30 de marzo de 2012

Blogueguería 62: Ya digo...

No sé, posiblemente sea, sí,
aunque es difícil, ¿sabes?...
Fluye así, entrecortado,
puntada sin hilo, ya ves,
como un sentimiento tímido,
impreciso,
como una lágrima de felicidad,
o no.

Mira, ¿ves? Va tomando forma,
pero es no atreverse,
una duda,
como lanzarse al agua desde un acantilado
sin saber si te romperás la crisma...

Pero a veces todo es así,
¿cómo?, como lo que escribo,
incoherente, con medias palabras,
como una despedida...
como un encuentro que nunca se dio,
como una vida que pasó de largo.

A veces es todo así, ya digo,
sin mucha explicación,
con explicaciones a medias,
sin querer dar explicaciones,
como cerrar los ojos cuando se besa...
como quien calla una verdad,
como hacernos el amor
sin un gemido.

A veces no es necesario decir nada.

27 de marzo de 2012

Blogueguería 61: La primavera ha venido...

Ha sido un invierno sin hielos, sin nieve, sin lluvias, sin la crudeza de las temperaturas de otros inviernos, éstas han sido más bien suaves, llevaderas. Un desconcertante invierno por su silente transcurrir, por sus días comedidos, sin excesos, con esa nueva estampa de terrazas de bar con sus estufillas. Un invierno que no ha precisado guantes, como mucho una bufanda, y más por estética que por necesidad.

La crudeza de este invierno ha estado en lo personal, los hielos se han dejado sentir más en el ánimo, en esa extraña soledad que acontece cuando la adversidad surge de manera inesperada, cuando nos pilla desarmados. Un extraño invierno revelador de no menos extrañas pasiones y sentimientos, de esas batallitas internas y soledades de guerrero.

Hay acontecimientos claves, con fecha (o estación) en el calendario de vida, que nos hacen mirar el mundo de otra manera, que nos descomponen para volvernos a componer, a empezar a asumir ciertas cosas desde un prisma nuevo. Diría, por ejemplo, que el día en el que mi primera hija vino al mundo, otoño de 1997, me sentí invadida por algo que no sé si definir como felicidad, pero se aproxima, al tiempo que un terrible peso sobre los hombros que no ha desaparecido y creo que no desaparecerá jamás. Diría que la  muerte de mi hermano Javier, extraño verano del bisiesto 1988,  me llevó la conclusión de que el rencor nos envilece y que instalarse en el dolor nos vuelve amargos y seres grises. Diría alguno más: una relación, definámosla como díficil, a temprana edad, un grave accidente de coche del que salí completamente ilesa..., en definitiva, acontencimientos de vital trascendencia que van marcando una trayectoria igualmente vital y un prodecer muy diferente al que hubiese sido si esos hechos nunca hubiesen acontecido.

Este invierno será una estación a reseñar en el calendario vital, de una tristeza que ha pesado en el ánimo, de una decepción igualmente vital, y así se ha ido escurriendo, como los días han ido alargándose abortando cada vez antes la penumbra de la tarde y atajando el amanecer, como el coche ataja los kilómetros de carretera cada mañana. Esa cálida y apacible luz duradera que acaricia la nariz en una terraza de tarde y que pone punto final a un invierno raro.

El paso del tiempo convierte la llegada de las estaciones en nostalgias, la primavera siempre me evocará un cercado sin cerca, limítrofe con mi casa, la paterna, en donde la hierba crecía hasta la altura de nuestras caderas, un eterno jardín de infancia que se plagaba de margaritas y de amapolas, en donde las mariposas y nosotros revoloteábamos hasta que ese último rayo de luz que se perdía entre las tejas nos decía que el infatigable día llegaba a su fin, y una calle tomada por las golondrinas que sorteaban con un quiebro ágil y veloz lo que parecía que iba a ser estrellarse contra el suelo o una pared de cal. Idílica estampa primaveral que se repetía cada año, o así creo recordarla hasta los diecisiete. La primavera era sensación de libertad, la que daba despojarse de las chaquetas; era esa felicidad en forma de luz tibia y radiante que se colaba por un pequeño ventanal; era renovación y colorido; era esa grata sensación de que la vida empezaba de nuevo...

20 de marzo de 2012

Blogueguería 60: El gesto

Hoy, por escribir algo, por darle a la tecla, iba a dedicar una entrada a los mapas, a esos planos de ciudad que amablemente nos proporcionan  en los hoteles, sin necesidad de ir a la oficina de Información y Turismo porque internet se encarga del resto, y que no nos cansamos de extender cientos de veces para ubicarnos. He decidido coleccionar esos planos, para viajar temporal y espacialmente con el recuerdo, un refrescar la memoria de vez en cuando, como hojear los álbumes de fotos que también me gusta hacer de tarde en tarde aunque ahora sea el ordenador el que albergue cientos de archivos, para asir lugares visitados y tener esa sensación de pertenencia al mundo, a un mundo que cuando recorres sus idílicos rincones te sientes orgullosa de pertenecer, como si nuestro ADN llevase genéticamente impreso el ADN de aquellos que contribuyeron a dejar la huella de la historia en un muro, en una escultura, en un cuadro... y sintiésemos que también nosotros dejamos nuestra pincelada.

Pero hay veces en las que suceden cosas que cambian esa concepción de sentirte parte de ese mundo sublime, en las que ese orgullo de "homo sapiens y creator" se convierte en la imagen de una alambrada de espinos que divide una ciudad (dos mundos), de un gigantesco hongo que invade el cielo de una ciudad hasta convertirla en cenizas, de miles de esqueletos vivientes paseando con raídos pijamas a rayas por un campo de concentración a la espera de su final, de un loco disparando indiscriminadamente sobre decenas de jóvenes que cantan con guitarras... Se convierte en esta imagen, en el gesto de un padre, que he bautizado como La de la vergüenza



                                                                            El gesto

Desde ayer esta imagen que no me deja tranquila, me da pudor, me sonroja... ¿Qué mundo le estamos dejando a nuestros hijos? O, entresacando de una acertada filosofía de Leopoldo Abadía, ¿qué hijos movidos solo por el odio estamos dejándole a este mundo? ¿Qué realidad les estamos transmitiendo, qué  sentimientos, qué valores? Xenofobias, homofobias, intolerancias, radicalismos... odios, en definitiva, que se cobran vidas con la misma facilidad que se prende una cerilla. ¿Qué se respira en esta sociedad, tan silente y a la vez tan podrido, tan virulento, que envenena la razón, que engendra  asesinos de inocencias, de esos valores indispensables para la convivencia, para ser ciudadanos y parte de una sociedad que camina y construye (con)junta, que va dejando esa huella que en el año 2750 otros hombres sapiens admirarán por su belleza, ajenos a estos odios que hoy aniquilan esperanzas, que nos reducen a la "animalidad" en un estadio salvaje y  terrorífico? Cuándo llegará el día en el que no sea demasiado tarde...

Esta será la imagen, el gesto (que surgió de manera tonta pero que ha cobrado significado y fuerza) de perfil (hasta que me canse o se me alivie) en señal de protesta, en señal de mi vergüenza

11 de marzo de 2012

Blogueguería 59: El terrible desnudo de Shame

"Un hombre vive atormentado por eso llamado sexo", escribía Luis Martínez, en El Mundo, sobre el protagonista de Shame.
Pero a mí Shame no me ha parecido una película sobre un hombre atormentado por el sexo, Shame es la historia de un hombre terriblemente atormentado, sí, y cuya válvula de escape es el sexo, la obsesiva necesidad de vaciarse en su inmenso vacío, da igual la forma: masturbación, pornografía, prostitución, contactos esporádicos... pero lo que sin duda capta el espectador desde el primer momento es ese vacío, lo que le sigue después es aún peor, es el sufrimiento, la autodestrucción.

La desnudez en Shame es mucho más sutil que cuerpos desnudos fornicando en un inmenso ventanal a modo de escaparate; o en un apartamento desordenado, sin indicios de afectividad, vacío igualmente; o en un rincón oscuro en plena calle, por la noche; o la imperiosa necesidad de una masturbación el en wc de la oficina... Existe otra desnudez: la de la mirada del protagonista en esos cientos de primeros planos de su rostro, la desnudez de sus ojos hundidos que parecen fijarse en todo y en nada, la desnudez de una inesperada lágrima que rueda inevitablemente, la terrible desnudez de ese rostro de dolor en una culminante escena de una orgía, sexo hasta el agotamiento, dolor, dolor, dolor...desesperación... Esos primeros planos de esa otra desnudez que nos muestra de manera igualmente impúdica ese terrible vacío.

Nada sabemos del protagonista, salvo que es un hombre que vive solo, así aparece en la primera escena de la película, entre sábanas, semidesnudo, solo. El aislamiento interior de Brandon no deja adivinar nada, nos convierte en cómplices de su trepidante y absurda forma de vida, hasta que llega ella, su hermana, el factor desencadenante, tan perturbada como él, pero terriblemente vulnerable... No dejo de usar la palabra terrible, no se me ocurre otra. Ella es una constante demanda de auxilio... ese teléfono que no deja de sonar, esos mensajes suplicantes: Brandon, contesta... ¡Contesta!

"El cuerpo es el acto final de la desesperación; el propio cuerpo como la última fuente de protesta", comentaba el propio director.
El propio cuerpo como expresión de todo lo que llevamos dentro.

9 de marzo de 2012

Blogueguería 58: Bajón vital

Bajón vital es aquel que acontece en un momento de la vida en el todo lo que te rodea, esa suma de circunstancias que forman parte de lo que eres en ese preciso y vital instante, 9 de marzo del 2012, te hace sentir cansado, viejo, como esa chaqueta pasada de moda que permanece sempiterna en una percha, como los enseres que tenía la abuela Juana encima del televisor o de en su radio de mediados del siglo XX, inamovibles, esperando a que alguien de vez en cuando les sacudiera el polvo.

El ciclo biológico es sentencioso, impepinable: las hormonas limitan el periodo de reproducción, las células sufren una oxidación y envejecen, una mutación y enferman. El espejo es la prueba del algodón, no engaña, es tu retrato de Dorian Gray. La niñez y la juventud son una transición que describe una línea en meteórico ascenso, interminable o eso nos parece cuando las vivimos, que nos impulsa hacia donde irremediablemente parecemos instalarnos, ese estadio definitivo que me niego a calificar de madurez, que se supone que es nuestra etapa productiva y reproductiva por excelencia, en donde todo el mundo parece esperar algo de nosotros, y en donde hay roles que representar: el de hija, el de madre, el de esposa, el de trabajadora... ese ciclo vital, más o menos acorde con el ciclo biológico, que nos arrastra.

El cuerpo solo es esa piel que habito, que me sirve para estar y expresarme, pero, ¿y el sentir vital? No, no se trata de que ahora reconozcas la mirada lujuriosa de tu marido (que también, todo influye), hasta ahora exclusiva tuya, hacia un zorrón (así llamamos todas las mujeres a esas otras mujeres que nos roban las miradas de nuestros hombres. Ese totalitarismo afectivo nos empuja a ello, pero no es maldad) más joven que tú, con mejores piernas y luciendo bonito escote. No, se trata de algo más complejo, más relacionado con todo el entramado de tu vida, con ese preciso instante en el que te sientes vieja, en donde nadie ni nada vaticina que dentro de dos años sentirás que renaces, que empiezas de nuevo, que una nueva etapa de esta ondulante vida traerá nuevos entusiamos, nuevas ilusiones, nuevas expectativas, como unos labios nuevos, como un nuevo trabajo, como un sentimiento desconocido que te inquieta a la vez que te atrae, en definitiva, el placer de sentirse vivo. Pero eso tú no lo sabes, ni lo intuyes siquiera, el ahora es que tú te sientes el trapo de ganchillo de tu abuela Juana.

En 'Diario de invierno' hay un gran momento en el que Auster define a la perfección uno de estos momentos ondulantes de la vida en el que crees sentirte ese trapo de ganchillo encima de aquella radio que se mantuvo en el mismo lugar durante medio siglo. Es ese que le sucede con Jean-Louis Trintignant, en aquel momento que coinciden para una lectura doble, en inglés y francés, de uno de sus libros. Evoca el momento en el que el actor le pregunta su edad, sin más, y tras las muchas horas (años incluso) que a veces necesita el pensamiento para concretar un sentimiento en su precisa magnitud, el actor le dice: "Paul, quiero decirte una cosa. A los cincuenta y siete me encontraba viejo. Ahora, a los setenta y cuatro, me siento mucho más joven que entonces".

Espero decir eso algún día, dentro de muchos años, en la presentación de 'Antología de la novela inconclusa': preguntarle a alguien su edad, que me diga que tiene cuarenta y cuatro, que me haga misma pregunta, a la que yo contestaré que tengo setenta, y tras un momento de reflexión, de evocar a aquellos cuarenta y cuatro años del 9 de marzo del 2012 mientras hago un pis en el WC de la BN que evite mi urgencia miccional durante el evento, tomaré asiento y le diré: "Fulanito(ita), quiero decirte una cosa. A los cuarenta y cuatro me encontraba vieja. Ahora, a los setenta, me siento mucho más joven que entonces".

4 de marzo de 2012

Blogueguería 57: El frío invierno de Paul Auster

Hoy, primer domingo de marzo, es un día de tímida luz, de cielo cubierto de nubes que irrumpieron  la noche del viernes y convirtieron esa mañana, tras un largo invierno sin caer una gota, en un extraño fenómeno de incesante lluvia, como el preludio de un temporal que fuese a durar días con sus cielos cubiertos de un uniforme gris plomizo. Pero no, ahí quedó ese aguacero, en un simple refresco, en una depuración.

La lluvia me provoca una sonrisa triste. Ver llover, escuchar el sonido de la fuerza del agua sobre los tejados de uralita, verla correr calle abajo y oler, aspirar hasta lo más profundo del árbol bronquial, la húmeda pureza del aire, fue siempre uno de los mayores placeres de mi infancia. La lluvia me evoca a una niña pecosa con la nariz pegada en un cristal, o recorriendo con sus dedos en mismo camino que las gotas de agua deslizándose sobre ellos. La lluvia era música en ausencia de música.

Sentir (desde la profunda experiencia de los sentidos) la lluvia hoy, en este estadio de mi vida, me provoca una sonrisa triste. La sonrisa triste es esa mueca cómplice con un pensamiento triste, con una realidad triste. Un ejemplo de sonrisa triste  es esa que dibujan nuestros labios cuando te despides de alguien muy importante para ti y sabes que ya no lo verás en mucho tiempo, o seguramente nunca más. Otro ejemplo de sonrisa triste es esa que dibujas cuando rompes con una persona a la que has amado, con la que has compartido tus días y tus noches, y aún le guardas cariño, a la que no sabes si volver a besar (te gustaría, lo estás deseando) o cerrar página definitivamente. Finales con sonrisa triste... Si lo pensamos detenidamente, la vida está llena de momentos con sonrisas tristes.

Leía estos días a Auster, su 'Diario de invierno', excelente título para esas doscientas cuarenta y tres páginas de autobiografía, de realidad literaria, un "indagar lo que ha sido vivir en el interior de este cuerpo desde el primer día que recuerdas estar vivo hasta hoy. Un decálogo de datos sensoriales. Lo que cabría denominar fenomenología de la respiración", en palabras del propio autor. 'Diario de invierno' me ha provocado muchas sonrisas tristes. Existe una edad en la que toda evocación de la infancia, de la adolescencia, de la juventud, se convierte en una sonrisa triste.

'Diario de invierno' es una constante evocación al pasado desde una revelación del presente: el invierno de una vida, esa edad imprecisa en la que uno siente (desde la profunda experiencia de los sentidos) que ha llegado a esa última estación. Desde la constatación de la pérdida (salud, vigor, belleza), Auster vuelve la mirada a escenas precisas de su vida, a detalles, momentos que el recuerdo entresaca, sin un expreso orden cronológico,  y que van  configurando un retrato de sí mismo, desde el intimismo, desde, me atrevo a decir, la obsesión del cuerpo y su deterioro, pero del cuerpo como expresión de todo cuanto somos, de nuestra presencia en el mundo: el cuerpo malogrado jugando en un supermercado, el cuerpo malogrado practicando deporte, el cuerpo como expresión del deseo, el cuerpo amante, el cuerpo que sufre la pérdida de los seres queridos, el cuerpo en busca de su espacio, el cuerpo víctima de ataques de pánico, el cuerpo que enferma, el cuerpo que envejece... Huellas de tiempo, huellas de vida.

'Diario de invierno' es una sonrisa triste hacia los ya pasados placeres, también hacia el dolor, hacia esa puerta que se cierra y esa otra que se abre sin ninguna certeza de saber cuánto queda por delante, con la plena certeza de saber qué nos ha quedado atrás.

1 de marzo de 2012

Blogueguería 56: Nos manipulan


1. Estrategia de distracción
Desviar la atención social de los temas verdaderamente importantes mediante el diluvio de cuestiones intrascendentes.
“Mantener la Atención del público distraída, lejos de los verdaderos problemas sociales, cautivada por temas sin importancia real. Mantener al público ocupado, ocupado, ocupado, sin ningún tiempo para pensar; de vuelta a granja como los otros animales. 'Armas silenciosas para guerras tranquilas'”.

2. Crear problemas y después ofrecer soluciones
Generar un problema que demande solución urgente por la sociedad. Ejemplo: fomentar ataques violentos en una manifestación que justifique la intervención de las fuerzas del orden, en detrimento de la libertad de manifestarse.

3. Estrategia de la gradualidad
O imposición de una serie de condiciones cuya implantación gradual conlleva a una desprotegida sociedad y una alarmente injusticia social. A este orden se llaga paulatianmente mediante bajos salarios, inseguridad en los puestos de trabajo, despidos frecuentes, privatización gradual de servicios básicos etc, etc, que de haberse impuesto de una sola vez hubiesen provocado un estallido social, la revolución.

4. La estrategia de diferir
Presentar una decisión impopular como "dolorosa y necesaria". Esto es a la política lo que en medicina se denomina "actuación defensiva", y es crear expectativas de gravedad para aceptar el peor de los desenlaces frente a la ingenua creencia de que todo mejorará mañana. Los individuos aceptarán con resignación los cambios que se presenten.

5. Dirigirse al público como criaturas de poca edad
“Si uno se dirige a una persona como si ella tuviese la edad de 12 años o menos, entonces, en razón de la sugestionabilidad, ella tenderá, con cierta probabilidad, a una respuesta o reacción también desprovista de un sentido crítico como la de una persona de 12 años o menos de edad". 'Armas silenciosas para guerras tranquilas'.

6. Utilizar el aspecto emocional mucho más que la reflexión
La manipulación emocional siempre se encamina a generar dependencias, miedos o temores que permitan  implantar o injertar ideas o inducir comportamientos afines al propósito del manipulador, anulando la capacidad de reflexión y decisión.

7. Mantener al público en la ignorancia y la mediocridad
“La calidad de la educación dada a las clases sociales inferiores debe ser la más pobre y mediocre posible, de forma que la distancia de la ignorancia que planea entre las clases inferiores y las clases sociales superiores sea y permanezca imposibles de alcanzar para las clases inferiores". 'Armas silenciosas para guerras tranquilas'.

8. Estimular al público a ser complaciente con la mediocridad
Poner de moda ser estúpido, vulgar, inculto... Enlazo aquí (vía Eduardo Laporte) este interesante post al respecto.

9. Reforzar la autoculpabilidad
Hacer creer al individuo que es solamente él el culpable por su propia desgracia, por causa de la insuficiencia de su inteligencia, de sus capacidades, o de sus esfuerzos. Así, en lugar de rebelarse contra el sistema económico, el individuo se autodesvalida y se culpa, lo que genera un estado depresivo, uno de cuyos efectos es la inhibición de su acción.

 

10. Conocer al individuo mejor que ellos mismos se conocen
Gracias a la biología, la neurobiología y la psicología aplicada, el “sistema” ha disfrutado de un conocimiento avanzado del ser humano, tanto de forma física como psicológicamente.

El Estado, ese enorme ojo de Gran hermano.

Resumen (con texto literales en cursiva)  las 10 Estrategias de Manipulación Mediática de Noam Chomsky.