrellas cuando mueren lo hacen a lo grande, con ese último destello de luz que dibuja una larga estela en el cielo. Morir sola y en la bañera de una habitación de hotel no es manera de morir muy a lo grande, es una triste manera de morir. Morir con 48 años, con los pulmones y las venas quemados por las drogas, tampoco es una manera de morir a lo grande, más bien es una manera estúpida de morir.

El punto de inflexión de la diosa negra comenzón en 1992, El guadaespaldas es la banda sonora más escuchada y su canción  I will always love you vendió millones de copias, y es en 1992 cuando contrae matrimonio con el hombre que sería decisivo en su vida. De él ella misma diría que era "su droga", y como toda droga la hizo dependiente, droga de la que tal vez se deshizo demasiado tarde, cuando el daño ya estaba hecho, cuando no basta con maquillar la cara ni engordar unos kilos para parecer más saludable. 
Cabe preguntarse, y no tengo dudas sobre la respuesta, que si la fragilidad de  Whitney se hubiese topado con otro hombre muy distinto, tal vez hoy la portada de periódico sería el estreno de otro exitoso trabajo en su madura pero aún atercipopelada voz.

Blogueguería 50: Embarazosa pesadilla

Lo sabía, estos enormes pechos... una cien, el resto de mi vida no me voy a ver en otra parecida, pero ahora así. Aquí están, calintes, redondos, duros como piedras. El vientre extraño, agitado, caliente también, presintiendo que algo se cuece dentro. La naturaleza quiere hacer su última gracia: traca final antes de que el ciclo vital hormonal llegue a su fin. ¡Casi 45 años! y embarazada. La angustia, con su forma de nudo asfixiante, se apodera de mí: ¡Noooooooo!

Imagino los comentarios de unos y de otros; mi madre: Pues nada, hija mía, más vale hijos que enfermedades; Jota: A estas edades seguro que no cuaja, y si cuaja, pues nada, a tirar otra vez de tollitas y pañales; Mis hijas: ¡Bieeeeeeen. Gracias, mamá, un hermanito! (se creen que tener hijos en como sacar a un perrito a pasear, o como su mascota, una tortuga a la que ellas nunca le cambian el agua ni echan de comer, solo se asoman de vez en cuando a ver cuánto ha crecido). Mis amigas seguro que se alegrarán, de buena fe, por supuesto, y me animarán poniéndome en antecedentes de que su amiga tal, o la prima de su prima, han sido madres primerizas a los cuarenta...

Abducida y transportada por no sé qué fuerza misteriosa, aparezco en una sala oscura. Parece un cementerio de ecógrafos, todos apagados y obsoletos, como si hiciese décadas que dejaron de usarse... Pienso si ambas cosas: la oscuridad de la sala, otrora diáfana, y los aparatos sin hálito de vida, sin ese parpadeo del reposo transitorio, son las consecuencias de los recortes y el modelo Alzira, que tan brutalmente está imponiendo Cospedal en nuestra sanidad. Debe de ser, como también lo será que no me reciba una enfermera que me indique dónde sentarme o me dé instrucciones de cómo prepararme para mi primera ecografía que dará fe de que hay latido fetal. Esto pienso mientras calmo la ansiedad de la espera. Joder, Carmen, ¿cómo te has metido en este lío...? Ya, sí, sabes perfectamente cómo se mete una en estos líos, pero ni una quinceañera, tú que tan cargada de razones te pones en que no hay educación ni correcta información, pues toma tres tazas de tu ¿descuido?

Una silueta masculina aparece en el umbral de una puerta, con el mismo halo que un extraterrestre de Encuentros en la tercera fase. Avanza hacia mí con pasos largos y firmes. Se detiene. Bigote recortado sobre recortados labios de recortada sonrisa de masculina Gioconda. Trae en una mano un bote de gel conductor caducado, en la otra una sonda de ecógrafo sin conexión. No deja de avanzar hacia mí mientras yo retrocedo... avanza y retrocedo... avanza y retrocedo... avanza y retrocedo, avanza y mi espalda choca contra la pared... Avanza, avanza, avanza...

8 de febrero de 2012

Blogueguería 49: Desorden

El verano evoca infancias, infancias interminables como un interminable día de verano. ¿Te acuerdas de aquella vez en la que... ?, decíamos refiriéndonos a ayer o antes de ayer. Infancia inagotable. El invierno era una larga espera dibujando vahos en los cristales de una ventana. 
Anhelaba la llegada del calor, la manga corta, los pies descalzos y aquella grata sensación de libertad de los espacios llenos de luz. El verano era un placentero desorden en el que irse a la cama a las nueve de la noche no procedía porque era cuando la vida inundaba las calles que abandonaban el bochorno de la tarde, y las casas desechaban el hermetismo de sus puertas  y ventanas para abrirse de par en par cuando llegaba la noche y su refresco.

Hace años que dejé de anhelar el verano, una estación que me sigue pareciendo interminable pero agotadora, y cuyo desorden, lejos de resultar placentero, me irrita. El verano es y será siempre una estación para niños, de infancias, o para los más jóvenes capaces de soportar su desenfreno. Los años cambian nuestros gustos y las preferencias, sucede con lo que comemos, por ejemplo, de repente un día te ves saboreando un plato de pimientos asados aliñados con aceite y ajo y el puntito de unos trocitos de bacalao desalado, y de pequeño no podías soportar el olor de los pimientos y te daban arcadas solo con llevarte el bacalao a la boca.

Tal vez sea por eso, ese cambio de gustos que no sabemos muy bien cómo acontece, por lo que ahora me gusta el invierno, me siento cómoda en esta estación que impone cierto rigor a los días: menos luz, bajas temperaturas, ropas oscuras, cuerpos encogidos y cuellicortos bajo el abrigo de chaquetas y bufandas, puntuales despertadores, duchas matinales, horarios de colegios... esa organización de vida como de ejército de hormigas a la espera del fin de semana, la distensión del viernes, ese relax que comienza a notarse en esa última hora de trabajo que cierra la jornada, ese levantar el pie del acelerador porque no hay prisa por llegar ni el tiempo apremia.

Los fines de semana invernales tienen algo de placentero y necesario desorden, de flexibilidad de horarios, de permisividad, algo de caos: abuso de cafeínas, una chispa de alcohol que da más gracia a la vida que la de la coca-cola, nocturnidad... aunque tengo ganas de desafiarme con eso de hasta que el cuerpo aguante, siempre me he retirado antes de sucumbir al cansancio, antes de que sea la noche la que se largue y me deje porque despunta el día... Sí, tengo ganas de amanecer tarde (o temprano) sin haber cerrado los ojos todavía, y experimentar esa atemporalidad, esa desorientación del que vela o duerme a destiempo solo por placer. Y me gusta este desorden porque lo sé finito, perecedero, pero intermitente con ese otro paréntesis más largo que es el grueso de la semana... Y ya es miércoles. 
 
 

5 de febrero de 2012

Blogueguería 48: Frío

Calienta las manos con su taza de café. La abraza entre sus dedos y aguanta el calor que casi quema, pero se permite ese placentero masoquismo del dolor del deshielo. El cielo es gris, la calle es gris, la gente que cruza parece gris, el bar es también una calle gris, así se llama: La calle, y su interior gris oscuro. Suena una canción gris. Un cliente gris y vestido de gris se dirige a la puerta mientras rebusca en sus bolsillos un paquete de tabaco. Frente a ella una especie de pequeña fuente decorativa que contiene fina arena de playa con los restos de tardes consumidas en cenizas, arena de playa gris. Le apetecería fumarse un cigarrillo, piensa, pero hace casi tres años que ya no fuma, ni siquiera tomó la decisión de dejarlo, de repente un día se dio cuenta de que hacía tiempo que ya no fumaba. Tal vez algún día vuelva a fumar igual que lo dejó, sin darse cuenta. Hay pasiones que ha dejado de la misma manera, de repente un día se dio cuenta de que ya no las sentía. No sabe, puede que algún día...  

Continúa mirando la calle a través de la puerta acristalada. No le gustan los bares y las cafeterías que no dejan asomarse al mundo. A ella le gusta mirar la calle desde el interior de las cafeterías, como si fuese su particular butaca de cine y ella la espectadora de un cortometraje improvisado, hoy en blanco y negro. El invierno impone una desnudez que la seduce; el vacío de las calles y las plazas. También su inclemencia.
El hombre de gris, un anciano casi, o lo parece, apura su cigarrillo. Lo hace al abrigo de una esquina, solitario, y solitario regresa para volver a sentarse en su solitaria mesa frente a una solitaria copa de coñac . La puerta se abre y deja entrar un ráfaga de frío invierno que destempla por breves instantes.

Toma un sorbo de su café ya templado, aromático, algo amargo por su costumbre de poner solo la mitad del sobrecillo de azúcar. Siempre que abre un sobrecillo se acuerda del anacrónico terrón de azúcar. Lo ponía sobre el café y le gustaba ver cómo absorbía el líquido y su color café con leche, como la metamorfosis del camaleón. Lo soltaba antes de completarse el proceso y observaba las burbujitas de su irremediable disolución.

Sigue mirando la calle que hoy es un escenario vacío, solo una pandilla de adolescentes la cruzó hace breves minutos, con su griterio adolescente, sus desgarbados andares adolescente y sus adolescentes caras de frío. Ahora se detiene una pareja joven en el centro de la escena. Ella intenta recolocarse una bufanda roja, un rojo vivo que destaca sobre el fondo de esta tarde gris. La escena le recuerda una secuencia de La lista de Schindler, aquel abrigo rojo rodando entre los cuerpos grises... Él le retira las manos y ahora son las suyas las que le recolocan la bufanda roja alrededor de su cuello. Lo hace despacio, en un gesto tierno, ella se deja hacer, cuando termina la besa en los labios y continúan su camino. Un tibio beso en los fríos labios de una tarde de frío invierno... Un último sorbo de un café que se quedó frío.

3 de febrero de 2012

Blogueguería 47: Cochura literaria

Se cuece en este país (algo bueno tenía que redimirnos) una interesante cochura de escritores jóvenes. Nombro a Eduardo Laporte, (Pamplona, 1979) y su 'Luz de noviembre, por la tarde', que se abría paso tímidamente a principios de un pasado otoño que se resistía a llegar, y que se imponía a finales de año como esa significativa novela autobiográfica de, me atrevo a decir, obligada lectura. Obra que fue escrita cuando contaba con veinticinco años, aunque haya visto definitivamente la luz el pasado 2011. Ya dejé mis impresiones sobre ella aquí.

Tengo entre manos a otro autor joven: Pablo Gutiérrez (Huelva, 1978). Su libro, 'Ensimismada correspondencia', no es su primera obra, tiene ya en su haber unos cuantos títulos más. Quedó finalista del Premio Miguel Romero Esteo de dramaturgia, con una obra de teatro: 'Carne de cerdo', en el año 2001, cuando contaba con veintitres años. Estos datos, y más, pueden obtenerse ya de la barra de Google. ¿Pero quién es Pablo Gutiérrez para el lector? Dicho de otra manera, ¿qué y cómo escribe Pablo Gutiérrez?

Pablo Gutiérrez es de esos escritores a los que etiqueto de impúdicos y que tanto me gustan. Me produce una terrible somnolencia, por no decir aburrimiento, la escritura sin alma, de corte intelectual y cultureta. Mi escritor impúdico es el que me provoca desde el primer párrafo, o la primera hoja, o la segunda, pero no tardo en encontrar ese estimulante guiño  autor/lector: provocación. Pablo Gutiérrez en su 'Ensimismada correspondencia' es una constante exhortación; una prosa atrayente, que atrapa, y de una belleza lírica incuestionable. Incluso, diría que su prosa a veces resulta grosera y descarada, en donde no hay matices sino rotundidad, y es esa misma rotundidad la que marca el ritmo al lector que avanza entre imágenes definidas por una precisa adjetivación que se aleja de la retórica y el recargo. Hablo de un libro que acabo de comenzar y cuya tarjeta de presentación es el embeleso de su personalísima prosa, del que no tengo ninguna duda que al concluir la última hoja me dejará esa sensación de plenitud, ese poso duradero que deja la literatura por excelencia, y de cuyo autor tampoco tengo ninguna duda de que será un nombre al que seguir la pista.

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Tantas veces nos besamos en la calle como enamorados que no tuvieran adonde ir, iluminados por la luz del alumbrado público que nos sombreaba la piel como si fuéramos personajes de cómic, todo resultaba irreal a la luz del alumbrado, las manos, los ojos, los árboles blanqueados, las noches en las que la tuve entre mis brazos, tantas veces la besé bajo el cielo artificial de una ciudad abandonada, ciudad desierta para nosotros, una esquina en la que el tráfico siempre rugía y ahora ni un murmullo.

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3 de febrero, 11.56h

Olvidé mencionar otro nombre prometedor: David Cánovas Williams (Ciudad Real, 1978). Periodista y escritor, con pequeñas incursiones en el mundo del cortometraje, David Cánovas ha publicado su primer libro de poemas: 'Veinticinco poemas por el precio de uno'. Expectación.