Hace un tiempo, se me metió en la cabeza la idea de comprar una vivienda en mi pueblo. Lo mío no era esa tendencia burguesa de toda pareja acomodada: un pisito en la ciudad y una casita en plan rural para lo fines de semana, con piscina y un jardín. Lo mío, por entonces, se trató de una querencia que pesaba como algo ineludible, una necesidad, la tierra te empuja de raíz y cal que cantaba Gloria Estefan. Me veía envejeciendo entre las gentes y las calles que me habían conocido.
Tuve que rendirme a la evidencia de que todo se vendía a los constructores para crear urbanizaciones, ese tipo de viviendas que a mí no dejan de recordarme a esos barrios que aún sobreviven en Ciudad Real, vestigios de la época franquista, del estilo de la avenida Rey Santo, y que adquirir un terreno a un precio razonable se convirtió en una empresa imposible. Casi compro una de ellas sobre plano, pero la crisis se echó encima y el proyecto quedó en agua de borrajas, a dios gracias sin haber soltado un duro, o ahora engrosaría esa enorme lista de ciudadanos cuyos ahorros se los llevaron urbanizaciones fantasma. Agradecí más tarde que se diese tal coyuntura, porque con el tiempo esa idea dejó de obsesionarme. Las calles y mi gente ya no me reconocen.
Desde hace tiempo siento otra necesidad, la del retiro temporal. Todos deberíamos disfrutar de un retiro íntimo, mi conmigo, sin más compañía que una maleta de libros, una cámara de fotos, un ordenador y una libreta de apuntes (o cada cual estime lo que llevaría consigo en tal caso). Ah, también unos cuantos cds con películas y música favoritas. El lugar podría ser un ático en San Sebastián o un caserón en mitad de un bosque, pero fuere donde fuere, quedase garantizada la soledad y el anonimato, en donde uno pueda perderse entre la gente o entre la maleza, en donde tomar un café humeante y una crema de orujo sin consultar el reloj para la cena, o salir a pasear entre la hojarasca toda la mañana mientras Come healing de Cohen se convierte en un sonido de la naturaleza. No se trataría de unas vacaciones, al menos tal y como concebimos unas vacaciones, sino de un descanso más allá de la mente y del cuerpo: descansar de lo ordinario, apartarse, poner tierra de por medio, aparcarlo todo a un lado por un espacio de tiempo; quince días, un mes...
Sí, siento que la vida sería más intensa, más llevadera, si nos tomásemos un tiempo para no hacer otra cosa que sentirnos a nosotros mismo.
Un espacio de tiempo que seguro que serviría para recargar pilas, recobrar la ilusión, serviría también para echar de menos la cotidianidad y sus rutinas y a los que siempre tenemos cerca y que terminan convirtiéndose en parte de ese peso que nos oprime. Tal vez así, la percepción de cuanto nos rodea adquiriese un renovado y necesario sentido.




